La imborrable vigencia de Manuel Chaves Nogales

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Pasadas las siete de la tarde de un jueves de pandemia ocurre lo razonable: no hay ni un alma en la sección de juguetería de la cuarta planta del céntrico Corte Inglés de Callao. Sin embargo, entre patrullas caninas y legos, un señor rompe la monotonía. Tan perdido como nosotros y tras una mirada cómplice, sabemos que compartimos destino. Tras su estela, minutos después resolvemos el laberinto. Los allí presentes -en el lugar que antaño fue el Florida, hotel insignia de corresponsales, bombardeos y toreros– recibieron a nuestro inesperado acompañante con una calurosa bienvenida. El caballero era Antony Jones, nieto del protagonista de la jornada: el histórico escritor y periodista, Manuel Chaves Nogales.

Entre un mar de mascarillas, la última jornada del ciclo Hotel Florida organizado por Ámbito Cultural de El Corte Inglés daba comienzo. El evento, conducido por Carlos García Santa Cecilia, recordaba la herencia del periodista insobornable. Aquel cuya obra se mantuvo en el ostracismo durante más de cincuenta años por avergonzar con su lúcida prosa a las élites del momento. «Un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros», escribía en A sangre y fuego (1937).

El coloquio, salpicado por breves referencias a la literatura del sevillano, transcurrió por las voces de Andrés Trapiello, Manuel Jabois e Ignacio F. Garmendia (editor de la última edición de su obra completa). Conversaron largo y tendido sobre las terribles circunstancias que invadieron el presente de Chaves Nogales, cuando contar la verdad de aquel tiempo traía fatales consecuencias. Cuando el hijo del mediodía -como él denominaba a Andalucía- se vio obligado al refugio del exilio tras el estallido de la Guerra Civil.

La verdad irrefutable

La primera víctima de la verdad es aquel que la cuenta; sin embargo, la mejor escritura es la que está hecha a prueba de balas, es aquella que supera al tiempo y se rebela intemporal. Cuando todos se empeñaban en hacer la revolución y se lanzaban a morir matando como el que va directo a su destino Chaves Nogales, con un verbo claro y una pluma honesta, afirmaba: «Los mejores constructores serán los mejores destructores».

Ya no se cuentan las guerras como las contaba Chaves Nogales, a pie de calle. Hoy a los periodistas los llevan como turistas de guerra por un itinerario de hitos y escenografías calibradas. El autor sevillano, con la sutileza descarnada del que no tiene bando, aportaba una lucidez crítica a los relatos oficiales en un tiempo donde los corresponsales de guerra que acudían a cubrir nuestra guerra actuaron como difusores de mentiras dispuestos a venderlas al mejor postor. Por eso, Chaves mirando a los hombres que integraban los ejércitos en los diversos conflictos que había cubierto se preguntaba si se puede hacer la guerra como se hace la industria.

Si la verdad es de cartón piedra los verdugos quedan disimulados con un festín de medias verdades. Chaves comprendió mejor que otros que en la palabra del periodista no se deben arrojar sombras, sino claridad. Buscaba la noticia en retaguardia para dar voz al anonimato. En suma, practicaba con naturalidad la primera lección de su oficio, hoy tantas veces recordado, «el periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente». Nada más, y nada menos que eso.

El torero más allá de la plaza

Cien años atrás, en tiempos de Chaves Nogales, el gran espectáculo que lograba juntar a las mayores turbas de cualquier ralea era el toreo. El matador mejor valorado entre los entendidos conseguía una magnitud que sobrepasaba los confines de la plaza; a medida que pasaban el umbral de la puerta grande, se convertían en respetables del ámbito cultural de la época. Hablamos de ilustres figuras como Ignacio Sánchez Mejías, Joselito el Gallo o Juan Belmonte. A partir de este último, Chaves Nogales se distinguiría del resto de cronistas de su generación con Juan Belmonte, matador de toros (1935), obra dedicada a la vida del pasmo de Triana -«triunfador del mundo y de sí mismo», sentenciaba Gerardo Diego- quien revolucionó el mundo del toreo en el primer cuarto del siglo XX.

Antony Jones subrayaba que no siendo su abuelo un especial aficionado a los toros, Juan Belmonte supone una de las obras más importantes para comprender no solo la tauromaquia sino aquella España republicana y de posguerra. Garmendia nos cuenta: «Hoy no existe figura pública -ni siquiera un músico o un futbolista- que se equipare a lo que representaba un torero en la España de Chaves». Tan en lo cierto parece estar que Jabois no encuentra más encarnación posible dentro de ningún gremio o artista que en la inabarcable persona y personaje de Maradona: «Se trata de una persona que comienza desde el barro, de origen humilde, que pelea por un hueco y alcanza una gloria reservada solo para unos pocos».

Chaves Nogales fue de los primeros que holló el terreno de esa España incómoda en un bando y en otro. Trapiello, poniendo el punto más crítico a la ponencia, revelaba que este factor resulta determinante para explicar por qué la obra del periodista sevillano no haya brillado con el mismo esplendor que sus trotamundos contemporáneos Pla, González-Ruano o Camba.

Ahora, con honrosa rebeldía, el nombre olvidado por las facultades de periodismo ha vuelto a las librerías con la edición de su obra completa que acaba de lanzar Libros del Asteroide. Como apuntó Xavier Pericay: «El mejor homenaje que hoy podemos rendirle, como a todos los grandes escritores, es leerle».

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