Las realidades inventadas de María Antonia García de la Vega

La <strong>fotografía </strong>evoca la presencia de la realidad. Retratar, es andar con las consecuencias de sujetar el tiempo de los hombres. El fotógrafo define el…

La fotografía evoca la presencia de la realidad. Retratar, es andar con las consecuencias de sujetar el tiempo de los hombres. El fotógrafo define el contenido en el visor de la cámara alineando luz y encuadre. La creencia de que el objetivo de la cámara es imparcial y mostrará al individuo tal y como es, nos lleva a una percepción engañosa. El fotógrafo apuntala el contenido con apariencias de veracidad que hacen creíble esa intuición subjetiva. Parece que todo está dicho al apretar el disparador, pero la imagen fijada, extiende la melancolía que supone fijar una fracción mínima de tiempo.

Pasado y presente, se dicen y se contradicen en el libro de retratos de María Antonia García de la Vega. La fotógrafa elije hombres de su generación, los engalana con atavíos de otras épocas, los introduce en un espacio neutro e interviene de manera meticulosa en la postura y expresión del modelo. A priori, todo podría parecer una recreación inspirada en los grandes retratistas del Renacimiento o Barroco. Sin embargo, hay una veracidad terrible en estos retratos, los hombres que se someten al transformismo, son demasiado ciertos para ser personajes fingidos. Hacer posar deliberadamente a sus modelos los lleva a revelar su verdadera autenticidad. A través el artificio asumido como tal, los sujetos alcanzan una realidad interior, más verdadera que natural. El hecho fotográfico en sí, impone el criterio definitivo, pintura y fotografía equidistantes en su relación con el tiempo.

Maria Antonia García de la Vega solapa la suposición pictórica y fotográfica a través de la mirada. La creación de una pintura se fundamenta en un lenguaje existente, aprendido con una práctica y una gramática propia, muy distinta a la utilizada por artistas de otras culturas, pero en ambos casos, recurriendo a un lenguaje que recrea apariencias. El dibujo contiene el tiempo que trascurre hasta que se hace, la fotografía lo capta instantáneamente. Henri Cartier-Bresson decía que lo único que tenían en común la pintura y la fotografía era la mirada. Recurrir a uno u otro instrumento tenía sus consecuencias, el nerviosismo tan necesario para fotografiar, contrasta con la lentitud del dibujo, ‘hay que saber ir muy despacio para poder ir deprisa.

Mirar, no es mirar lo que se ve, es agarrar el conflicto de moverse en esa penumbra del tiempo, donde la sombra va perdiendo misterio y las luces asoman su vacío. La fotógrafa sabe sin saber, que la esencia de un buen retrato anda tambaleándose en ese espacio imperceptible de objetividad esencial. Estas realidades inventadas en el vacío del estudio, son Ucrónicos, resultado de una fragmentación heterodoxa de tiempo, que se atreve con las consecuencias de enfrentar percepciones pasadas y presentes. Identidades ambiguas cargadas de interrogantes.


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