La mudable piel de un tal Curzio Malaparte

Curzio Malaparte no era uno sino que contenía multitudes, como Walt Whitman o Bob Dylan. Es decir, mudaba la piel las veces que le hicieron falta para sobrevivir a los vaivenes que arrasaban la convulsa Italia de la primera mitad del siglo XX.

Nacido en 1898 en la ciudad toscana de Prato hijo de un irascible alemán luterano y una católica mamma italiana como Dios manda, Kurt Enrich Suckert, que es el nombre que consta en su certificado de nacimiento, pasaría toda su vida intentando resolver el conflicto identitario que siempre llevaba a flor de piel.

A principios de los años veinte, el escritor en ciernes Suckert optó por llamarse Curzio Malaparte, y es con este nombre que firmaría los artículos, novelas, guiones y películas que le aportarían cierto renombre, aunque eso poco le serviría en su afán de resolver su eterna crisis de identidad. En cuanto a sus creencias, ideales, principios o lealtades, demostró a lo largo de su vida una innata capacidad para amoldarse a las circunstancias en las que se hallaba sin que por ello le cayera los anillos.

Fascista de primera hora, durante años Malaparte alababa sin reservas la figura y el régimen de Mussolini, hasta que, en 1933, el Duce, ya cansado de sus sarcasmos pero sobre todo porque se había atrevido nada menos que a burlarse en un artículo de sus horrendas corbatas, lo envió a Lipari, una pequeña isla volcánica en el mar Terreno al norte de Sicilia, donde pasaría un lustro escarmentando antes de poder volver a las andadas. Aun así, nunca se desdijo de la admiración que sentía por Mussolini, ni tan siquiera después de su caída y muerte a manos del populacho. Por otro lado, francófono de una pieza, detestaba a Hitler.

Como más tarde revelaría Palmiro Togliatti, el camaleónico Malaparte solicitó ingresar, en 1944, en el Partido Comunista. Su petición fue rechazada, pero el memorioso Secretario General del PCI, siempre dispuesto a reclutar apoyo para la causa, no tuvo inconveniente en entregarle a Malaparte en su lecho de muerte el carnet del partido. Más aún, antes de fenecer tuvo a bien pasarse de la fe luterano de su padre a la más indulgente fe católica de su madre, decisión in extremis que le valió la bendición del papa Pío XII. Mas para mayor disgusto del moribundo, su Santidad no acudió a dárselo en persona. En 1956, el año anterior a su muerte, viajó a China, donde, cómo no, sólo tenía palabas de elogio para el Gran Timonero Mao.

Malaparte era un oportunista, un caradura, un chaquetero sin escrúpulos… y mil y una cosas más; ninguna -o casi ninguna- buena. Pero además de encantador, tenía más vidas que un gato, y en eso sí que era muy italiano. Relata en La Piel, novela de 1945, cómo los napolitanos les tomaban el pelo con total descaro a sus liberadores yanquis, que no sólo eran los nuevos amos de la ciudad, sino que, además de estar forrados y más tontos que el Pichote, disponía de cantidades industriales de tabaco rubio, alcohol, comida, chocolatinas, medias de nailon y, en fin, todo cuanto podían codiciar los andrajosos pelagatos napolitanos muertos de hambre.

La Piel contiene un manual de supervivencia que bien merece ser consultado en estos tiempos de penuria y confusión en los que nos han tocado malvivir. Se podría objetar que la picaresca española no necesita tomar lecciones de nadie, y menos de los italianos. Pero sería una equivocación, ya que la picaresca española, a decir de Andreotti, manca fineza… ¿o era la política?, lo mismo da.

En el fondo, lo único que pretendían los napolitanos con sus filfas y trapicheos era salvarse la piel, igualito que Malaparte o nosotros mismos, puesto que cuando todo es falso, todo vale, ¿o no? En un capítulo de La piel, Malaparte intenta explicarle a un ingenuo general yanqui lo que motiva a sus compatriotas italianos:

-El hambre, los bombardeos, los fusilamientos, las matanzas, la angustia, el terror, los campos de concentración son cosas de risa, tonterías, viejas historias. En Europa estas cosas ya hace siglos que las conocemos. Hoy ya estamos acostumbrados. No son estas cosas lo que nos han reducido a esto.

-¿Qué es, pues, lo que les ha hecho así? -dijo el general con la voz un poco ronca.

-La piel.

-¿La piel? ¿Qué piel? – dijo el general.

– La piel, nuestra piel, esta maldita piel. No puede usted imaginarse siquiera de cuántas cosas es capaz un hombre, de que heroísmo y de qué infamias, para salvar la piel. […] Hoy se sufre y se hace sufrir, se mata y se muere, se realizan cosas maravillosas y horrendas, no ya para salvar la propia alma, sino para la propia piel.

Y añade hacia las últimas páginas:

-Hay escrito que [esta] bandera es la de nuestra verdadera patria. Una bandera de piel humana. Nuestra verdadera bandera es nuestra piel.

Y tenía más razón que un santo, el muy bribón.

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