Lope de Veras

Los estudiosos deben creerle sin tardanza y recomponer su biografía

Jesús García CaleroMadrid Actualizado: Guardar

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Lope merece crédito. Si Cervantes llegó a perder una mano sobre la galera Marquesa, en Lepanto, Lope de Vega quedó manco de crédito en la cubierta del galeón San Juan de Portugal, en 1588. Hay heridas y heridas, desde luego. El hecho es que no podemos explicar bien por qué se estableció un cierto consenso entre los estudiosos sobre la falsedad de su paso por la ‘Jornada de Inglaterra’. Pero ocurrió y debe hacernos pensar. No es que hubiera pruebas, ni una sola, de que el Fénix de los Ingenios hubiera mentido sobre su paso por la Felicísima Armada de Felipe II, mal denominada Invencible. Es que le exigimos a él la carga de la prueba, a falta de

 un documento ratificador: dime por qué debo creerte, Lope de Vega.

La supuesta ficción tenía, sin embargo, base muy real. Su obra está plagada de referencias a la milicia, a su llegada a Lisboa, al episodio. En cada una da un detalle diferente, el arcabuz, los amoríos clandestinos, el recuerdo de su juventud, de la aventura compartida con su amigo Claudio Conde, el de la Égloga escrita en el final de sus días, donde hace recuento de viejas melancolías y vanaglorias.

Ya son dos documentos los que le dan la razón: la lista de embarque hallada por Geoffrey Parker, cuyo trabajo está a punto de publicarse en el próximo «Anuario Lope de Vega». Y ahora el recién hallado por Jesús Villalmanzano, que da razón de cómo quiso utilizar su paso cierto por la Armada para una reducción de su condena de destierro. La condena de Lope enamorado y celoso le llevó a Valencia porque allí la vida teatral era muy intensa. Allí se llevó a Isabel de Urbina. Allí debió escribir mucho y ser feliz.

Lope, como todos los genios del Siglo de Oro español tuvo una vida trepidante. Cada documento nuevo hallado sutura nuestra ignorancia de aquel mundo peligroso de versos y duelos a espada ropera, milicia con los tercios y amores prohibidos. Los estudiosos deben creer a Lope sin tardanza, deben recomponer su biografía. Él mismo la cerró en la Égloga de este modo: «El mundo ha sido siempre de una suerte/ ni mejora de seso, ni de estado,/ quien mira lo pasado/ lo por venir advierte: / Fuera esperanzas, si he tenido alguna,/ que ya no he menester a la fortuna».

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