¿La cultura online como panacea?

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La tragedia inminente de los museos en tiempos de pandemia no es que haya menos turistas o vendan menos entradas por las reducciones de aforo que implican las medidas sanitarias. Es que queden reducidos a contenedores estáticos sin capacidad para continuar comunicando y provocando pensamiento por no adaptarse a nuevos formatos.

Mientras «qué contar» sigue siendo el ingrediente fundamental, ahora se tiende a agudizar el ingenio y, desde el museo, se plantea una variedad de formas de aproximación acordes con las limitaciones físicas a las que nos vemos sometidos. Lo virtual y el formato online venían para quedarse, no para sustituir a la experiencia presencial, pero sí para pasar a hibridar contenidos.

Una cuestión de accesibilidad

En este sentido, sin el espacio físico museístico, no hay lugar para la contemplación estática de las obras, ¿o sí? Quizás se ubique al otro lado de la pantalla. Con posicionamientos transversales en las lecturas habituales del montaje expositivo vemos que actividades complementarias como talleres didácticos y visitas virtuales ofrecidos por centros de arte han tenido éxito tanto durante el confinamiento como posteriormente. Esto se debe a que conjugar experiencia física y virtual suma, enriquece la vivencia del espectador, tenga este o no limitada la capacidad de desplazarse. Al fin y al cabo, el desafío de la pandemia hacia la cultura se concentra en una cuestión de accesibilidad.

Lo virtual y el formato online venían para quedarse, no para sustituir la experiencia presencial

El Centro del Carmen Cultura Contemporánea de Valenciaacoge hasta el 24 de enero de 2021 en su Sala 2 la exposición Cultura online, comisariada por Nuria Blaya (Valencia, 1964) y gestada en el momento más delicado, a comienzos de la pandemia. La muestra reúne cien proyectos que han sido seleccionados en la convocatoria #CMCVaCasa del Consorcio de Museos de la Comunidad Valenciana, dirigida a creadores residentes en la región.

Esta fue lanzada durante el confinamiento para estimular la producción artística, otorgando una serie de ayudas que impulsan el desarrollo de proyectos, que ahora pueden conocerse por diferentes vías y reflejan las preocupaciones que asedian a artistas de diversas generaciones.

En ella, el público se mueve entre lo virtual y lo presencial, interactuando desde casa o desde el museo pero sin necesidad de tocar ninguna superficie extraña para activar las piezas y respetando la distancia de seguridad. Esa es la novedosa situación a la que este se enfrenta cuando se adentra en la exposición. Y todo ello es posible gracias a una aplicación informática desarrollada para la ocasión, llamada Safe Culture Revolution. La misma no se descarga, sino que está distribuida mediante dispositivos con sensores instalados en la sala.

Público participante en «Cultura online» – Carmen Valero

¿Se convertirá el espectador en un avatar de sí mismo dentro del museo? Cuestionando la autenticidad de nuestro yo virtual y la capacidad de contrastar información cuando no dejamos de oír hablar de fake news, surge el proyecto «Gúguel», presente en la selección. Su autoría es del dúo interdisciplinar formado por Josep Lozano y Azucena Abril (Valencia, 1991), quienes dan pie a navegar por una página web que aparenta ser un magazine de actualidad cargado de ironía, un posicionamiento sobre la libertad de expresión.

Por otro lado, Bartolomé Ferrando (Valencia, 1951) presenta una performance poética en un vídeo que parece improvisado pero que no deja nada al azar. Otra pieza transgresora con estética de videoclip es la del performer escocés Graham Bell Tornado (Edimburgo, 1966), que experimenta con un sistema de cámaras de seguridad como metáfora de la vigilancia durante el confinamiento. Sin embargo, los vídeos no se visualizan en monocanal ni en bucle: son accesibles de forma independiente, de modo que cada recorrido es único y lo va configurando el espectador, habiendo propuestas para todos los públicos, incluido el familiar.

Fotograma del videoclip de Graham Bell Torrado

A propósito de vivir experiencias en familia, Carolina Diego (Alicante, 1971) aborda en su pieza La herencia no deseada la naturaleza de la institución familiar desde la particularidad de su trayectoria vital. Fotomontajes surrealistas con curiosas imágenes en blanco y negro de feriantes y trozos de pegajoso algodón de azúcar nos sumergen en su niñez. Deja un gusto amargo, pues, viniendo de una estirpe de algodoneros, verse atrapada en tal negocio resultó para ella un obstáculo –o, cuando menos, un dilema– en el camino hacia su ya prolífica carrera artística.

La crisis sanitaria fuerza a convertir las salas de exposiciones en lugares más versátiles que antes, cuestión de la que da buena cuenta esta exposición. Nos encontramos ante un nuevo horizonte. Las generaciones más jóvenes parecen captar y asumir la necesaria hibridación de sus creaciones con mayor rapidez.

Destaca la artista y diseñadora de moda Mariola Llúcia Morera i Català (Valencia, 1994) con su propuesta Disruptive pattern, que deconstruye el patrón normativo por el cual solíamos guiarnos a la hora de organizar cualquier actividad. Ella expone un atlas visual de indumentaria de camuflaje que se desmarca como objeto de consumo. Indirectamente nos pregunta si la normalidad a la que tanto deseamos regresar estaba siendo favorable para la humanidad y sostenible para el planeta.

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