La nueva literatura de pueblo: ni entrañable, ni idealizada, ni paleta

Una nueva generación de autores españoles está escribiendo sobre el campo abandonando tanto los retratos bucólicos como los brutales, cuando la pandemia ha extendido el…

Todo extrañeza, Miguel, un pastor de merinas negras, arroja: «¿Cómo podéis vivir en esas jaulas, tan lejos del suelo?». Y esa pregunta, pandemia mediante, se hunde al leerla como una piedra que cae e irradia ondas de malestar. ¿Cómo pudimos? Resonaba, sí, cuando nos lanzamos al desconfinamiento como estorninos en danza y (re)descubrimos con ansia parques, bosques, que en aquella calle camparon jabalíes y fotografiamos para Instagram los matojos ruderales que asalvajaron las grietas urbanas. Y

ahora, hasta
se multiplican los censos rurales
. Nuevos habitantes para un paisaje en el que, lejos de postales bucólicas, vienen profundizando escritores como
Gabi Martínez
(Barcelona, 1971), quien recoge ese «¿cómo podéis vivir…?» en
Un cambio de verdad
(Seix Barral), crónica íntima y naturalista sobre la Siberia extremeña, que se traducirá al francés y al alemán. También la poeta
María Sánchez
(Córdoba, 1981), que en
Almáciga
(GeoPlaneta) planta un vivero de palabras y expresiones populares, que sigue nutriendo en una web para que el olvido no las arranque de raíz. O la artista
Irene Solà
(Malla, Barcelona, 1990), premio de Literatura de la UE con
Canto yo y la montaña baila
(Anagrama), que ya trabaja en su nueva novela, mientras que la segunda no deja de crecer en el boca a boca. Si hace un mes compuso un paisaje sonoro con María Sánchez y
Maria Arnal
en el CCCB, hasta hace dos semanas compartió la residencia artística Faber con Gabi Martínez,
Nancy Campbell
… ¿Hay un
boom
mediático? Antes del auge en la búsqueda de casas rurales en internet, ellos ya estaban allí, mostrando la realidad del campo a quienes ahora pretenden la mudanza. El éxodo urbano no es ya tan tendencia
hipster
sino necesidad, mientras brotan novedades literarias con trazos de terruño o sobre urbanitas sin mirada de turista:
Un amor
(
Sara Mesa
);
La forastera
(
Olga Merino
);
Pájaro del noroeste
(
Marta del Riego Anta
);
Un hipster en la España vacía
(
Daniel Gascón
)… Y de fuera llegan
Bajotierra
(
Robert Macfarlane
);
El banquete anual de la Cofradía de los sepultureros
(
Mathias Enard
);

