Los Rodríguez, soldados en la misma trinchera del rock

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Al terminar las más de trescientas páginas del libro, de lectura ágil pese a la multiplicidad de voces y perspectivas, queda un poso agridulce. Sobran los motivos. Hay épica, hay esfuerzo colectivo, hay drama, hay éxito y algo de comedia. Es la historia oral de Los Rodríquez, donde nos topamos con un proceso contado al ralentí por sus protagonistas, Ariel Rot, Andrés Calamaro y Germán Vilella. El otro espada, homenajeado en el título, es el guitarrista Julián Infante, cuya voz no puede aparecer porque falleció en diciembre del año 2000. De igual modo que otro miembro importante, Guille Martín.

Este hueco en la oralidad queda solventado en parte con los recuerdos de los miembros vivos. Será la bailarina Virginia Díez, de Malevaje y pareja de Julián, quien se haga cargo de contar su vida con el primero, y Fernando Martín, de narrar de la mano de su hermano Guille. La estructura es cronológica y muy colorista, al intervenir en el relato mánager, fotógrafos, periodistas, representantes y nombres del entramado discográfico, así como otros músicos que, o bien formaron parte de la formación, o bien tocaron con ellos.

Hay una pequeña «escena» en Madrid a principios de los noventa, el aliento conjunto de unos músicos que tienen pasión por el rock y que hacen la misma ruta de bares, locales de ensayo y salas de conciertos. A quienes vivieron aquellos días, de «desayunar» en El Palentino de la calle del Pez, ir al Agapo, el Ya’sta, visitar Tablada 25, noctívagos por las cuevas del Ambigú o perdidos en la pista de El Sol, esta singular epopeya que en riada van contando los diferentes actores resulta de una deslumbrante viveza.

«Sol y sombra. Los Rodríguez» (Bao Bilbao Ediciones, 2020), de Kike Turrón y Kike Babas, cuenta con el testimonio de los protagonistas y de aquellos que los frecuentaron
«Sol y sombra. Los Rodríguez» (Bao Bilbao Ediciones, 2020), de Kike Turrón y Kike Babas, cuenta con el testimonio de los protagonistas y de aquellos que los frecuentaron

Aunque en esta historia y, pese a que la semilla nace de Germán y de Julián, el hilo rojo es la progresión de Andrés Calamaro, desde su llegada a Madrid, ya con carrera en Argentina con los Abuelos de la Nada, pero siendo acá casi un total desconocido, como en general el rico legado del rock argentino de Charly García o Spinetta. Ariel y Julián provenían de Tequila y esta iba a ser una «segunda navegación», un camino más tortuoso de lo esperado, en gran parte porque el rock en castellano había caído hasta el punto de desarrollarse en el underground. El periplo de Los Rodríguez es una odisea con final feliz, a tenor de los 800.000 discos vendidos en 1996 de Hasta luego con portada de nuevo brillante de Óscar Mariné, una cifra hoy imposible. Como dice Andrés en las primeras páginas, todo comienza con unos artistas «entre las espadas y las paredes», en un punto de inflexión. Aun cuando el nombre de Ariel Rot pudiera pensar en oropeles, la casa de General Martínez Campos, centro de operaciones, de techos altísimos y enormes salones con espejos, a la que llamaban «El Rancho», era un alquiler de renta antigua que acabaron perdiendo.

El batería, Germán, a veces dormía literalmente en un banco. Y Andrés es acogido por Ariel, viniendo ambos de Buenos Aires con la promesa de un contrato que en realidad se había inventado Julián, pero que no existía. La química de los músicos y la voluntad de crear un auténtico grupo de rock es emocionante, superando mil dificultades, viviendo al día, alimentándose a veces de los cacahuetes del bar de los locales de ensayo, en Tablada 25.

Ahí anda Gabinete Caligari, y Andrés, que lo admira, se hace muy amigo de Jaime Urrutia, en su afición compartida por los toros. También Coque Malla y los Ronaldos. El bajista, además, tiene con Diego Manrique un estrambótico local abierto hasta la madrugada, el Ambigú, donde les invitan a las copas. Para los partidos del Real Madrid, Andrés cultiva la amistad con Valdano, por lo que consigue buenos asientos. Andrés llega con inteligente humildad, dejando que Ariel tome las riendas del grupo. A base de trabajo diario, muchas horas de ensayo, van configurando un repertorio de canciones que lo mismo maman del rock de los Stones que de aires latinos, donde todos aportan su personalidad.

El contrato llega enseguida y graban su primer disco, Buena Suerte, gracias al olfato de Paco Martín, para su disquera entonces Pasión, después de haber liquidado Twins. Antonio Flores los lleva a lugares chic, como Archie, y a los tablaos flamencos. Viven la noche y ensayan sin parar durante el día. Se van haciendo un nombre. La sala Al Lab, en su parte de abajo, cuenta con la programación de Ángel Altolaguirre. Allí tocan Lyons in Love, con Poch de Derribos Arias, los Fabulosos Cadillacs, y aparecen nuevos grupos, como Los Toreros Muertos.

La banda y los autores del libro – EP

Es un momento de crisis bestial en Argentina, y muchos profesionales vienen a probar suerte en España. Fito Páez tiene allá un clamoroso éxito con El amor después del amor. Andrés se instala en Malasaña con su novia, Mónica, hermana de Mar, la mujer de Ariel. Los lazos son tan estrechos entre los músicos que se diría miembros de una hermandad. Están convencidos de su potencial. Pero el éxito no llega, aunque hacen conciertos y Maradona les echa un capote proclamando su condición de fan número uno desde la megafonía del Sevilla.

Será Alfonso Pérez quien confíe en ellos para dar el salto a una multinacional, donde publican el segundo disco, Sin documentos. A partir de ahí todo fue hacia arriba, aunque en un camino no siempre bien asfaltado. Está la cuestión de los porcentajes, por la que hoy Andrés pide perdón, el deterioro de Julián, la grabación con Joe Blaney en El Cortijo, aquellos idílicos estudios de la Sierra malagueña de Ronda, la colaboración de Coque Malla, Sabina y Raimundo Amador en Palabras más, palabras menos, hasta la gira final con Sabina, ya con el grupo en plan equilibrista.

Pero en el maelstrom de la carretera, las furgonetas, los aviones, las giras transoceánicas, los ensayos, las grabaciones, apenas les da tiempo de saborear su bien ganado éxito creciente. Ha sido todo muy rápido. En 1993 los vemos tocando en la cárcel de Carabanchel con Manolo Tena para los reclusos y, solo tres años después, el 4 de septiembre de 1996, realizan el famoso concierto en las Ventas. Andrés Calamaro está componiendo las canciones de su siguiente disco, Alta suciedad, que se grabará en febrero de 1997. Pero este nuevo trampolín coincidirá con el fin de Los Rodríguez, que verán sus grandes éxitos subir como la espuma desde la barrera.

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