La dictadura de las redes

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CINCO MINUTOS DE GLORIA

La dictadura de las redes

Decir lo que piensas en Twitter está penado con el insulto. Pero renunciar a tu libertad de expresión no es la solución

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No soy una apocalíptica que abomina de las redes sociales, ni de Twitter, ni de Instagram, ni de Facebook. Más bien me podría tildar de integrada. Tengo cuenta en todas ellas y me precio de que me siguen, no multitudes, pero sí unos cuantos miles de personas: unos, con nombre y apellidos, y otros, cada vez más, con apodo en el que se refugia el anonimato más pendenciero. No comparto la rotunda negativa de quienes juran y perjuran que todo cuanto en ellas circula resulta malo y pernicioso para el discurrir de la humanidad. Toda revolución conlleva sus más y sus menos, sus a favor y en contra. Hasta sus abusos. Y en este punto estamos.

Lo de que haya ganado un prestigioso premio de poesía, el Espasa, un señor de profesión publicista, un tal Rafael Cabaliere, porque sus cuentas en Twitter e Instagram suman 900.000 y 700.000 seguidores, respectivamente, y esas cifras hacen prever a la editorial ventas millonarias de sus futuros libros me deja más fría que caliente. No se me encienden los versos pareados de la indignación. Hace años fue un joven, llamado César Brandon, concursante en un programa televisivo, el que se llevó el gato al agua. Conquistó a la audiencia con sus haikus de nueva era que también lanzaba a los cuatro vientos de las redes. Lo fichó la avispada (y ya citada) editorial y, tralarí-tralará, más coser y cantar o suma y sigue.

Repito: nada de esto hace que me suba la bilirrubina por encima de los máximos permisibles. La bilis se me dispara cuando escucho a escritores e intelectuales de nuevo y viejo cuño afirmar que no se atreven a decir lo que piensan por temor a ser arrasados por las hordas de los activistas anónimos de las redes; cuando tienen que renunciar a su libertad de expresión por temor a una amenaza, a un insulto, a un exabrupto de ideología lindante con el fascismo de cualquier cuño (y letra). Esto es sí que es la dictadura de las redes sociales. Lo demás son tonterías.

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