La triste patria de Tomás de Torquemada

"El peso de la crueldad heredada gravita sobre el alma española y todo es creíble, y <strong>todo es posible en esta triste patria de Torquemada</strong>".…

«El peso de la crueldad heredada gravita sobre el alma española y todo es creíble, y todo es posible en esta triste patria de Torquemada». La frase reproducida se incluyó en una breve nota que vio la luz el 21 de junio de 1907 en el semanario Las Dominicales, que se decía «Órgano de la Federación internacional de Librepensadores en España, Portugal y América», y remite, casi de un modo inmediato, a las muy prejuiciosas impresiones que Teófilo Gautier dejó escritas en su Viaje a España.

En su célebre obra, el francés ya incluyó una similar carga gravitatoria al referirse a El Escorial: «El monstruoso edificio pesa sobre vosotros con toda su carga; os rodea, enlaza y os ahoga. Os sentís cogidos como en los tentáculos de un gigantesco pólipo de granito». Un siglo más tarde, Ortega y Gasset mantenía una visión del monasterio de resabios gauterianos: «La mole adusta de San Lorenzo expresa nuestra penuria de ideas, pero, a la vez, nuestra exuberancia de ímpetus».

En tan simbólico lugar descansan los restos mortales de Felipe II, ese «triste hijo de Carlos Quinto», ese «rey nacido para ser gran inquisidor», impulsor de una «lúgubre fantasía», al decir del curioso impertinente. Felipe II, encarnación contrarreformista, junto a la Inquisición española son, como es sabido, dos de las imágenes negrolegendarias más populares, a las que habría que sumar el sombrío rostro de fray Tomás de Torquemada. Sin embargo, aunque del rey y del monasterio se conservan retratos y planos fieles a sus realidades, no se puede decir lo mismo del fraile dominico, pues el hombre nacido hace seiscientos años, permanece sepultado bajo una aplastante carga arquetípica.

Biográficamente desdibujado, Torquemada es, sin duda alguna, el inquisidor por antonomasia, la cabeza visible de la institución marcada por su fanatismo y por una crueldad rayana en el sadismo. España sigue siendo, Julián Juderías ya lo advirtió hace más de un siglo, poco menos que una sinécdoque de la Inquisición, una gran mazmorra de la que tratan de escapar un conjunto de naciones a las que se les hurta una libertad antesala de un éxito, tales son las fantasías de la grey que exhibe lazos del color con el que el Santo Oficio confeccionaba los sambenitos, cósmico.

Es evidente que para muchos de nuestros compatriotas -«somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar», fantasean algunas- la Inquisición española y Torquemada representan lo más sombrío de nuestra historia. Sin embargo, tan negativa como cuasi unánime consideración, dista mucho de la que se tuvo hace siglos tanto del Santo Oficio como del prior del convento de Santa Cruz. Prueba de ello es el hecho de que en 1481, Juan López de Segovia, protonotario apostólico y deán de la catedral de Segovia, cuya madre fue condenada a la hoguera por judaizante, dedicó al dominico una pequeña obra titulada, De haeresi et haereticorum reconciliatione, eorum que pertinacium damnatione. El libro se publicó en Roma, ciudad en la que López de Segovia buscó la protección del papa Sixto IV. La temática del opúsculo pero, sobre todo, la fecha de aparición, es importante, pues para que fray Tomás fuera nombrado inquisidor general faltaban todavía dos años. La dedicatoria, por lo tanto, carece de intereses espurios y apunta a las condiciones personales del prior de Santa Cruz.

Un siglo después de aquella dedicatoria, su compañero de orden, fray Hernando del Castillo, autor de la Historia general de la Orden de Predicadores (1584), trazó el retrato de un clérigo austero y frugal, a él han de sumarse las líneas que le dedicó el padre Juan de Mariana en su Historia general de España. Así se refirió el jesuita a Torquemada: «Persona prudente y docta, y que tenía mucha cabida con los reyes, por ser su confesor, y prior del monasterio de su orden de Segovia». ¿Cuándo se produjo, entonces, la quiebra de su imagen? La respuesta nos conduce al siglo XIX y, concretamente, al sacerdote apóstata afrancesado Juan Antonio Llorente, secretario del Santo Oficio entre 1789 y 1791. Llorente, que en 1808 había elaborado un Reglamento para la Iglesia Española hecho a la medida de sus intereses, salió de España tras la derrota de Napoleón. En 1817 publicó en París sus cuatro volúmenes de la Historia crítica de la Inquisición de España, vertida al español en 1822, año en el que apareció su Retrato político de los papas, que determinó su expulsión de Francia.