Un tributo a la tierra

(Joe Sacco
)… El imaginario se expande más allá de la Arcadia virgiliana, de la cabaña de Walden y de
Los santos inocentes
. En su obsesión por coleccionar titulares, María Sánchez siempre ha escudriñado la «dicotomía que se manejaba en los medios, pero que se ha roto en los últimos años,
entre lo idealizado y el discurso de Puerto Hurraco
y de que somos analfabetos». También lo recuerda Gabi Martínez: «Durante un tiempo se asoció la ciudad a libertad y dinero y el campo a tristeza y pobreza. Menospreciamos el campo hasta tal punto, que el propio campo ha comprado esa idea». De hecho, Irene Solà reconoce que, cuando empezó a escribir, creía que
«las historias de verdad»
sucedían en las ciudades. Emigró para vivir los grandes relatos: «Me fui a Barcelona, Reikiavik, Londres, Nueva York… Pero comprobé que tan contemporáneo era lo que podía contar desde mi pueblo de 260 habitantes como desde la urbe». Los tres podrían etiquetarse como autores de
nature writing
,
género que moldea la naturaleza
desde lo literario y al revés, y que en castellano se nombra, si acaso, con un tímido
liternatura
. «Fíjate si nos sentimos lejos que hay que recurrir a una palabra extranjera para entender de qué estamos hablando», protesta Gabi Martínez. El ancla se echó en
Miguel Delibes
y en
Julio Llamazares
, mientras que
La España vacía
(Sergio del Molino) publicitó lo que se había decidido ignorar. Cuando había vida más allá de estos relatos. Y a raudales, gracias a editoriales como
Pepitas de Calabaza
. «Venimos del campo y habitamos el pueblo. Lo raro sería preocuparnos por el alcantarillado de Nueva York», bromea
Julián Lacalle
, su fundador, aunque lo que dice es serio: «En los últimos años hay un interés por los pueblos. Y hay mucho de oración fúnebre en ese interés. Como con las culturas
indígenas
en los años 50 del siglo pasado, estamos siendo conscientes de la desaparición de un mundo». Cuando pase el «pequeño
boom
«, pronostica: «Nos quedaremos como estábamos: leyendo y pensando en lo de siempre». Tal vez porque ni siquiera a los visibles se les hizo «ni puñetero caso». Gabi Martínez: «Treinta años después seguimos como Llamazares había dicho, o en contra de aquel discurso de
Delibes en su ingreso en la RAE
, ya en 1975, donde pidió frenar el crecimiento». Porque, ¿cómo hemos pasado de esos abrazos con los que, contaba
Saramago
, se despidió de los árboles su abuelo Jerónimo antes de ser trasladado ya enfermo a un hospital a tratar la naturaleza como
escenario de deportes adrenalíticos
y de documentales tras 100 días solo en la montaña? (Imaginen a quién se le agarró más la soledad). Si la naturaleza y sus moradores fueron vapuleados en la ficción, no se trató más que de un espejo social. «Cuando tocas los temas
madre, España y naturaleza
suelen saltar chispas, sobre todo, con las dos últimas», afirma Gabi Martínez, que propone recuperar «
la biodiversidad que hemos destrozado
como sociedad». Se abusa del «monocultivo» de la tierra; también en el pensamiento y «en las tribunas políticas». El campo pesa. El propio Gabi Martínez, de pluma fluida en la literatura de viajes por medio mundo, sufrió su primer bloqueo literario al intentar escribir sobre sus seis meses en un refugio de pastores en la dehesa extremeña. Sin luz, con una hoguera y un pozo, para reproducir las condiciones en las que se crio su propia madre, pastora e hija de pastores. Frente a
«los supuestos referentes morales que lo que han hecho es descargar odio»
, decidió descubrir si el secreto de los únicos «referentes válidos», sus padres, estaba en la misma tierra donde su madre creció. «El discurso actual es buenista, porque la propuesta de fondo es seguir como estamos. Pero mi libro no es apocalíptico. La cuestión es si queremos sostener este sistema que nos lleva al abismo o intentar cambiarlo».
El mercado lleva absurdos al campo
. En su libro muestra cómo las ovejas negras son repudiadas porque, con un cuidado respetuoso, tardan en dar beneficios una semana más. En ese mismo trasfondo se mueve la reivindicación de la memoria que María Sánchez proyecta con su cúmulo de palabras, inéditas para quienes la naturaleza significa parque (o descampado), granja-escuela y domingos de
qué bonito el campo
, como cantaba
Sr. Chinarro
. Si Delibes acudía a la RAE con nombres de plantas y pájaros para incluirlas en el diccionario (y le tachaban de ornitólogo), la poeta ahonda en el rastreo. «No es sólo reivindicar la palabra, su significado, las lenguas y su acento, sino lo que hay detrás:
otra forma de relacionarnos, trabajar, cuidar, producir
«. Otros aprendizajes. Para una veterinaria como ella, «no es nuevo que una enfermedad de los animales salte a los humanos», como la Covid-19. Por eso: «Ahora que hablamos de
emergencia climática
, de que nos enferma lo que comemos o de que no nos gusta cómo vivimos en las ciudades, hay que recordar de dónde venimos para saber qué presentes tenemos y a qué futuro queremos ir». Y el presente, con solera, explica, es también la falta de acceso a una vivienda, a la tierra, a servicios básicos,
jóvenes con proyectos para su pueblo obligados a emigrar
, Teruel Existe -hoy y hace décadas-… «Dicen que el teletrabajo puede salvar a los pueblos, aunque sólo podrá afrontarlo gente con dinero. Porque ¿y el
tierratrabajo
? Que yo sepa los ordenadores todavía no dan tomates». Ya decía Víctor Velasco, personaje de Delibes, que, en caso de bomba atómica, él, político, tendría que rogar al
señor Cayo
, campesino, que le alimentase. En
Almáciga
, la escritora vuelve a romper la narrativa llana y menguada del medio rural como hizo en
Tierra de mujeres
. «Siempre se ha escrito del campo desde el mismo lugar, la misma clase social, el mismo género…
¿Dónde está la narrativa de las mujeres rurales?
Si mi madre no hubiese tenido que dejar la escuela por la aceituna, igual ella habría sido la primera escritora de la familia». Y haciéndose semilla, generosa, como le gusta citar de
Melville
, da su puñado de nombres:
Donna Haraway, Olga Novo, Silvia Rivera Cusicanqui, Elvira Valgañón…
Sobre ese surco también trazó Irene Solà su novela, dando voz, entre ironías y vitalidad, a las ninfas y a las brujas que habitaron los Pirineos, según las
leyendas y documentos de juicios
de la región. Tras estudiarlos, concluye: «La historia que nos ha llegado es solo una parte y está escrita desde la perspectiva de quienes torturaron y asesinaron a estas mujeres. Hay que preguntarse qué historias nos han llegado y quiénes no pudieron contarlas». En su afán polifónico que busca «relativizar el antropocentrismo», convierte montañas, nubes, corzos u osos en personajes con un léxico más rico y sabio que el del señor de ciudad que visita el pueblo del relato, como «los turistas que llegan, se hacen selfis y pasan sin conectar». Porque
la naturaleza también habla
, igual que sus habitantes. «Hay que escucharlos, tenerlos en cuenta». Otra historia es que seamos tan paletos que no queramos.

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