La OTAN ve a salvo su supervivencia con la salida de Trump de la Casa Blanca

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, y el demócrata Joe Biden, en febrero de 2015 en Múnich.

Antony Blinken, en un acto en Wilmington (Estados Unidos), el pasado 24 de noviembre.
Antony Blinken, en un acto en Wilmington (Estados Unidos), el pasado 24 de noviembre.Joshua Roberts / Getty

Hay toda una mitología de los americanos en París. Desde los padres fundadores (Franklin, Jefferson, Adams), pasando por Hemingway y la generación perdida, el cinematográfico pintor-bailarín interpretado por Gene Kelly, y hasta Emily in Paris, una nueva serie que escenifica los tópicos de la fascinación transatlántica por la capital francesa. El club tiene otro miembro ilustre. Antony J. Blinken, futuro jefe de la diplomacia estadounidense, vivió de niño y adolescente en la Ville Lumière, donde descubrió la pasión por las relaciones internacionales y adquirió una visión global que puede servirle para reparar los daños del América primero de Donald Trump.

“Era un alumno que se implicaba en todo, como los son los alumnos estadounidenses, con la costumbre de hacer otras actividades no académicas”, dice Elisabeth Zéboulon, que fue su profesora de matemáticas en la École Jeannine Manuel, una escuela privada bilingüe fundada en la posguerra por una antigua resistente a los nazis, y en la que Tony Blinken estudió entre 1971 y 1980. Una de las actividades a las que Blinken se dedicó en el último año fue la elaboración del yearbook, el anuario de final de curso. “Era alguien abierto”, dice Zéboulon, que ahora es la directora general del centro, “siempre dispuesto a participar”.

El nombramiento de Blinken como secretario de Estado de la nueva Administración de presidente electo, Joe Biden, se ha recibido como un bálsamo en París. “Francófilo y francófono”, celebraba en Le Point el exembajador francés en Washington u ante la ONU, Gérard Araud. El ministro de Exteriores, Jean-Yves Le Drian, dijo sentirse “particularmente feliz” de que su nuevo homólogo sea alguien a quien conoce —se tratan de “tú”— y que conoce Francia. Casi un francés de adopción, un soplo de fraternité entre ambos países después de los desplantes de los años de Trump.

Blinken (Nueva York, 1962) tenía nueve años cuando llegó a París. Sus padres —él, diplomático; ella, gestora cultural y promotora de la entente franco-estadounidense— acababan de divorciarse. Su madre se casó con Samuel Pisar, un abogado cuya vida daría para varias películas. Pisar, nacido en Polonia en 1929, sobrevivió a los campos de Majdanek, Auschwitz y Dachau. Sus padres y su hermana pequeña murieron en el holocausto. Unos familiares le acogieron en Australia y pudo estudiar en Harvard y en la Sorbona. Fue consejero de John F. Kennedy y amigo de los presidentes Valéry Giscard D’Estaing y François Mitterrand.

En paralelo a su actividad como abogado de renombre —entre sus clientes contaba con Rita Hayworth, Elizabeth Taylor o Catherine Deneuve—, Pisar estaba empeñado en promover el acercamiento entre EE UU y la URSS durante la Guerra Fría por medio del comercio internacional. La idea era que los intercambios —el business— entre ambos bloques acabarían debilitando al régimen soviético. Cuenta Pisar en uno de sus libros que, cuando en 1980 Ronald Reagan, partidario de la confrontación con Moscú, llegó a la Casa Blanca, uno de los asesores del nuevo presidente celebró: “La era del pisarismo ha terminado”.

Este era el ambiente familiar en el que creció Blinken. Por un lado, conectado con el París chic, el de las estrellas de cine y el de quienes manejan el poder. Por el lado, políticamente cosmopolita y liberal, convencido de las virtudes del diálogo y la cooperación mundial, y muy consciente de peso de una historia traumática que en su casa se había vivido en carne viva. En la escuela confluían estos mundos. “Le atraían las ciencias políticas y las relaciones internacionales”, recuerda por correo electrónico una compañera de curso, Theodora van Leeuwen.

Blinken empezó entonces a tocar la guitarra electrónica. Jugaba a soccer, el fútbol europeo. “Esquía mucho mejor que yo. Pero ha aceptado renunciar a la moto de sus sueños y espera el automóvil que seguramente obtendrá ahora que ha pasado su examen de bachillerato en París y que ha sido admitido en Harvard”, escribió Pisar en el libro de memorias Le sang de l’espoir, publicado en 1979. En Harvard, el futuro secretario de Estado publicó en el periódico The Crimson varias crónicas sobre política francesa. En una de ellas, sobre la victoria del socialista Mitterrand en las presidenciales, describía la rue Solférino, sede del PS, como una calle “larga y ondulada cerca de la Torre Eiffel” (en realidad es corta, recta y está a 2,5 kilómetros de la Torre Eiffel).

Zéboulon, en su despacho en la escuela, muestra el viejo anuario y pasa las páginas. Ahí está el joven Tony en pose reflexiva y, debajo, una frase de una famosa canción del grupo Pink Floyd: “Just another brick in the wall?” “¿Un ladrillo más en el muro?” Y aquí, en otra página, uno de sus mejores amigos, un muchacho con melena rizada a lo Bob Dylan, “muy brillante, muy revolucionario”. Se trata de Robert Malley que, como Blinken, ocuparía cargos de responsabilidad en las Administraciones Clinton y Obama. “Fidel… comme Castro”, se lee debajo foto. “Fiel [fidel, en francés] como Castro”.

“En aquellos años, la opinión pública francesa era bastante hostil a la política exterior de EE UU. Esto sin duda le influyó: es un estadounidense con una visión internacional, un estadounidense que puede entender cómo otros ven EE UU”, dice por teléfono Malley, que ahora preside el International Crisis Group, una ONG dedicada a la prevención y resolución de conflictos. El pasado julio, Blinken intervino por vídeo en la ceremonia virtual (pandemia obliga) de graduación de los alumnos de último curso. “Os graduáis en un momento de mayor incertidumbre que nunca”, les dijo en referencia a la pandemia. “Esto pasará”, les prometió.

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