La imposible traducción del horror de Srebrenica

La directora Jasmila Zbanic insiste en retratar la guerra de los Balcanes sin complejos y desde su perfil menos elegantemente fotogénico. Y duele

El rostro de lo pavoroso cambia en cada cara de susto. Acercarse al horror de la guerra desde el cine obliga por fuerza a un ejercicio de contención. Cuanto menos se enseña, más amplias, variadas y tristes son las posibilidades del terror. En su no-definición ya clásica, Lovecraft se atrevía a dejar fuera de campo la forma de todo lo pavoroso. «Ni siquiera puedo insinuar cómo era, porque era un compuesto de todo lo que es impuro, indeseado, anormal y detestable». De otro modo, el espanto habita en cada fracaso por separado de cada una de las vidas tomadas de una en una. Tan complicado, individual e intransferible. No hay acuerdo posible.

Hace años que la directora bosnia Jasmila Zbanic le da vueltas al asunto. Y lo hace en carne estrictamente propia. Ella es lo que cuenta. Desde que ganara el Oso de Oro en Berlín con ‘Grbavica (El secreto de Esma)’ en 2006, cada uno de sus trabajos posteriores han sido una forma de acercarse distinta a la misma herida. Y siempre duele. La guerra de los Balcanes en su imaginario es algo más que un episodio de su país, ni siquiera es simplemente el gran episodio de la Historia reciente de Bosnia, es algo infinitamente más importante, grave, doloroso y único. Lo es todo.

‘Quo vadis, Aida?’ es su último trabajo y, apurando, su último grito debidamente desgarrador sobre el asunto. También es la primera película a competición en la Mostra. Zbanic se detiene ahora en el más brutal y conocido de los capítulos de aquella infamia: la matanza de Srebrenica de julio de 1995. La directora adopta el punto de vista de una traductora de la ONU, que también es madre de dos hijos.

La idea y estrategia es detener la mirada en el centro de todos los horrores. La protagonista, una poderosa Jasna Djuricic candidata desde ya la premio de interpretación, se encuentra justo en medio. Desde su posición da voz a todos, a los verdugos, a las víctimas y a los que allí acudieron a mediar. Desde su condición de funcionaria protegida y cabeza de familia expuesta, todo lo escucha, todo lo ve, todo lo calla.

La directora ahorra atajos al espectador. Desde la distancia que da el tiempo y hasta la paz ya conseguida, la audiencia es invitada a hacer lo mismo que la protagonista: ser testigo de excepción. La película se entrega sin miramientos a eso que irrita tanto a los inmaculados amantes de la sutileza. Sí, es maniquea, declarativa, ruda y hasta evidente. Y, contra lo que se pueda pensar, es ahí, en su honestidad brutal y en su desacomplejada ira, donde se hace grande. Hay muchas formas de definir en pareado el horror de la guerra, pero no es el momento ni de literatura ni de rimas.

La directora Nicole Garcia y los actores Pierre Niney, Stacy Martin y Benoit Magimel.
La directora Nicole Garcia y los actores Pierre Niney, Stacy Martin y Benoit Magimel.

Nicole Garcia y el melodrama noir

A su lado, la segunda película que competía fue ‘Amants’, de la veterana actriz y directora francesa Nicole Garcia. Estructurada en capítulos, la cinta narra la historia de una mujer abandonada. O, desde el punto de vista contrario, la historia de una mujer hallada. En tiempos de ‘Tenet’, todo son palíndromos. Stacey Martin y Pierre Niney componen la pareja de amantes que anuncia el título y es el relato de la pérdida y el reencuentro lo que ocupa todo el metraje. Benoît Magimel es la figura que primero aparece como salvador y luego como obstáculo. Si se lee dos veces se entiende.

La directora se las ingenia vestir de ‘thriller’ debidamente ‘noir’ lo que en realidad es sólo melodrama de ricos privilegiados y pobres desahuciados. Garcia modera el gesto con respecto a trabajos anteriores tan estridentes como ligeramente histéricos. Y aquí valen tanto ‘El sueño de Gabrielle’ como ‘Un beau dimanche’. Ahora todo discurre por los caminos de una pasión que no cesa según el patrón antiguo de lo inevitable. Cada uno de los personajes encarna con energía su propia y más íntima obsesión. Pocas actrices tan cerca siempre del abismo como Martin. Lástima de ese final accidentado más cerca del simple error de cálculo y muy cerca, de nuevo, del horror. Siempre el horror.

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