Los mandamientos de un torero del siglo XIX visitado por la realeza: santificar la Fiesta y no desear a la cupletista de tu prójimo

Salvador Sánchez Povedano «Frascuelo» – ABC

Los mandamientos de un torero del siglo XIX visitado por la realeza: santificar la Fiesta y no desear a la cupletista de tu prójimo

La acusada personalidad de Frascuelo se refleja en su peculiar decálogo taurino, en el que pide no «amolar» a toros ni espectadores

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Su rivalidad con Lagartijo siempre estuvo presente entre la afición. Se llamaba Salvador Sánchez Povedano y se anunciaba como Frascuelo en los carteles. Huérfano de padre desde los once años, había nacido en la localidad granadina de Churriana de la Vega en diciembre de 1842. Tras la muerte de su progenitor, viajó con su madre a Madrid, donde hizo sus primeros pinitos en el toreo: su capea número uno fue en 1860 en Móstoles y, dos años más tarde, actuó de banderillero en la cuadrilla del Hurón en Robledo de Chavela.

Tras participar gratis en un festejo organizado por Cúchares a favor de la viuda del picador El Coriano y tomar la alternativa en 1867 con el toro «Señorito», de Bañuelos, pronto elogiaron su valentía los públicos, que se dividían entre Frascuelo, Lagartijo y, en parte, El Tato, aunque a este último tuvieron que amputarle una pierna y esa competencia terminó pronto. «Pero con Lagartijo fue muy duradera -señala «El libro de la Tauromaquia», de José María Esteban-, duró casi toda su vida profesional y se desarrolló fundamentalmente en Madrid donde, incluso, alternaron en la última corrida de una plaza, la de la Puerta de Alcalá, y en la primera de la nueva, y sus hazañas alcanzaban caracteres de leyenda. La afición estaba dividida, un punto más a favor de Lagartijo, pues no yendo a la zaga de Frascuelo en valor, tanto su técnica como su arte rayaban algo más alto».

De poder a poder

Frascuelo tuvo sonados triunfos, como su temeraria faena un septiembre madrileño, y también alguna bronca, como en una miurada de mayo en la Corrida de Beneficencia. No faltó la dureza del percance, como el que sufrió en 1877 con el toro «Guindalero». En los anales queda su encerrona con seis toros de Veragua el 26 de mayo de 1887. «Insuperable», dice El Cossío. Y en su inventario biográfico de matadores se hace alusión a su «toreo impávido», «valor ostentoso y desgarrado» y «amor propio verdaderamente heroico». En el recuerdo, sus quites «de poder a poder».

Tras su retirada en 1890, se instaló en su finca de Torrelodones. Cuentan que miembros de la realeza, como Infanta Isabel «La Chata», con quien le unía una amistad, ordenaban parar el tren a su paso por el pueblo para saludarle. Hasta Chulalongkorn, primer rey tailandés en visitar el continente europeo, quiso saludar al torero y luego acudiría a una corrida. En las cartas sobre su viaje expresaría luego que lo «más divertido» fue ir a los toros, «un espectáculo arriesgado y conmovedor». Hombre generoso, Frascuelo tuvo amigos por todo el mundo.

Murió en la madrileña calle del Arenal en 1894. Cuentan que contrajo una pulmonía después de un tentadero en el que se preparaba para torear una corrida para recaudar fondos por la guerra de Cuba. Rafael Molina «Lagartijo», su eterno rival, fue el primero en coger un tren para acudir al entierro. Y la calle del Arenal se llenó de partidarios. Dicen que se colapsó la Puerta del Sol para despedir a un torero irrepetible.

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