La visión más íntima y multicultural de las cruzadas

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La estampa de Sigurd I de Noruega era la deun vikingo clásico: alto, fornido, con pelo largo de un tono castaño rojizo y, según las crónicas, «no apuesto, pero sí bien proporcionado». Arribó al trono a los trece años, después de que un enemigo segara la vida de su padre durante una expedición de castigo y saqueo (morir en batalla, el sueño de todo nórdico para ascender al Valhalla). Apenas un lustro después, el todavía joven monarca emprendió su propia aventura tras reunir una gigantesca flota de 60 «drakkars» y diez mil hombres. Aquella sinfonía de barbas, hachas y terror se lanzó a los mares en 1107, aunque no para quemar los campos ingleses, como habían hecho sus antepasados, sino para colaborar en la conquista de Tierra Santa como vasallos de Jesucristo.

Sigurd, el héroe que doblegó las murallas de la ciudad musulmana de Sidón y murió habiéndose ganado el cariño del cristianismo, no podía distar más de la imagen que, ocho siglos después, atesoramos de los caballeros y monarcas que recorrieron medio mundo para combatir en Oriente Próximo. Esos que, embutidos en armaduras de placas de cuerpo completo, enarbolaban una afilada espada con la Santa Cruz en el pomo. Cosa de la generalización y las películas de Hollywood. Al igual que la suya, las historias de otros tantos personajes como Margaret de Beverley, de la que se cuenta que ayudó a defender Jerusalén de Saladino equipada con una olla como casco, han pasado de puntillas por los libros.

Didáctico y atractivo

Al menos, hasta la llegada de Los cruzados, la nueva obra del historiador, periodista y presentador Dan Jones. Y es que, después de una década de ensayos sobre las Cruzadas, la gran victoria del que ya se ha convertido en uno de los medievalistas más reconocidos de Gran Bretaña consiste precisamente en narrar de forma fresca y novedosa una época replicada hasta la saciedad. Si en su último libro, Los Templarios, el peso de la narración lo tenían los hechos, en este caso, el paso adelante lo dan los personajes. A través de ellos, de sus historias personales, de sus voces y de sus claroscuros, el autor consigue encadenar un relato ágil en el que, sin darnos cuenta, incluye también los datos más básicos y toscos de las Cruzadas. Lo que hace, en definitiva, todo buen profesor para que su discurso sea atractivo a la par que didáctico.

Pero esta no es la única sorpresa que reserva Jones a sus lectores. El segundo atractivo de la obra radica en que, a pesar de haber salido de la pluma de un occidental, por sus páginas desfilan una infinidad de personajes que combatieron en el bando de la media luna. Y lo mismo ocurre con una extensísima lista de culturas que, hasta la fecha, solían quedar relegadas a un segundo plano. Árabes, judíos, turcos, kurdos, bereberes, mongoles… Todos ellos tienen hueco en la obra del historiador británico.

Para Jones, el hecho que terminó con la era de las cruzadas fue la llegada de Colón a América

Así, por ejemplo, un capítulo narra las desventuras del califato fatimí de Egipto y las luchas intestinas que llevaron, en 1154, al asesinato de su décimo segundo líder, de 25 años, a manos de su amante; un joven tan guapo como escaso de escrúpulos que ansiaba dar un golpe de estado. Poco normativo, Jones no arranca el relato con el Concilio de Clermont de 1095, en el que el Papa Urbano II proclamó la Primera Cruzada. Prefiere retrotraerse a los conflictos que Roger de Sicilia mantuvo a mediados de ese mismo siglo contra los musulmanes afincados en Italia o a las batallas entre reinos cristianos y musulmanes acaecidas en la Península Ibérica.

Aunque eso no implica que obvie los momentos clave de las Cruzadas, a los que otorga un papel preponderante. Ejemplo de ello es que, a través de personas con nombres y apellidos, analiza desde las causas que motivaron a ricos y pobres a coserse una cruz en el jubón para conquistar la ciudad santa de Jerusalén en 1099, hasta su posterior caída en manos de Saladino en el 1187.

Árabes, judíos, turcos, kurdos, mongoles… Todos tienen hueco en la obra del británico

Jones tampoco termina su obra con la pérdida de Acre en 1291, considerada por la historiografía más canónica como el fin de las Cruzadas. Por el contrario, repasa dos siglos más de guerras religiosas que se intensificaron allá por 1378, cuando un cisma en la Iglesia católica derivó en la aparición de dos papas: uno en Aviñón y otro en Roma. Aquellas rencillas internas permitieron, por ejemplo, que la guerra que el inglés Juan de Gante y su segunda mujer (Constanza, heredera de Pedro el Cruel) mantuvieron en la Península Ibérica para hacerse con la Corona de Castilla fuera tildada de cruzada. Y otro tanto pasó con muchos de los enfrentamientos que se sucedieron en el seno de Europa entre los seguidores de uno y otro papa. Aunque, para entonces, tomar la cruz quedó como algo cool; un vehículo para atesorar heroicos hechos de armas con los que asombrar a las damas y en el que poco importaba el enemigo.

Nuevo final

Con todo, la obra sí pone punto final a este período histórico, y lo hace con un guiño a España. Según el británico, el acontecimiento que terminó con la era de las Cruzadas fue el viaje de Cristóbal Colón a través del Atlántico. No ya porque, para entonces, los Reyes Católicos hubieran acabado con el último reducto musulmán que resistía en la Península Ibérica (que también), sino porque, cuando regresó de su travesía con promesas de oro, fama y territorios desconocidos, el explorador descubrió a Europa una nueva Tierra Santa a la que peregrinar.

Jones se despide con una frase que podría ser el preludio de un nuevo ensayo: «Y atravesaron el mar a miles, como si el propio Dios se lo hubiese encomendado». Tantos viajeros, como historias podría desgranar sobre la Conquista. De momento, nos deja 500 páginas para abrir boca.

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