Los catorce catalanes que construyeron la España moderna y contemporánea

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En 2014 el historiador Jaume Sobrequés puso la guinda al Tricentenario de la derrota en la guerra de Sucesión de 1714. «A mayor gloria del separatismo», el título del simposio anticipaba ya las conclusiones: «Espanya contra Catalunya». De aquellas sesiones solo quedaron proclamas sectarias y burdo presentismo histórico que sonrojaría al historiador riguroso.

Si nos sumergimos en los siglos, la preposición «contra» debería cambiarse por «en». Así lo hicieron catorce historiadores bajo la dirección de Óscar Uceda y la coordinación de Ricardo García Cárcel y María Ángeles Pérez Samper en un ciclo de conferencias que organizó el grupo «Historiadors de Cataluña». Sus aportaciones han venido a componer el volumen «Catalanes en la Historia de España» (Ariel).

Esa «otra Cataluña» que Sergio Vila-Sanjuán vindicó en un ensayo homónimo contradice el discurso nacionalista de que lo español es un cuerpo extraño en Cataluña.

El llamado «hecho diferencial», que idealiza el «Nosotros» (Cataluña) y demoniza al «Ellos» (España) fomenta el maniqueísmo en lugar de conjugar en singular, advierten García Cárcel y Rodríguez Samper: «Ni el supremacista Cataluña contra España ha sido jamás rentable para Cataluña, ni el victimismo del España contra Cataluña ha servido de mucho más que para alimentar el imaginario contrafactual de los ilusos».

España no se entiende sin Cataluña y viceversa. Del siglo XVI emerge Estefanía de Requesens. Su matrimonio con el castellano Juan de Zúñiga, la lleva hasta la corte de Carlos V. Su esposo es preceptor de Felipe II y su hijo, Luis, combate junto a Juan de Austria en Lepanto. A la muerte de la emperatriz Isabel, «Estefanía actuará como una segunda madre para el príncipe», explica Rodríguez Samper.

Pere Molas pone el foco sobre José Buenaventura Güell. Creador de los «fusileros de montaña», precedente de los Mossos d’Esquadra, este magistrado borbónico ocupará la cúspide del Consejo de Castilla.

García Cárcel rescata la figura de Antoni de Capmany, el polígrafo que señaló la decadencia de la lengua catalana y participó en las Cortes de Cádiz. «Españoles ilustres, provincias que os honráis con este timbre glorioso y que juntas formáis la potencia española y que, reduciendo vuestras voluntades con una sola, haréis por siempre invencible la fuerza nacional: ¡unión, fraternidad y constancia!», escribe en su combativo opúsculo «Centinela contra los franceses».

En la guerra contra Napoleón Cataluña deja para la Historia los sitios de Gerona, el «timbaler» del Bruch y Agustina Zaragoza, la barcelonesa que asombró al general Palafox con su cañonazo. «Una mujer de armas tomar», acota Óscar Uceda.

Fallecido con solo 38 años, Jaime Balmes es uno de los grandes intelectuales decimonónicos, preterido hoy por indocumentados que siguen ligando su figura al franquismo que lo ensalzó en los años cincuenta.

Brillante polemista, Balmes es autor del «best seller» «El criterio» y promotor de un matrimonio entre Isabel II y el conde de Montemolín, hijo del pretendiente carlista: de haberse producido, habría sido la solución para acabar con las guerras civiles del XIX. «Ningún pensador catalán ha tenido la presencia de Balmes», señala Anna Caballé.

Francisco Pi i Margall postuló la gobernación de España en clave federal. Un federalismo, matiza Joaquim Coll, alejado «de cualquier tipo de provincianismo o patriotismo local».

En esa voluntad nacional se enmarca el general Prim, el héroe de Castillejos que arenga a sus voluntarios catalanes, inmortalizado en las crónicas de Pedro Antonio de Alarcón y «La batalla de Tetuán» de Fortuny.

En el militar progresista, Federico Martínez Roda ejemplifica el maridaje catalán y español. En La Gloriosa estuvo Laureano Figuerola, el ministro de Hacienda que en 1868 convirtió la peseta –«peceta catalana»– en moneda nacional, como recuerda José María Serrano Sanz.

Víctor Balaguer es otro catalán decisivo en la política española del XIX, destaca Fernando Sánchez Costa: «Fue un constructor de puentes y un tejedor de síntesis. Y quizá por ello nadie lo ha reivindicado convenientemente… Su amor romántico por Cataluña era perfectamente compatible con su compromiso con la nación española».

A finales del XIX el catalanismo político se integra en la Lliga de Francesc Cambó, con la voluntad de colaborar en el gobierno de España. Su ideario catalanista, observa Jordi Canal, «fue «modernizador y regeneracionista, ambiguamente nacionalista, inseparable, en todo momento, de su dimensión hispánica».

Con Cambó estuvo Josep Pla, que fue militante de la Lliga y su biógrafo. Liberal convencido, subraya Valentí Puig, el escritor ampurdanés figura en la larga lista de catalanes que pasaron, fundamentalmente para salvar sus vidas, al bando franquista. Como Demetrio Carceller, otro «catalán de Burgos» que aseguró desde la refinería tinerfeña de CEPSA el suministro a los sublevados, apunta Manuel Peña. Desde el ministerio de Industria y Comercio aseguró las importaciones de trigo argentino en plena hambruna de posguerra.

Recordado por los planes de Estabilización y Desarrollo, Laureano López Rodó promovió la Monarquía juancarlista. Ramón Tamames recuerda esta faceta poco recordada y lo define «más político que economista».

Francesc de Carreras pasa revista a los catalanes de la Transición democrática: Tarradellas, Samaranch, Carlos Sentís, Salvador Millet i Bel, Josep Maria Figueras, Roca i Junyent, Pasqual Maragall… Y un Jordi Pujol que pasó de autonomista a sembrar la cizaña que haría crecer el independentismo: «Un nacionalismo reconvertido en populismo», concluye Carreras.

La falsaria etiqueta del «Espanya contra Catalunya».

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