La inédita pasión epistolar de Gérard de Nerval

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Si hay un autor que representa la quintaesencia del Romanticismo, ese es Gérard de Nerval (1808-1855), seudónimo que tuvo a bien elegir como firma literaria Gérard Labrunie. Su madre, con nombre de reina decapitada, murió cuando él tenía sólo dos años y esa ausencia, que nunca pudo reparar –ni siquiera logró encontrar su tumba–, marcó su destino amoroso, pues en todas las mujeres que creyó amar la buscó, aunque apenas la intuyera. Todo en él, en su vida y en su obra, respondió a los designios de la pasión y, aunque en su supuesta locura tuvo mucho que ver cierto desequilibrio mental que en la época ni se había diagnosticado, su corazón palpitó con tanta conciencia de hacerlo que hizo de la realidad una ficción más habitable. A él le debemos poesías, piezas teatrales, cuentos, novelas, ensayos, valiosas traducciones, sátiras… y, sobre todo, «Aurélia o El sueño y la vida», un prodigio literario que apareció tras su muerte, en 1855, y en cuyas páginas muchos críticos y lectores vieron –ven– el reflejo del que, dicen, fue el gran amor de su vida: la actriz Jenny Colon.

Se conocieron hacia 1833 en París, en el salón de Madame Boscary de Villeplaine, donde Nerval le ganó la partida amorosa al banquero William Hope, y él se enamoró de ella al instante, como mandaban los cánones románticos. Ella, en fin, se dejó querer, por Nerval y por otros tantos, aunque el literato fuera el más invisible de todos ellos a ojos de la intéprete. Pero él no cejó en su intento y, pese a su profunda timidez, la cortejó todo lo que pudo y como pudo, fundamentalmente a través de la palabra escrita, de la que, como hemos dicho, era un virtuoso.

De hecho, ella es la protagonista de una joya, hasta ahora inédita en español, que la editorial Wunderkammer acaba de publicar, «Cartas de amor a Jenny Colon». La edición, preciosa en la forma y en el fondo, va acompañada de dos textos, como epílogos, que ayudan a comprender la curiosa historia de estas misivas: un relato de Théodore de Banville sobre el periplo de Nerval, por toda Europa, en busca de los más suntuosos muebles, cama del Renacimiento incluida, para la alcoba en la que habría de consumar su amor hacia la actriz, y un artículo que Juan Eduardo Cirlot, gran admirador del francés, publicó sobre él en la revista «Papeles de Son Armadans» en junio de 1966.

Litografía de Gavarni de Jenny Colon caracterizada como Silvia para la obra «Piquillo», de Nerval – ABC

«Desde el inicio de la editorial, hace ya cuatro años, quería publicar a Nerval, porque es uno de mis autores predilectos, le tengo un cariño particular, pero era difícil encontrar algo de él que no estuviera publicado o que ya estuviera bien editado», cuenta Elisabet Riera, responsable de Wunderkammer. En su búsqueda incansable, la editora dio con un ensayo de un crítico francés en el que mencionaba la existencia de estas cartas en una nota al pie de página y decidió siguir ese hilo. «Vi que no habían sido traducidas al castellano, porque estaban un poco en un limbo, y en sus obras completas no se habían incluido».

Descubrimiento

Riera descubrió así que, a los pocos días de que Nerval se colgara, el 26 de enero de 1855, de una reja que, tiempo después, fue el proscenio del teatro de Sarah Bernhardt (actual Théâtre de la Ville, en la Place du Châtelet), los amigos del autor encontraron en su apartamento un cuaderno con manuscritos. En él, brillaba con luz propia «Aurélia», la obra póstuma de Nerval, pero también un conjunto de cartas cuya destinataria era Jenny Colon. A partir de ese momento, las misivas vivieron una rocambolesca historia editorial, incluyendo varias publicaciones en prensa (nueve de ellas, en 1855, y dieciocho, en 1902). Llegaron a ser incluidas en la correspondencia completa de Nerval (1911), pese a que su editor, el mítico Jules Marsan, dudaba que fueran para la actriz y consideraba que se trataba, más bien, de una «novelita epistolar», y durante años continuaron siendo objeto de encendidos debates intelectuales.

El reputado crítico Albert Béguin, por ejemplo, sostenía que las misivas fueron la base de una reescritura posterior que Nerval pretendía incluir en «Aurélia». Fuera como fuese, en 1943 apareció en escena un personaje estrambótico, Auriant, seudónimo de Alexandre Hadjivassilion, que ejercía como crítico literario en «Le Mercure de France». Convencido de su originalidad, Auriant publicó en un sello de Bélgica una edición que, ni corto ni perezoso, tituló «Cartas de amor a Jenny Colon» y que, hasta ahora, es, según Riera, el «trabajo de compilación más crítico que se conoce».

El borrador y una de las cartas que Nerval escribió a Jenny Colon pasada a limpio – ABC

La editora de Wunderkammer consiguió un ejemplar de aquella edición belga y en él se basó para hacer realidad su sueño de publicar a Nerval. «Auriant cotejó muchísimo, casi párrafo por párrafo, las diferentes versiones que se habían publicado», defiende Riera, quien, además, quiso acompañar la obra de «otros ropajes» que le parecían «interesantes». Se refiere, claro, al texto de Cirlot, una exquisitez narrativa en la que el autor «ahonda en el sentimiento amoroso en la obra de Nerval, y en la figura de esa amada siempre presente en la imaginación, pero siempre ausente en la realidad, y que no es otra que el alma».

Espíritu

Más allá de la historia real que hay tras las cartas, Riera considera que «son muy significativas del espíritu de Nerval: tímido [‘Señora, ¡no tema verme! Ya lo sabe, con usted soy tímido, tiene todo el poder sobre mí, y mi pasión ni siquiera osa, en su presencia, expresarse sino débilmente’], impetuoso [‘Disculpe mi agitación, perdone las luchas de mi alma. Sí, es verdad, se lo he querido esconder en vano, la deseo tanto como la amo’]… Hay un vaivén emocional continuo, con mucho respeto por ella [‘Las modernas maneras que adoptan los hombres con las mujeres que han poseído no serán jamás las mías’], pero claramente también es una persona a la que el amor la desboca y no puede evitar que su vida esté guiada por esa pasión desenfrenada». Eso es, a juicio de la editora, «lo bonito de estas cartas: Nerval intenta comedirse todo el tiempo, pero no lo consigue, se le desbocan todos los caballos».

Cierto es que, tras una declaración algo precipitada, el anhelo del literato fue satisfecho, pero no en la almidonada alcoba que se pasó meses amueblando, sino en el camerino de la actriz. Indecoroso, dadas las poéticas circunstancias, sería decir que aquello no pasó de un revolcón. El caso es que Nerval ya sabía que en el afecto que profesaba hacia Jenny había «demasiado pasado para que pueda haber un porvenir». Ella terminó casándose con otro, un flautista de nombre rimbombante, Louis-Marie-Gabriel Leplus, y él, pobre Nerval… Su final fue público y notorio, aunque él mismo se encargó de profetizarlo en las últimas líneas que escribió a Jenny: «¡Ya lo verá cuando me acabe matando! ¿Qué diría usted si yo fuera a matarme?».

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