Lanchester pone otro ladrillo en el muro

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De pronto -claro signo de tiempos turbios-todo se puso muy distópico. Y milenarista. Y millennial. Y así, avalancha de jugadores del hambre y de corredores de laberinto y de divergentes. Todos en diferentes escenarios, pero con la constante de lo pre-post-apocalíptico y, lo más importante de todo: que los héroes que se rebelaban contra el sistema eran todos jóvenes y guapos; y los villanos y gobernantes, adultos luciendo raros peinados nuevos (y, en las inevitables versiones cinematográficas de tanto «best seller» young adult, además, los mejores y más prestigiosos actores ganándose un buen dinero sin complicarse mucho).

De acuerdo, nada de todo esto erosionaba la potencia de esa santísima trinidad del género compuesta por 1984, Un mundo feliz y Fahrenheit 451. Y había gestos nobles y resistencia de títulos firmados por M. Atwood o James G. Ballard o Jim Crace o P. D. James o T. C. Boyle o Cormac McCarthy o Ishiguro o David Mitchell. Pero lo cierto es que la catástrofe venía cada vez más teñida y desteñida de lo que Pete «The Who» Townshend denominó «tierra baldía adolescente». Por fortuna, El muro de John Lanchester (nacido en 1963 en Hamburgo, educado en Hong Kong y en Oxford) vuelve a poner las cosas en su sitio con madurez.

Metáfora-algoría

Lanchester es un autor de movimientos tan impredecibles como los de Italo Calvino. Capaz de arrancar su carrera con piruetas gastronómico-nabokovianas con En deuda con el placer; saltar al modernismo-en-un-día con El señor Phillips para luego ampliar panorámicamente lo suyo con sagas históricas, recuentos autobiográficos o fresco social actual pero dickensiano con El puerto de los aromas, Novela familiar y Capital, sin por eso privarse del didáctico ensayo sobre ese otro cataclismo que es la economía mundial.

Declaró que este libro le «llegó rápido» a partir de un sueño recurrente

Trepando ahora a lo venidero-crepuscular, Lanchester demuestra saber bien lo que hace habiendo aprendido la gran lección de los magistrales maestros Orwell, Huxley y Bradbury. Y esa lección es la de que el pasado de todo futuro ya puede leerse en las líneas del presente. Aquí, la gran metáfora-alegoría a la vez que contundente realidad de pared fronteriza de 10.000 kilómetros de longitud como marco para refugiados cruzando el Canal de la Mancha, ahogo y desaparición de toda playa luego de un cataclismo climatológico denominado «El Cambio»; políticos como el «Bebé Rubio» llamando al odio al vecino; una cierta propensión a una amnesia selectiva; reclutamiento de jóvenes como «Defensores» contra los «Otros», o como «Reproductores» desapasionados; y los ecos no demasiado distantes y claramente audibles del Brexit y de Trump.

Y un ilusionado, a pesar de todo, y propenso a románticos arrebatos poéticos, Joseph Kavanagh. Nombre de resonancia kafkiana, adulto joven pero no joven adulto. Y aquí también -como en Orwell, Huxley y Bradbury-, la figura femenina de Hifa es esencial para la redentora concienciación del protagonista. Así, Kavanagh preocupado por cómo contar lo que cuenta y contando su entorno (y he aquí uno de los hallazgos de El muro) con amabilidad y hasta disculpando a sus melancólicos padres: víctimas de generacional y masiva culpa por su directa responsabilidad en el que todo se haya venido abajo para que así su descendencia se dedique a, sí, poner otro ladrillo en la pared. Y otro más.

Lanchester demuestra haber aprendido la lección de Orwell, Huxley y Bradbury

Lanchester declaró que este libro le «llegó rápido» a partir de un sueño recurrente (la imagen de un hombre montando guardia junto a una ominosa pared) y se escribió más rápido aún interrumpiendo la novela en la que estaba metido. Y ello se nota -para bien- en la inmediatez de su talante predictivo y su resignación de testigo acaso potenciado por la admitida condición de «semi-inmigrante» de quien lo firma. Ese John Lanchester que declaró: «Mi máxima ambición en El muro es la de, ojalá, estar completamente equivocado en todo lo que anticipa». Que así sea pero -no olvidemos nunca lo que aún no ha pasado pero suena tan posible- sepamos también que lo que será, será.

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