La dignidad de «los otros» artistas de la familia

Manuel Mairena, hermano de Antonio Mairena – ABC

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La dignidad de «los otros» artistas de la familia

¿Cuántas figuras del flamenco de gran talento han quedado soslaydas por la brillantez de algún pariente?

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El guionista y escritor Manu Espada regaló en su libro de relatos ‘Personajes secundarios’, al menos, los 15 minutos de gloria que según Andy Warhol todos merecemos. Cómo sería Sancho Panza de personaje principal, se cuestiona. Cómo el doctor Watson y esos otros acompañantes esenciales de la literatura que no gozaron de su propia aventura. Un ensayo más reciente, ‘Historias de hermanos’, de Fría Aguilar, sigue unas directrices similares, aunque esta vez lejos de la ficción: arrojar luz sobre hombres y mujeres soslayados por la sombra familiar. Quién fue Bronisława Dłuska, la hermana de Marie Curie, también científica y figura de gran influencia para la menor. Quién Theo van Gogh, Cristina Kahlo e Isolda Wilde. La historia, narrada a través de puntas de icebergs, va dejando nombres en las cunetas.

Y los hermanos de los genios que la hacen posible siempre han tenido múltiples formas de convivir con ello. Algunos desde la envidia y la desidia. Otros desde la lucha o la admiración. ¿Cuántas figuras de la música de gran talento quedaron orilladas por la brillantez de algún pariente? ¿Cuántos, al contrario, supieron aprovechar la situación como un espaldarazo a su carrera? ¿Qué sucedió en una cultura, como el flamenco, donde lo gitano y el valor de la familia tiene una importancia particular?

En un corrillo, varios aficionados comentan el desgarro que María Terremoto, una artista jerezana de 21 años, muestra al cantar por seguirillas. Rápidamente, el nombre de su padre, Fernando Terremoto, sale a la palestra. Ese sí que cantaba bien, dice uno. Y otro, que lo interpela, se remonta al abuelo: Terremoto de Jerez. El mejor. Todos tienen esa razón subjetiva que se tiene al opinar con respeto. Pero la que sostiene una losa injusta, por el simple hecho de comparar, es María Terremoto, que recibe sobre sus hombros lo que más pesa. Algo similar le sucede al Farru. No solo carga el nombre de su abuelo, Farruco, sino el de su hermano, Farruquito, siendo él un bailaor independiente de enorme trayectoria con el sello inconfundible de su casa.

A los hermanos de Antonio Mairena, Curro y Manuel, el menor, les tocó, por un lado, la suerte de mamar de manera directa de una fuente poderosa. Por otro, la condena de no poder superarla. «Manuel interpretaba con enjundia el romance y la saeta, pero…», fue la frase lapidaria que hubo de escuchar mil veces en vida. Como Enrique El Culata, de Triana, siempre un peldaño por debajo de Pepe en las conversaciones. Bernarda de Utrera, que nunca llegaría a cantar por soleá como Fernanda; Angelita Montoya, que no es Lole; y Ramón de Algeciras, que, desde un principio, y aún acompañando a las principales voces de varias generaciones, no llegaría al estrellato de Paco de Lucía, su hermano pequeño, son otros ejemplos.

La comparativa parte de la expectativa por parte del espectador, que coloca la exigencia a unos niveles exponenciales. Estrella Morente no es su padre, Enrique. Ni Diego Agujetas heredó por la sangre el metal del que sí gozó su hermano, Manuel Agujetas. Un atajo al destino es dedicarse a algo diferente, como hizo Joaquín Amador. Teniendo todo a sus pies para continuar por la estela de Pata Negra, con Rafael y Raimundo Amador como referencias, echó mano al piano y evitó ese examen al que podríamos haberle sometido. Si caminara sobre las líneas del rock gitano que escuchó de niño, tal vez hubiésemos percibido su obra de otra forma.

Los Farruco – ABC

El caso particular de Pepe de Lucía merece especial atención. Por un lado, siendo él dos años mayor, en el lejano dúo de Los Chiquitos de Algeciras tenía un peso más específico, aunque el joven Paco, para quien inventaron un premio accésit en un concurso en Jerez, ya destacaba notablemente. El tiempo fue colocando las piezas del puzzle en su lugar y Pepe quedó en un segundo plano: labrándose una carrera como letrista, compositor y productor, grabando unos pocos discos en solitario y acompañando, sobre todo, a su hermano por el mundo. Reconocer el talento cuando se tiene al otro lado de la pared, tan próximo, no siempre resulta sencillo. El «de Lucía» abre puertas, y a Pepe se le han agotado ya los piropos hacia Paco. Conoce su sitio en esta historia. Vive orgulloso de sí.

Más reñida es la disputa, siempre de cara a la galería, cuando el público ha de escoger (porque sí, porque somos así) entre varios talentos parejos. Es el caso de los Zambo, con tipos como Luis, Enrique y Joaquín, los de la Morena y los Mijita, por mencionar tres familias jerezanas. La industria, habitualmente, no absorbe a varios que se llamen igual de la misma forma. Hay una especie de necesidad de clasificarlos en una escala. Le ocurre a los Habichuela y a los Moneo, donde El Torta y Manuel Moneo se lo pusieron muy difícil a Luis, un cantaor lleno de dignidad, pero que siempre se ha movido por otros circuitos.

Es esa la dignidad de aceptarse como ‘el otro’ y, a pesar de todo, seguir. De no caer en lo banal y sortear el comentario inapropiado, el injusto. Ese que te mide ante el mejor de tu casa y te impide volar en solitario. El que sufren, y algunos se benefician de él, artistas flamencos de las casas más enjundiosas. Qué difícil, entiendo, llevar a buen puerto lo que hizo Camarón y Enrique Morente. Lo del Lebrijano. Lo de Lole y Manuel. Qué imposible vivir al lado de alguno de ellos y apartarse de pronto de su sombra.

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https://www.abc.es/cultura/musica/abci-dignidad-otros-artistas-familia-202201270149_noticia.html

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