‘La Vanguardia’ tiene nombre de mujer

Nuestro diario ha sido también vanguardia en tener una dirección con nombre de mujer: la de María Luz Morales, pionera del periodismo femenino, que la ocupó durante 1936-37, en los convulsos años de la Guerra Civil. En el momento en que La Vanguardia fue incautada a sus propietarios (por esta razón los diarios editados durante el conflicto no se cuentan en la numeración oficial) y el director Gaziel, amenazado como tantos otros, huyó, un comité de redactores vio en Morales la figura que podía asegurar mejor la continuidad del diario.

Ella lo recordaría en 1971 en una entrevista en nuestras páginas: “Al estallar la Guerra Civil me vi obligada por mis compañeros a tomar la dirección del periódico… La mía fue una misión de servicio al propio periódicarita riviere o, meramente profesional y en modo alguno política, con el único fin de que pudiera aparecer cada mañana”. Así alcanzaba un hito en una trayectoria iniciada en 1921, cuando la presencia femenina en las redacciones era una rareza, para escribir sobre teatro y cine. Se fue labrando una carrera ascendente que la condujo (en ocasiones con seudónimo masculino) hasta los temas más relevantes de la actualidad. Escribió reportajes de gran trascendencia, como: “¿A quién votarán las mujeres?”, publicado el 25 de octubre de 1933, en plena campaña electoral durante la II República. En él resaltaba con perspicacia cómo “crece el pánico masculino” ante “la incógnita del voto femenino”.

A Morales la habían precedido ilustres firmas, pero pertenecían más a la esfera de la literatura, las mujeres no participaban en las tareas redaccionales. La eminente escritora gallega Emilia Pardo Bazán colaboró desde 1889 y Concha Espina lo hizo a partir de 1917. Sin embargo, el camino abierto por la directora Morales quedaría interrumpido por el franquismo que, durante décadas, relegó a las mujeres al hogar. Las firmas femeninas casi desaparecen en esta época, con excepciones como Ana Nadal de San Juan (1944) y la poetisa y novelista Elisabeth Mulder (1949). Décadas después, en 1964 se estrenaría en nuestras páginas la escritora Concha Alós, ganadora del premio Planeta con su novela Las hogueras. Firmaría artículos y crónicas en las que imbricaba la observación a modo de reportera con la reflexión.

A partir de 1965 empezó a colaborar M.ª Lluïsa Borràs, crítica de arte de referencia

A partir de los años sesenta, con la apertura del régimen también en la enseñanza universitaria, las primeras mujeres salidas de las promociones de las escuelas de periodismo católicas llegan a la redacción. María Pilar Comín es la precursora: empieza a escribir en 1960 sobre el mundo de la moda, que abordará desde una visión global, alejada de los tópicos. Su experiencia resultará un modelo para más mujeres que sienten la vocación de escribir sobre la realidad social que les toca vivir. Una notable firma de esta época es la de Dolores Serrano, quien, desde 1963, destacará por sus crónicas de viajes a lo largo y ancho de Catalunya, textos en los que fija su atención en cómo son y viven los habitantes de rincones muy diversos. Su buen hacer llevará a que se le conceda una sección propia, bajo el título Del país y de sus gentes, desde 1967 hasta 1972. Otro ámbito en el que las mujeres de vanguardia van a dejar huella es el arte, con la impronta desde 1965 de M.ª Lluïsa Borràs, eminente crítica del rico panorama expositivo y galerístico barcelonés.

En 1969, al filo del cambio de década, ingresa en la redacción Teresa Bagaría, firmando un documentado reportaje sobre el Concorde, “el primer avión comercial supersónico”. Su texto, sobre uno de esos temas técnicos tradicionalmente reservados a los hombres, es indicativo del incipiente cambio de roles.

La sección de Cultura se enriquecerá, a partir de 1971, con la aportación de Ángeles Masó , que logra hacerse un hueco informando sobre el mundo del cine, que despierta con la transición, y alrededor del cual surge una industria y un star system propios que interesan sobremanera a los lectores. Las mujeres también accederán a la cobertura de la información política, tanto nacional como internacional.

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A mediados de los ochenta, se emprende la aventura de crear un suplemento dedicado a nosotras. La Vanguardia Mujer. Lo dirigirá primero Carmina Verdejo, escritora e historietista, y después Elisenda Nadal, procedente también de la información cinematográfica.

La presencia femenina en la redacción adquiere, en definitiva, aires de normalidad y algunas mujeres ejercerán labores de jefatura de secciones y participarán en los populares aquelarres (reuniones diarias de los jefes de área).

La más destacada representante en los años noventa de este creciente protagonismo femenino será Margarita Rivière. Periodista consagrada en diversos medios, siempre recordó que había estudiado periodismo por el consejo de María Pilar Comín, nuestra cronista de moda. El magisterio femenino de La Vanguardia quedaba patente. A Rivière se le confiere, en 1995, la responsabilidad de una página noble, la contraportada, hasta entonces centrada en la economía, a la que devolverá el aroma de Del Arco con sus entrevistas “De carne y hueso” a personajes relevantes. La estela de Morales no se apaga.

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