Leer 'Wilt' en 2020: dicen que estás hecha de plástico fino

Más adelante hablaremos de feminismo, de clases sociales, de conductas normativas, de la nueva sinceridad y de todas esas cosas, pero primero vamos con lo…

Más adelante hablaremos de feminismo, de clases sociales, de conductas normativas, de la nueva sinceridad y de todas esas cosas, pero primero vamos con lo importante. El lector que hace 40, 30 o 20 años disfrutara de Wilt en una piscina y que ahora se reencuentre con el personaje de Tom Sharpe gracias a la edición integral del sello Anagrama (Todo Wilt; cinco novelas en 1.080 páginas), se dará cuenta, antes que nada, de que Sharpe fue un escritor muy bueno. No gracioso, ni desfachatado, ni de buena mano: muy bueno.

Las tres primeras páginas de Wilt son una divagación interna sombría pero fluida, llena de matices y perfectamente controlada. Los presagios de la comedia asoman pero son como el contrapunto de la amargura que domina la escena. Wilt pasea al perro por la noche porque Eva se impacienta si se queda en casa sin nada que hacer ni decir. Perro y amo llegan hasta un barrio en el que las casas y los coches son obviamente mejores y Wilt fantasea con superar la sensación de espantosa mediocridad que gobierna sus vidas. No es agradable ser consciente de ello, pero intuye que para salir de esa ratonera que es el día a día, para desquitarse de la vida, haría falta un giro dramático, quizá trágico. Que Eva muriese, por ejemplo. Wilt se parece más a las novelas de David Lodge que a las del Marqués de Sotoancho, por poner un ejemplo.

Para los lectores que sean nuevos con Sharpe, conviene hacer un resumen: Henry Wilt es un personaje de novela que en los años 80 se presentó ante los lectores españoles como un profesor de literatura de 34 años, empleado en un instituto de FP en algún lugar indeterminado del sur de Inglaterra.

Sus alumnos son aspirantes a fresadores, carniceros y soldadores a los que se supone que Wilt debe hablar de D.H. Lawrence y de escritores por el estilo. Su misión es absurda, su paga es mediana y sus expectativas de ascenso son remotas. Wilt tiene más problemas. Su mujer, Eva, es una ama de casa básicamente desocupada que busca algo más en la vida. Henry es más culto que Eva pero Eva tiene tiempo libre que emplea en una sucesión de talleres de meditación, creatividad, espiritualidad y similares, de modo que su conversación es, según Wilt, «ecléctica y desesperante»… Eso si no se dirige hacia el reproche de la mediocridad.

Por mucho yoga que haga, Eva anhela una casa más grande, un coche nuevo y vacaciones en España. Además, Eva es una persona mucho más interesada en el sexo que Henry, desganado después de 12 años de matrimonio. Por una serie de circunstancias, en la vida de Henry también interfiere un agente de policía, el sargento Yates que es su némesis y, al mismo tiempo, podría ser su alma gemela.

Con esos tres puntos de apoyo montó Tom Sharpe una serie de cinco novelas escritas entre 1976 y 2010 que lo convirtieron en el escritor inglés cómico más famoso de su generación y le permitió vivir como un caballero hasta 2013, cuando murió en su casa de Llafranc.

Algunos datos: Sharpe nació en Londres, en 1931, hijo de un pastor de la Iglesia Anglicana Unitaria, casi anciano y casi fascista. Estudió en Cambridge, vivió con su madre en Sudáfrica en los 50, se ganó la vida como profesor y logró que lo expulsaran del país por subversivo.

De África se trajo las historias de dos de sus primeras novelas, Reunión tumultuosa y Exhibición impúdica, donde los supuestos comunistas sediciosos eran pobres hombres metepatas que avergonzaban a sus mujeres por su falta de carácter. De vuelta al Reino Unido, Sharpe siguió dando clases de literatura en Cambridge, aunque no en la universidad sino, ¡bingo!, en una escuela de formación profesional.

Primera pregunta relevante: ¿siguen siendo graciosos los libros de Wilt? Sí, pero de una manera menos obvia de lo que sus antiguos lectores recordamos. Wilt se lee por segunda vez más con una sonrisa que con una carcajada: el gag de la muñeca de plástico está en la memoria de cualquiera, de modo que importa más el buen humor que la sorpresa. La gracia de Wilt consiste en apreciar lo que Eva y Henry tienen de ridículos y lo tiernos que son, la seriedad con la que intentan llevar sus destinos y el desapego con el que encajan las bromas que les prepara la vida. La palabra dettachment, el desapego que se atribuye a la cultura inglesa, es la clave.

Tampoco es sencilla la tarea de dar una respuesta a aquellos lectores que deseen un juicio moral de la obra de acuerdo con los valores dominantes en 2020. Wilt lo tiene todo para recibir una censura posmoderna: la mirada del hombre es la central y el retrato de su mujer es más bien grosero, igual que lo será el de la paternidad en las siguientes novelas. Además, la broma que es la clave del arco de toda la serie está basada en un presunto feminicidio. Lo que hay que tener, como decía Tom Wolfe.

En la práctica, las cosas no son tan sencillas. Por ejemplo, el retrato de Eva Wilt. Lo que hay en ella de ridículo no es más grave que lo que hay en Henry. Eva parece un poco boba igual que Henry parece un pelele. Además, la caricatura de Eva es, en parte, una caricatura a una época. En España Wilt se hizo popular en los años 80 pero, en realidad, es una criatura de 1976 que expresa el hastío con la cultura libertina de los años 70. Por ese lado, las novelas de Sharpe pueden parecer conservadoras, aunque, en el fondo, sólo son escépticas.

Más interesante es el ángulo de las clases sociales. Los Wilt son una clase media llevada hasta el límite. Buenas gentes mediocres, esforzadas, llenas de aspiraciones, honradas e ingenuas. A su estela, la clase trabajadora no aparece idealizada, al contrario.

Los alumnos de Henry son una manada de borrachuzos insensibles y están encantados con sus peleas de pub y con su alienación. Al otro lado, la gente rica de la novela es odiosa. Manipulan a los Wilt y fingen ser sus amigos para jugar con sus anhelos de clase media. Sólo Yates, otro funcionario de clase media, puede entender a los Wilt. Pero el destino lo ha puesto en el lugar de su enemigo.

En realidad, todas las novelas inglesas hablan de lo mismo, de las clases sociales. Y puede que su famosa comicidad consista en la resignación con la que sus personajes tratan de salir adelante entre códigos sociales caprichosos e incomprensibles. En realidad, por ahí empezaba Wilt: por un angustioso paseo entre casas grandes y coches caros.

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