Los delirantes recuerdos inéditos de Andrea Camilleri

Llegó Andrea Camilleri a Barcelona a recibir el Premio Carvalho en 2014 por respeto a su amigo Manuel Vázquez Montalbán pues para entonces ya no…

Llegó Andrea Camilleri a Barcelona a recibir el Premio Carvalho en 2014 por respeto a su amigo Manuel Vázquez Montalbán pues para entonces ya no viajaba. Acompañado de la troupe familiar fueron a celebrarlo después de la ceremonia a Casa Leopoldo, el restaurante preferido del escritor español. Y pidió paella. ¿Paella para cenar?, le comentó alguien. «Mire usted, he venido desde Italia con mi familia por Vázquez Montalbán, estoy muy mayor y eso es lo que me apetece».

Andrea Camilleri bautizó a su comisario Salvo Montalbano como homenaje y agradecimiento a su amigo porque su novela El pianista «me había sugerido la estructura definitiva de La ópera de Vigatà». No se vieron muchas veces, nueve o 10, pero no hacía falta: mantenían «una amistad siciliana, que es un arte difícil y está más hecha de silencios que de palabras».

Esto no aparece en el libro Ejercicios de memoria (Salamandra), una retahíla de anécdotas divertidas que mañana sale a la venta y que Andrea Camilleri (1925-2019) dictó, ya ciego, a punto de cumplir 91 años y después de haber publicado cien libros, pero da cuenta de quién fue aquel hombre.

Sí revela Camilleri cómo fue felicitado por un criminal de la mafia, Luciano Liggio, apodado la Primula Rossa (Pimpinela Escarlata) por cómo reflejó en una serie para la RAI, Un siciliano en Sicilia. El reconocimiento le llegó vía su avocatto pues el mafioso, que tuvo como ayudante nada menos que a Totò Riina, cumplía cadena perpetua en prisión. No llegó a buen puerto que Camilleri relatara las ‘bondades’ del mafioso para la RAI, ni que llegara a conocerlo entre rejas (que ese fue el propósito inicial) donde don Luciano recibía clases de filosofía. Por supuesto, el abogado del mafioso viajaba en un «automóvil que parecía sacado de una película de los años treinta, un Rolls-Royce blanco, enorme, de esos con la rueda de recambio a la vista, detrás del maletero». Se dice en ese capítulo que Camilleri «se encontró por casualidad en mitad de una matanza de la mafia» de la que por casualidad salió ileso. Asesinaron seis a seis personas.

Cuenta Andrea Camilleri que desde niño y hasta los 20 años durmió acunado por el rumor de la resaca nocturna que le llegaba desde el mar. Vivía entonces en Porto Empedocle, un pueblo de Sicilia de cuyo balanceo nunca pudo ni quiso desprenderse, hasta tal punto que cuando ya cumplidos los 70 (o con 69, según quién) empezó a publicar las desventuras del comisario Salvo Montalbano no tuvo más que tirar de memoria. Vigàta, donde fijó el punto de anclaje de las aventuras del investigador, es un trasunto de Porto Empedocle, aquel villorrio de Sicilia que entonces algunos viajaban en tren subidos en el techo de los vagones.

Conoció durante sus muchos años de oficio en el teatro y la televisión a muchos personajes, conocidos (Antonioni, Monica Vitti) o anónimos. Es el caso de un funambulista, un mago, una amaestradora de perros y una amazona, todos muertos por un ataque aéreo de la aviación inglesa en plena II Guerra Mundial. Sólo se salvó Marisa la amazona, que aquella noche dormía en los brazos de un médico aprovechando que su mujer veraneaba lejos. El mono fue adoptado por los vecinos. Uno de los números más celebrados por el público fue la «competición de pedos sumamente ruidosos» en la pista entre dos trabajadores del puerto bastante borrachos. Ganó el más joven: 31 ventosidades.

Aparecen también las ocurrencias del ingeniero Paolo Afflitto, quien en cierta ocasión entró en un comercio con un panecillo abierto, pidió un trozo de jabón (con ‘b’, no con ‘m’), lo untó sobre el pan y se lo zampó. O cómo, siendo estudiante de Filosofía y Letras en Palermo, viajó hasta allí en un camión que transportaba pescado y cerca ya de la ciudad siciliana se topó con un grupo de bandoleros. Era 1944 o 1945. «¿Qué pescado tenemos hoy?», preguntaron al conductor. «Llevo salmonetes, merluza y sargo». «Muy bien, denos una caja de salmonetes y una de merluza». Conductor y estudiante, colina arriba entre la lluvia, llevaron las cajas hasta una gruta donde el futuro escritor conoció a Fray Filippo, un fraile que sabía de Kant y sobre todo Hegel y que era lugarteniente de la banda de Giuliano, «una leyenda».

Y no se olvida Camilleri de cuando conoció en una fiesta literaria a Manoel de Oliveira, Lawrence Ferlinghetti, Daniel Chavarría (minero en Bélgica, lavaplatos en París, guía en el Museo del Prado,k refugiado en el Mato Grosso) e Ian McEwan. Ganó en esa velado nuestro escritor el premio Superflaiano, quien tendió la mano al finalista, McEwan: «No la aceptó, mi miró con frialdad, me dio la espalda y se alejó sin despedirse».

¿Por qué Andrea Camilleri buscó durante tres noches entre mendigos a un gato blanco con ‘calcetines’ rojos? ¿Quién era el que guardaba en el altillo de la cocina 200 pares de zapatos dentro de sus cajas? ¿Quién decidió no hablar jamás, fiando su comunicación con sólo un sobrino haciendo estallar petardos? ¿Quién era el tío Carmelo, el inspirador del comisario Montalbano? Las respuestas a estas preguntas, y otras delirantes historias, en Ejercicios de la memoria.


Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más

GastronomíaUn menú para comer como el comisario Montabalno en Madrid
CulturaAlicante salda su deuda con Agrasot
LiteraturaEduardo Mendoza: "El nacionalismo es un fuego artificial, no va a pesar en la historia de Cataluña"

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *