Los últimos maestros del vitral

Hay oficios más frágiles y delicados que el cristal, y el de los vidrieros lo es desde un principio y en todos los sentidos sin necesidad de forzar la metáfora.

A finales del siglo XIII, los artesanos del vidrio de Venecia fueron confinados en la isla de Murano bajo duros castigos y hasta pena capital para quienes se saltara la prohibición de salir de allí o revelar los secretos de la fabricación y modelado de aquel prodigioso material. Ya entonces este quehacer se veía afectado por la venta de información y la fuga de cerebros de sus artífices hacia países donde pagaban más por su saber. La necesidad de proteger del robo industrial las recetas de los esmaltes y composiciones del vidrio de Murano dieron lugar a los célebres servicios de inteligencia y contrainteligencia venecianos, los más desarrollados y efectivos de la Baja Edad Media y la Edad Moderna. El dominio del cristal proporcionaba prestigio y dinero. Tenía un enorme valor estratégico.

Aunque la formación de vidrieros ha avanzado, los profesionales piden mayor atención al gremio y unos estudios superiores más completos

El vidrio se hizo arte. A lo largo de todo el gótico y en paralelo al desarrollo que la pujante industria vivió desde el siglo XIII, ascendió a los muros de las catedrales y de algunos palacios. La magia de la luz filtrada en figuras de color que podían representar cualquier escena de la Biblia permitía contar las historias de Jesucristo y de los santos –en su hogar natural de los templos– con una eficacia comparable a la de los actuales medios audiovisuales. No en vano la Iglesia católica impuso y por supuesto se adjudicó el monopolio de los vitrales, que durante largo tiempo sólo permitió instalar en sus edificios y en los palacios de algunos nobles adeptos y con poder.

Obra de Piris en el club de Tenis de Santander
Obra de Piris en el club de Tenis de Santander (Esteban Cobo)

Hoy, los profesionales que conservan o restauran vitrales antiguos y construyen otros nuevos –lo que por cierto hacen con una técnica casi idéntica a la de los primeros tiempos– afrontan peligros diversos que en el caso de España no excluyen la práctica extinción del oficio tal como se viene practicando desde hace siglos. Alfredo Piris Pereda, santanderino con 45 años de experiencia y uno de los “quince o menos” maestros vidrieros de su generación, así lo atestigua y lo lamenta desde su taller de Pámanes, en Cantabria. Los vitralistas, dice, “pueden desaparecer aquí como no se tomen determinaciones serias”. Y lo que ya es un hecho, según él y muchos de sus colegas, es el grave riesgo de pérdida y deterioro patrimonial debido a la triste paradoja de que estemos en “uno de los territorios donde más vitrales de gran valor existen pero también en uno de los países donde menos medios se ponen para protegerlos”.

Fabricar o restaurar un vitral no es en realidad un oficio; son siete. Hay que diseñar un boceto, confeccionar un cartón con el mapa de la obra, cortar el vidrio, pintarlo pieza a pieza, cocerlo una y otra vez para imprimir los colores, realizar la emplomadura y, por fin, montar e instalar la vidriera. De antiguo, los ahora desaparecidos talleres o empresas que hacían o reparaban estas creaciones repartían el trabajo a base de encargos individualizados a cada uno de los distintos artesanos. “Era la forma de evitar que alguien conociera todas las partes del trabajo y pudiera establecerse por su cuenta y convertirse en competencia”, explica Piris. Pero hoy, por la evolución de los oficios y los precios de los materiales, entre otros motivos, “el vidriero tiene que hacerlo todo”.

Cuadro de vidrio basado en una de las geometrías de Escher
Cuadro de vidrio basado en una de las geometrías de Escher (Esteban Cobo)

Así que, de entrada, estamos hablando de una dedicación muy compleja que requiere el dominio de destrezas muy dispares, unas artesanales o artísticas y otras mecánicas. Hay que saber dibujar, emplomar, calcular pesos y equilibrios, hacer mezclas delicadas, cortar vidrio y, lo más difícil de todo, pintar bien. Para este vidriero de Santander, formado principalmente en Chartres, lo más difícil de hacer un vitral es “saber hasta dónde llegar sin pasarse” desde el punto de vista estético. Pues de unos años a esta parte “están saliendo buenos vidrieros pero en muchos casos recargan las obras o se ponen un poco horteras”. Con el agravante de que el resultado “queda ahí para toda la vida y bien visible”, no es un error que pueda esconderse o disimularse.

