La última del Festival de San Sebastián: Naomi Kawase, obsesiva, lírica y confusa

La directora japonesa propone en ‘True mothers’ un tan delicado como errático condensado de todas sus obsesiones.

Cada uno se obsesiona no tanto con lo que desea como con lo que le desea a él. Una obsesión no nace de un acto de la voluntad. Es más un acto reflejo condicionado por lo que eres antes que por lo que quieres. Johnny Depp, por ejemplo, dijo hace unos días aquí mismo en sede festivalera que su obsesión era el chacolí. Intentó razonarlo, pero apenas llegó a balbucear unas frases inconexas muy cerca del arrobo. En realidad, lo mismo le pasó cada vez que intentó una frase sobre cualquier otro asunto, pero cuando le tocó explicar su obsesión por los caldos de la zona, su turbación alcanzaba el espasmo. Era el chacolí el que obligaba sus tartamudeos y le poseía. No al revés.

Naomi Kawase, por ejemplo, es de esas personas que como tantos otros ha convertido su obsesión en su materia de estudio y de trabajo. La particularidad es que en el caso de la directora japonesa, como en el de Montaigne y en el de buena parte de los usuarios de las redes sociales, su obsesión es ella misma.’True mothers’ (Madres verdaderas), por ejemplo, se puede leer como un precipitado de todo su cine. Tanto en lo que hace mención a los temas como a las formas como incluso a su biografía que, en su caso, calca la filmografía.

Una imagen de 'True mothers' de Naomi Kawase.
Una imagen de 'True mothers' de Naomi Kawase.

En más de una ocasión la directora ha hablado de la especial relación que mantuvo con su abuela después de que su padre la abandonara. La pérdida, el luto, la maternidad, la naturaleza transmutada en madre o la luz son algunas de las constantes de un cine empeñado en ser casi una herramienta de comprensión personal hasta quizá más allá de la obsesión. Todo ello converge en esta última película que, a su modo, se distancia del lirismo encendido de sus últimos trabajos para intentar quizá una terapia de alejamiento de sí misma.

Kawase propone ahora hasta cuatro historias diferentes cada una de ellas con un centro y una motivación distinta. La primera es un melodrama que gira alrededor del padecimiento de una pareja que ante la imposibilidad de concebir un hijo deciden adoptarlo. La segunda quiere ser una lectura o crítica social a vueltas con el embarazo no deseado de una adolescente que, por momentos, recuerda a la belleza subyugante de ‘Aguas tranquilas’. La tercera es casi un poema elegíaco sobre la casa de reposo, que es también ONG, a orillas de un mar donde se refleja eternamente el sol. Allí la joven, apenas una niñas, da a luz el hijo que luego cambiara de madre. Existe también un amago de ‘thriller’ donde los padres adoptivos sufren un chantaje a cuenta del hijo. Es decir, Kawase insiste en sí misma, pero desde todos los puntos de vista, algunos de ellos completamente nuevos y contradictorios entre sí.

La película alterna los momentos de una belleza incuestionable con la simple confusión. Todo sigue siendo bello como es ley en la directora, pero de una modo entre desleído y solo tibio. El problema reside en que ‘True mothers’, entre tantos amagos de argumento, no se decide a ser nada en concreto. Y ahí pierde buena parte de su fuerza. Se diría que Kawase se empeña en domesticar a cada una de sus obsesiones (que no es más que la obsesión de sí misma) dando esta vez la voz a otros: a otros personajes que quizá nada tienen que ver con ella y a otros géneros cinematográficos que maneja como una turista curiosa. Y claro, como nos dejó claro, Depp y el chacolí, son las obsesiones las que mandan sobre nosotros. No al revés.

En cualquier caso, y por desdramatizar, cada vez que la cámara mira a la luz, la película se descompone ante los ojos como sólo es capaz el cine de Kawase. Y eso ya es suficiente, sin duda.

De este modo, quedó cerrada la competición oficial de un festival que, como todos en estas fechas, han hecho de la necesidad (y la mascarilla), virtud. Mañana se anuncia el palmarés y sólo queda ver si el jurado se atreve a dar la Concha de Oro a la única película que se ha atrevido a atreverse. ‘Beginning’, de la georgiana Dea Kulumbegashvili, es obsesión, la única posible, antes que sólo película.


Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más

CineGia Coppola: "En mi familia se habla más de cocina que de cine"
Festival de VeneciaEl racismo 'yanqui' y la brutalidad de los soviets toman Venecia
CineLuca Guadagnino: "La belleza de Instagram es un instrumento de opresión"

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *