La niña que yo no era

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La niña que yo no era

Cada personaje de Mafalda dice, en alguna viñeta, lo que nosotros habríamos querido decir en alguna situación

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Yo era Felipe.

Me pasaba las clases del colegio pensando en otra cosa, por ejemplo, en que debería prestar atención a las clases del colegio. Dedicaba a sufrir por los deberes más tiempo del que me habría tomado hacerlos. Mis ensoñaciones, mis fantasías, se apoderaban de mí hasta desbancar la realidad.

Hay gente Guille. Y gente Miguelito. Y gente que se cree Libertad hasta que se descubre Susanita. En realidad, todos hemos sido más de uno de ellos. Porque cada personaje de Mafalda dice, en alguna viñeta, lo que nosotros habríamos querido decir en alguna situación.

Sin embargo, como yo era hijo de intelectuales, me venía mejor ser Mafalda. Calcaba más o menos sus frases ingeniosas, sabiendo que mi familia celebraría esa actitud de lúcido pesimismo mucho más que mi evasión irresponsable y felipista. Todo latinoamericano ilustrado de los ochenta quería un hijo como Mafalda, capaz de dar titulares sobre Fidel Castro o filosofar sobre las ilusiones consumistas del capitalismo. Mafalda era la niña del futuro.

Tres décadas después, sospecho que nuestros padres eran las Mafaldas. O lo intentaban. Ellos apenas se identificaban con los padres de la protagonista, una sufrida pareja de clase media agobiada por llegar a fin de mes. Eso es lo que eran. Pero no se reconocían en esos personajes. Preferían pensar que mantenían la mirada pura de la infancia, potenciada por una lectura obsesiva de los periódicos, y sazonada con un ingenio verbal que nunca habían tenido, que en realidad, solo tenía Quino.

De hecho, recuerdo que algunos de mis ejemplares de Mafalda llevaban la indicación «sólo para adultos». Sus propios editores consideraban sus historias tan cargadas de política que llegaban al nivel del porno. Esa advertencia, a mí, me hacía sentir inteligente. Llevaba las historietas al colegio, regodeándome en el «sólo para adultos», que en mi opinión, demostraba mi extraordinaria madurez e inteligencia.

Con el tiempo, fui descubriendo la dura realidad. Yo no era nada especial. En mi generación, todos lo que han leído algo, lo que sea, han leído a Mafalda. Y al igual que yo, y que mis padres, todos esos Guilles, Manolitos y Susanitas han querido ser ella. Mafalda se convirtió en un símbolo de todo los que aspirábamos a ser los que disfrutábamos de pensar.

Poco a poco, los ídolos latinoamericanos de esos años -Fidel, Ortega, Maradona- fueron perdiendo brillo. En 2020, Mafalda es la única de nuestras heroínas que sigue en pie.

[Santiago Roncagliolo es escritor]

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