Los premios Nobel empiezan a recibir los galardones en sus países de residencia

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La premio Nobel de Literatura Louise Glück ensalzó ayer, desgranando recuerdos de su infancia, «la voz íntima y privada» del poeta que hace del lector un oyente elegido, ante la de aquellos que se hablan a sí mismos, informa Efe. En un año de celebración de los Nobel trastocada por la pandemia del Covid-19, Glück (Nueva York, 1943) no hizo la lectura de aceptación del galardón en directo, sino que fue publicada en la página web de los Nobel. Un texto en el que habla de su forma de entender la poesía, de la relación entre autor y lector, y lo hace a través de sus recuerdos de infancia y adolescencia, evocando a William Blake, Stephen Foster, Emily Dickinson o las canciones de las obras de William Shakespeare.

La Academia Sueca concedió este año el Nobel a Glück por «su inconfundible voz poética que, con una belleza austera, convierte la existencia individual en universal». Un premio con el que, según la autora, la Academia elige «honrar la voz íntima y privada, que la expresión pública puede a veces aumentar o extender, pero nunca reemplazar». Glück, poco conocida por el gran público pero muy apreciada en el mundo literario, recuerda que cuando supo que había ganado el Nobel de Literatura, fue «una sorpresa» para ella sentir cierto tipo pánico: «La luz era demasiado brillante. La escala demasiado grande». Aunque quienes escriben «supuestamente desean llegar a muchas personas», algunos poetas no lo ven en términos espaciales, «como en un auditorio lleno», sino «de forma consecutiva, muchos a lo largo del tiempo, hacia el futuro, pero de alguna manera profunda estos lectores siempre llegan de forma individual, uno a uno».

Por ello, la catedrática de la Universidad de Yale siempre se ha sentido atraída por los poemas de «selección íntima o complicidad, poemas en los que el oyente o el lector hace una contribución esencial, como destinatario de una confidencia o una protesta, en ocasiones como co-conspirador». La lectura de Glück comienza con sus recuerdos infantiles en casa de su abuela, cuando, con cinco o seis años, hizo en su mente un concurso para decidir «el poema más grande del mundo», lo que le parecía «el mayor de los más altos honores». Un concurso con dos finalistas, «El pequeño niño negro», de William Blake, y la canción «Swanee River» de Stephen Foster, que recitaba y cantaba en su cabeza.

Juana de Arco y Marie Curie

Ese tipo de competiciones le parecían «algo natural», pues los mitos, que fueron sus primeras lecturas, «estaban llenos de ellas». Esa fue también la forma en que ella y su hermana fueron educadas «para salvar a Francia (Juana de Arco), para descubrir el radio (Marie Curie)», aunque fue más tarde cuando empezó «a entender los peligros y limitaciones del pensamiento jerárquico». Blake fue el ganador de aquel concurso y, aunque sabía que estaba muerto, Glück sentía que seguía vivo, pues «podía oír su voz» hablándole «especialmente» a ella. «Me sentía elegida, privilegiada», mientras ella, a su vez, aspiraba a hablar con Blake, «a quien, junto con Shakespeare, ya estaba hablando». Con los años, fue consciente de lo similares que eran los textos de Blake y Foster y que se sentía atraída por ellos, «entonces como ahora, por la solitaria voz humana, elevada en lamento o como anhelo».

La autora reconoce que a medida que crecía, los poetas a los que regresaba eran aquellos en cuyas obras ella tenía, «como oyente elegida, un papel crucial. Íntimo, seductor, con frecuencia furtivo o clandestino. No poetas de estadio. No poetas hablando con ellos mismos». Glück recuerda que fue en su adolescencia cuando leyó con más pasión a Emily Dickinson, «cuando ya había pasado la hora de ir a la cama». Dickinson «me había hablado a mí, o me había reconocido, mientras estaba sentada en el sofá. Éramos una élite, compañeras en invisibilidad, un hecho solo conocido por nosotras, que cada una corroboraba a la otra. En el mundo, nosotras éramos nadie».

Entrega escalonada y en sus respectivos países

Emmanuelle Charpentier recibió el Nobel de Química en la residencia del embajador sueco en Berlín
Emmanuelle Charpentier recibió el Nobel de Química en la residencia del embajador sueco en Berlín – EFE

El Covid-19 ha acabado este año con las tradicionales ceremonias de entrega de los Nobel en Estocolmo y Oslo el 10 de diciembre, y los premiados han comenzado a recibir sus galardones en sus países de residencia, comenzando por la estadounidense Louise Glück (Literatura) y la francesa Emmanuelle Charpentier (Química). Según el programa de la Fundación Nobel, esta última, co-ganadora del premio de Química, debía ser la primera en recibir su medalla y su diploma ayer a primera hora de la tarde de manos del embajador sueco en Berlín, donde vive y trabaja. Pero finalmente la primera en recibirlo fue la poeta Louise Glück, el domingo en su casa de Massachusetts. Hoy lo recibirán Roger Penrose y Reinhard Genzel (Física), en Londres y Múnich, respectivamente. Al otro lado del Atlántico, Harvey Alter y Charles Rice (Medicina), en Washington y en Nueva York;, Paul Milgrom y Robert Wilson (Economía) en Palo Alto y Jennifer Doudna (Química) en California. Andrea Ghez (Física) recibirá su medalla y su diploma mañana en Los Ángeles. El británico Michael Houghton (Medicina), que vive en Canadá, también recibirá su premio en su casa en una fecha no especificada por la Fundación Nobel.

El Nobel de la Paz será entregado el jueves en Roma al director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) David Beasley, durante una ceremonia retransmitida online desde Oslo y la capital italiana, donde tiene su sede el organismo de la ONU. En Estocolmo, el jueves por la tarde tendrá lugar en el Ayuntamiento una ceremonia sin público que incluirá un concierto e imágenes de la ceremonia de entrega de premios. En la capital sueca, la ausencia de todos los galardonados el 10 de diciembre no tiene precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. En Oslo, debemos remontarnos a 1976.

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