Los hermanos Quay, Felisberto Hernández y la poética del error

Cortázar atribuyó al uruguayo <strong>Felisberto Hernández</strong> la capacidad de enriquecer la realidad de tal modo "que no sólo contiene lo verificable sino que lo apuntala…

Cortázar atribuyó al uruguayo Felisberto Hernández la capacidad de enriquecer la realidad de tal modo «que no sólo contiene lo verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio». El escritor, que también fue pianista, narrador ingenuo y pertinaz retratista de sí mismo, pertenece a la extraña, reducida y sonámbula nómina de autores que interesan a los hermanos Stephen y Timothy Quay. Franz Kafka, Marcel Proust, Bruno Schulz, Robert Walser, Stanislaw Lem o Michel de Ghelderode son los otros exploradores de los márgenes que informan y conforman el universo de estos gemelos idénticos empeñados en dar no tanto con las leyes que informan la naturaleza como con todas y cada una de las excepciones de esas mismas leyes.

La Cineteca programa este mismo sábado como centro estelar del Festival Animario la particular reinterpretación (o sólo lectura atenta) que estos cineastas dobles proponen sobre ‘Las hortensias’, el más conocido de los textos de Felisberto siempre «en el lomo del misterio». El cortometraje es un encargo de Christopher Nolan, el director de ‘Tenet’, que en una cabriola más contra el tiempo pidió y hasta exigió a los creadores que trabajasen con celuloide de 35 mm. Es decir, hacia atrás, como el protagonista de su última superproducción. Y como tal, su programación en la Sala Plató de Matadero Madrid posee el valor del acontecimiento único. No exactamente irrepetible, pero casi. Lejos de la infinita reproducción digital, siempre idéntica a sí misma, los idénticos Quay proponen la renovada y extraña recuperación de ese aura perdida del que hablaba Benjamin en una proyección que sólo es y quiere ser paradoja: igual a cualquier otra proyección, pero esencialmente única, por irrecuperable.

Los hermanos Timothy Quay y Steffen Quay.
Los hermanos Timothy Quay y Steffen Quay.

La propia historia de ‘The Doll’s Breath’ (el aliento de la muñeca), así se llama la película de apenas 30 minutos, habla de duplicidades, pero de dobles que poseen la gracia de lo inaudito. Contra la réplica fraudulenta de lo mismo, la virtud ensimismada del ritual, siempre igual y, por definición, siempre diferente. La película hace pie en un relato que habla de la relación de un hombre y una muñeca; una muñeca que en su alterada alteridad de marioneta posee los vestigios de una vida ajena. Y quizá mucho más plena que la propia vida. El hombre descubrirá que el objeto de su deseo posee el don de otorgar un nuevo sentido a la realidad misma, un nuevo tipo de ensoñación capaz de sustituir y hasta engrandecer al propio amor carnal. «Una mañana él se dio cuenta de que María cantaba mientras vestía a Hortensia; y parecía una niña entretenida con una muñeca. Otra vez, él llegó a su casa al anochecer y encontró a María y a Hortensia sentadas a una mesa con un libro por delante; tuvo la impresión de que María enseñaba a leer a una hermana», se lee en ‘Las hortensias’ como testimonio de una vida que se anima en silencio de manera gradual y hasta desproporcionada.

Los Quay buscan dar con el sentido mismo de lo inaudito, de lo fortuito. En cada uno de sus trabajos desde mucho antes de la irrefutable ‘Street of Crocodiles’ (1986), indagan en todo aquello que no tiene lugar en el tiempo, persiguen los acontecimientos que llegaron demasiado tarde. La suya, como dicen en la breve entrevista que sirve de epílogo a la proyección del sábado, es una narración que desmonta el rigor siempre arbitrario de la misma narración. Su animación en ‘stop-motion’, tan deudora de los sueños de Jan Svankmajer como de las pesadillas de André Breton, no intenta reproducir la fluidez del movimiento sino su inevitable ruptura. Importa el milagro y el misterio; el estupor y la fiebre.

Cuentan los Quay que en una ocasión visitaron el taller de manufacturas de Tim Burton. Allí descubrieron cerca de 30 animadores peleando a brazo partido detrás de la perfección contra la posibilidad del más mínimo error. Ellos, en cambio, lo desean. Su trabajo se nutre de la esperanza de que una equivocación lo cambie todo. No deja de ser paradójico que la identidad de dos tipos genéticamente iguales se construya precisamente desde la certeza y virtud de la diferencia y del error. Ellos, como Deleuze mismo, reclaman para el cine la revolución de lo desemejante. Ya está bien de definir lo otro, lo distinto, como la negación de lo igual. En este nuevo tiempo digital todo es diferencia, simulacro, y, por tanto, la identidad no es más que un espejismo. De otro modo, el principio para conocer quiénes somos tiene que ser por fuerza lo disímil, lo cambiante, lo especial… el error.

Sus películas en consecuencia colocan al espectador ante un mundo nuevo y diminuto en el que cabe el universo entero. El infinito es definido por un leve movimiento de una muñeca que en su extrañeza desvela el origen y sentido del espacio y del tiempo; o del tiempo a través del espacio. Fue Leonora Carrington, nos recuerdan los Quay, la que propuso la sensación simultánea de mirar con un ojo por un microscopio y con el otro por un telescopio. Y, en efecto, es ahí, en ese espacio indefinido que se esconde detrás de la realidad, donde habita un cine construido en el lomo del misterio. Felisberto, los Quay y una proyección inquietantemente milagrosa.

Imagen de 'Street of Crocodiles'
Imagen de 'Street of Crocodiles'

Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más

Festival de San SebastiánViggo Mortensen: "Vivimos una primavera negra de políticos que juegan a ser a la vez pirómanos y bomberos"
CineDisney añade nuevas advertencias de racismo al comienzo de películas como 'Dumbo', 'Peter Pan' o 'El libro de la Selva'
Festival de San SebastiánViggo Mortensen completa con 'Falling' el debut más anárquico, enfurecido y hasta genial

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *