Las colas del hambre recorren Nueva York

Vecinos reciben comida en una iglesia del Bronx (Nueva York), el 22 de octubre.

Libre del trazado de tiralíneas que los rascacielos dejan en el cielo de la ciudad, la atmósfera opresiva de Borough Park y sus casitas bajas podría pasar por un rincón del hierosolimitano Mea Sharim, o de Bnei Brak, bastiones ultraortodoxos de Israel: hombres con tirabuzones, levitas negras y filacterias; la viva imagen del recato en las mujeres, con tristes sayas monjiles. Pero aunque la mayor parte de los rótulos estén en hebreo, pese a la presencia de numerosas sinagogas y yeshivás (escuelas talmúdicas), Borough Park es un distrito de Brooklyn y zona roja de la pandemia en Nueva York, con una tasa de positividad que multiplica por cuatro la de la ciudad, de solo el 1%. La tasa de contagios es de 7,1 por 100.000 habitantes en la última semana en la ciudad, mientras en el barrio es el doble. De ahí que las autoridades locales decidieran reintroducir hace tres semanas severas restricciones, como el cierre de colegios y negocios no esenciales, mientras los vecinos siguen a cara descubierta, sin mascarilla, como si lo humano les resultase ajeno.

Ellos dicen que no, pero a los salones de banquetes nupciales que se arraciman entre las calles 43 y 44 —y que hoy lucen sus ventanas cegadas con papeles para evitar miradas— se les considera el epicentro del repunte de casos que obligó a reconfinar Borough Park, hogar de la mayor comunidad jasídica de la ciudad, y otros ocho populosos distritos. Cada lunes por la noche se celebraron durante el verano multitudinarios convites, sin distancia de seguridad entre los invitados ni mascarillas; hay profusión de fotos y vídeos en Internet. En agosto, la temporada de bodas se reanudaba tras el periodo no hábil de tres semanas que marca el calendario judío, y los ultraortodoxos neoyorquinos se entregaron tan desaforadamente a festejar las nupcias que el 15 de agosto se registró el primer repunte desde primavera, con Borough Park a la cabeza.

La semana pasada las autoridades locales impidieron el enlace del nieto de un conocido rabino de la secta jasídica Satmar (la misma a la que pertenece la protagonista de la serie Unorthodox) al que tenían previsto acudir 10.000 personas, cuando la regulación anti covid-19 marca un límite de 50. La boda iba a celebrarse en Williamsburg, un barrio cercano y también de mayoría judía. “Eso aquí no sucede, aquí se siguen celebrando bodas, pero con los padres y hermanos y pocos más, en las casas”, señala Frimet, de negro, mientras pasea a su bebé por Borough Park. La presencia por doquier de carricoches es la sola nota de color del barrio, también del elevado índice de natalidad de la comunidad.

Frimet es la única vecina que accede a hablar, el resto huye despavoridamente o incluso da un respingo al ser interrogados, pero lo hace deconstruyendo su relato hasta quedar en nada: “Esas bodas con cientos de invitados no han sido aquí, y además no fue para tanto, se sacaron las cosas de contexto y una foto con un enfoque determinado puede transmitir una imagen que no se corresponde con la realidad. No, definitivamente no, aquí no pasan esas cosas”. ¿Y por qué no lleva mascarilla? “Es que hoy se me ha olvidado en casa”.

Dos barbilampiños de uniforme cuchichean antes de responder a la pregunta. “No llevamos mascarilla porque es incómodo”, recitan la lección entre un amago de risa mientras driblan apresurando el paso la mención de las bodas. Solo un ultraortodoxo que diríase hipster, kipá y tapabocas sellado en la mandíbula, surca la calle con la libertad que le da una tabla de skate. El resto rehúye las preguntas. “Quiere saber si siguen funcionando las salas de banquetes nupciales, ¿usted las ha visto, ve actividad? ¿No, verdad? Pues ya está dicho todo”, espeta una mujer con tono de pocos amigos.

Aunque esta semana se han suavizado las restricciones en otros enclaves de la ciudad, en Borough Park todo sigue en suspenso. Los pocos negocios existentes están cerrados, y solo funcionan con normalidad los supermercados y los fragantes hornos de pan, cuyos propietarios son sin excepción judíos, y sus empleados, unánimemente latinos: la estratificación social y étnica tan común en la ciudad. El sopor de una tarde plomiza convierte el paseo en procesión, y solo una furgoneta con una gran banderola animando por megafonía a votar a Trump sacude la modorra anacrónica de este shtelt (poblado, en yidis) neoyorquino. No es casualidad que la propaganda electoral sea la que es, pues el recelo anticientífico de los ultraortodoxos se acerca al negacionismo del presidente. Mientras, las tensiones entre la comunidad y la ciudad de Nueva York han ido en aumento tras la reintroducción de la cuarentena, con la primera denunciando el estigma social de verse señalados.

No pocos líderes de la comunidad arguyen que sus características —aislada, sin interacción social fuera de sus límites, un gueto en la práctica— son el ámbito perfecto para alcanzar la inmunidad de rebaño, pero con los datos en la mano tanta promiscuidad se paga: las bodas como eventos ultracontagiadores han demostrado ser un hecho científicamente probado. Y no solo las fiestas, sino también la vida cotidiana (familias en las que conviven varias generaciones; hacinamiento demográfico, sinagogas pequeñas y atestadas; interconexión continua en ritos y celebraciones) aparece en las antípodas de la distancia social necesaria para prevenir la covid-19. Al final, por culpa del coronavirus, de las bodas judías no quedará eco de la algarabía y la fiesta, de los bailes en círculo, solo el regusto amargo de la esposa a la fuerza de Unorthodox, o del joven ingenuo de otra serie televisiva, Shtisel, que pensaba que el amor espontáneo existía.

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