En su obra, el bonapartista ofreció unas abultadísimas cifras de víctimas inquisitoriales: 31.912 quemados vivos, 17.659 quemados en efigie y 291.450 penitenciados con penas graves, a los que sumó el número de moros y judíos expulsados. Aquellos números, fruto de las extrapolaciones realizadas sobre los procesos desarrollados durante el mandato de Torquemada, hicieron las delicias de la masonería, protectora de Llorente en su exilio francés y consolidaron la imagen que en el país vecino, en el cual operó una Policía del Libro, para la que trabajaron algunos colaboradores de la Enciclopedia, hasta la segunda mitad del siglo anterior, se tenía del Santo Oficio. El retrato que Llorente elaboró de Torquemada, se recrudeció con el tiempo. Si en sus Anales de la Inquisición de España dejó estos trazos:

Torquemada fué desinteresado, austero y justo á su modo. Nunca quiso ser obispo, aunque pudo por lo mucho que lo estimaba el rey. Fundó el convento de dominicos de Ávila, su patria, donde fué sepultado. Su excesivo celo en el empleo de inquisidor general le produxo grandes pesadumbres y cuidados. Tres veces envió á Roma su compañero fray Alonso Badaja para defender su inocencia en calumnias que le formaron. La multitud de familias infamadas le atraxo enemigos poderosos públicos y secretos.

En su Historia crítica de la Inquisición en España, la figura del dominico, tras cuya muerte Llorente consideró que no solo no debía haber tenido sucesor, sino que debería haberse aniquilado un «tribunal tan sanguinario y opuesto á la mansedumbre y lenidad evangélicas», adquirió tintes más oscuros y agradables para los oídos de sus clientes:

Todos estos daños, y muchos otros más, fueron consecuencia del sistema que adoptó y dejó recomendado el primer inquisidor general fray Tomás de Torquemada, quien por lo mismo murió aborrecido generalmente, después de haberlo sido diez y ocho años, hasta el extremo de no tener segura su vida. Para defenderse de los enemigos públicos, le concedieron los reyes Fernando e Isabel que llevara consigo en los viajes cincuenta familiares de la Inquisición a caballo y doscientos de a pie. Para precaverse de los enemigos ocultos tenía en su mesa continuamente un asta de unicornio, que decían tener virtud de manifestar e inutilizar la fuerza de los venenos. Nadie se admirará de la multiplicación de enemigos suyos después de las noticias indicadas, a que se agrega que aun el papa mismo llegó a extrañar tanto rigor, pues eran continuas las quejas, de manera que Torquemada se vió en la precisión de enviar a Roma tres veces en distintas épocas a fray Alonso Badaja, su socio, para defenderle de las acusaciones que se hicieron contra su persona, llegando el caso de que Alejandro VI, cansado de oir quejas, quiso despojarle de la potestad que le había dado, y dejó de hacerlo solamente por consideraciones políticas al rey Fernando.

Seis siglos después de su nacimiento, Torquemada, al que en un año tan señalado no se le prestará atención alguna por parte de un Gobierno en el cual figuran no pocos suscriptores del título de este artículo, se mantendrá como símbolo, pues no existe ningún interés en indagar acerca del personaje histórico. Al cabo, una nación que ha asumido, desde los estratos más humildes a los salones más distinguidos y cosmopolitas, con tal beatitud la leyenda negra, no puede acometer la necesaria tarea de insertar al dominico en el complejo contexto que determinó la tardía implantación de un tribunal de la fe, el inquisitorial, que en palabras de Fernando el Católico respondió a las razones señaladas por su propia pluma:

Pero porque nuestra firme intención y zelo es anteponer al servicio de N. S. Dios al nuestro, queremos aquélla en todo caso se faga, todos otros intereses postposados.

*Torquemada. El gran inquisidor (La Esfera de los Libros) sale a la venta el 21 de octubre

Portada del libro 'Torquemada. El gran inquisidor'.
Portada del libro 'Torquemada. El gran inquisidor'.

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