'Las niñas', de Pilar Palomero, mejor película española en el Festival de Málaga

La mexicana ‘Blanco de verano’, de Rodrigo Ruiz Patterson, ha ganado el premio al mejor largometraje iberoamericano

La infancia, además de la patria del hombre, que diría el poeta, es un mal recuerdo. Y no tanto por triste, que a veces también, como por mentiroso. La memoria, de hecho, no tiene caminos de regreso (esto es de otro poeta) y siempre obedece al meticuloso ensamblaje de mil pequeñas mentiras. Más o menos, así se podría resumir el credo del palmarés del Festival de Málaga 2020, el más raro de todos ellos, el de la mascarilla, el de la pandemia, el que acabó el viernes. Las dos cintas galardonadas en el puesto más alto hablan de la infancia en intransferible singular y de las infancias en compartido plural y, cada una a su manera, ambas se empeñan en desmontar cada uno de los mitos que las conforman. Son retratos tan emotivos, iracundos y hasta agrios del pasado, pero sin renunciar a conformarse como metáforas vívidas y muy políticas del presente. Son únicas y de todos. Y así.

Tanto ‘Las niñas’, de Pilar Palomero, como ‘Summer White (Blanco de verano)’, del mexicano Rodrigo Ruiz Patterson, mejores películas (con Biznaga de oro y todo) española e iberoamericana respectivamente, cuentan la historia de dos críos (ella y él, los dos solos con sus madres) y de su pelea por entender cada una de las contradicciones que, con el discurrir tiempo, será el alimento de su memoria y, de paso, de la de todos. Si a la coincidencia más o menos argumental se suma que se trata de dos óperas primas y que cada una de ellas llega a este certamen tras brillar en un festival internacional (la primera en la Berlinale y la segunda en Sundance), ya sí se puede hablar de un palmarés con sentido, cuanto menos, del ritmo.

La obra de Palomero quiere ser toda ella imagen explícita de la niñez tanto de la protagonista como, apurando, de España entera. La historia de una niña en la Zaragoza de los 90 hija de familia monoparental es drama con la misma vivacidad y claridad que metonimia: la parte diminuta de una vida por fuerza diminuta tomada por la historia entera de esa enorme Transición que no acaba de terminar nunca. Suena tremendo y, en efecto, lo es. La directora debutante hace descansar toda la película en el gesto ausente de la jovencísima actriz Andrea Fandos. Se trata de jugar a los contrastes. Por fuera, el país recibe un tiempo nuevo y multicolor donde brillan la Expo y los Juegos Olímpicos. Por dentro, todo insiste en el color gris de lo inmutable, de lo eterno, de lo rancio. Cuenta la directora que la aventura de Celia tiene mucho de ella misma y de un pasado donde en el colegio se hablaba de pecado, de culpa… «y luego en la tele veías a Jesús Gil rodeado de chicas en biquini». Lo que sigue es una película meticulosa en la descripción de cada una de las mentiras que conforman la memoria, bella en su dibujo de lo triste, clara en su más íntima paradoja.

En un registro distinto, o no tanto, se mueve la propuesta de Ruiz Patterson. Lo que le importa en este caso al director es la violencia, pero no tanto soterrada, como evidente. La infancia, en efecto, es un espacio sin normas. Amoral o, si se quiere, hasta inmoral. Y es ahí donde el mexicano planta sus dominios para construir un relato enfurecido que habla de amor, amor maternal, entendido como un campo de batalla. Aquí la visceralidad lo come todo y no hay más metáfora que la que arde. El hecho de que el actor (que en realidad no es tal y eso le hace aún mejor actor) Fabián Corres, y el guión del propio director y Raúl Sebastián Quintanilla, también se llevaran premio la convierte, por mayoría simple, en la auténtica ganadora de la edición.

Por lo demás, el resto del palmarés se limitó a completar el casillero con el respeto debido a, cuanto menos, los nombres y las trayectorias. Gloria a IMDB. El mejor director fue Arturo Ripstein porque ya lo era antes incluso de dejar ver ‘El diablo entre las piernas’, su último y muy ‘ripsteiniano’ trabajo. Y el Premio Especial del Jurado cayó en manos de Icíar Bollaín quizá porque ‘La boda de Rosa’ (que también se llevó el premio de Nathalie Poza como mejor actriz de reparto) es a la vez una celebración del cine y una recuperación intacta de la parte más brillante de la filmografía de la directora misma.

Las menciones a las interpretaciones fueron decididas por el incómodo trámite del ‘ex aequo’, un título que empequeñece tanto al que recibe el premio como al que lo da. Lástima. Kiti Mánver, por ‘El inconveniente’, y Regina Casé, por ‘Três Veroes (Tres veranos)’ fueron las actrices señaladas, y Alberto Ammann y Pablo Echarri, los dos por ‘El silencio del cazador’, los actores. ¿Para cuándo el ejemplo de Berlín de dejar estas categorías en simplemente mejor intérprete por la misma razón que no se distingue entre director y directora? Es sólo una pregunta que será recurrente a partir de ahora.

Así las cosas, y más allá de la solidez de lo premiado, queda la propia solidez de un festival que ha sabido rehacerse, reformularse y reimaginarse en plena pandemia. O repandemia. Fue el primero en ser cancelado allá en marzo y ha sido el primero en completarse de la mejor de las maneras posibles. Quién sabe si no estará viviendo el Festival de Málaga, como indica su brillante palmarés, una nueva infancia llena esta de vez de promesas, que no mentiras.

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