La historia de los vitrales va lógicamente en paralelo a la de la pintura, la escultura y otras artes, pero no ha tenido exactamente la misma continuidad. En el Barroco, la confección de vidrieras historiadas como las que se hicieron en la Edad Media y hasta el manierismo “casi desapareció”, destaca el artesano segoviano Alfonso Muñoz Ruiz, miembro del clan familiar de la empresa local de vidrieras artísticas Vetraria. En ese periodo de vacío –añade–, el conocimiento y transmisión de los procedimientos y el uso de materiales se perdieron.

Alfredo Piris junto a otra de sus obras, en su taller de Pámanes (Cantabria)
Alfredo Piris junto a otra de sus obras, en su taller de Pámanes (Cantabria) (Esteban Cobo)

El oficio resurgió en el siglo XIX, en parte gracias al mayor reconocimiento y la recuperación de las artes medievales –con las recreaciones neogóticas de la catedral de León como exponente más claro– y a un renacimiento de los vitrales de la mano del eclecticismo arquitectónico, el modernismo, el Art Nouveau y Art Déco. Tales movimientos introdujeron las vidrieras en el mundo cotidiano y profano; en viviendas, restaurantes y espacios públicos diversos; una tendencia que se mantendría en el siglo XX, aunque con interrupciones, y en lo que va del XXI.

Las guerras mundiales y la irrupción de nuevas corrientes arquitectónicas como el racionalismo hicieron, no obstante, que las vidrieras dejaran de tener “un campo claro”, sostiene Alfonso Muñoz. Su padre y fundador de la empresa familiar Vetraria, Carlos Muñoz de Pablos, defiende la separación entre vidriera y arquitectura como fórmula para apuntalar el futuro del gremio. Se trata de construir piezas artísticas y decorativas en paneles autónomos, como obras por sí solas y no como elementos de un edificio. En esa misma estrategia está el cántabro Alfredo Piris.

Otro de los vitrales de Piris en el club de Tenis de Santander
Otro de los vitrales de Piris en el club de Tenis de Santander (Esteban Cobo)

En su caso, y aunque gran parte de su producción está orientada a la confección y reparación de distintos tipos de vidriera arquitectónica, la elaboración de piezas separadas ocupa una parte cada vez más importante de su trabajo. Y así, junto a las obras que podemos ver con su firma en lugares emblemáticos de Santander como la Sociedad del Tenis, el Club Marítimo (diseños propios), el Palacio de la Magdalena (reproducciones de elementos destruidos) o el Palacio de los Pardo, residencia de la familia Botín hasta el 2006 (con diseño de Juan Uslé), él nos enseña también, en su taller de Pámanes, una luna con dibujo geométrico de Escher a modo de cuadro en vidrio y una especie de biombo que es un tríptico de vitrales con figuras de mujeres africanas portando cestas sobre sus cabezas.

“Lo difícil de hacer un vitral es saber hasta dónde llegar sin pasarse ni recargar, porque eso queda ahí para toda la vida”

Pero la supervivencia de este arte, sea para fabricar elementos arquitectónicos o autónomos e incluyendo las técnicas de restauración de vitrales históricos, topa con todos los obstáculos ya indicados y alguno más. A la falta de continuidad histórica del oficio y la práctica inexistencia de un legado con indicaciones precisas sobre los métodos y trucos empleados en las vidrieras antiguas se suman problemas actuales y resolubles pero por ahora pendientes de solución: la falta de estudios superiores especializados, completos y reconocidos para futuros vitralistas; la poca o nula atención política al asunto, y, en consecuencia, la escasez e insuficiente reemplazo de profesionales del gremio y la carencia de fábricas especializadas, de modo que para conseguir determinadas piezas y materiales hay que recurrir a factorías en Alemania y Francia.

La Real Fábrica de Cristales de La Granja, en Segovia, ofrece un grado en Artes Plásticas, especialidad Vidrio, “equivalente al título universitario de Licenciado o Grado”, según su información oficial. Y la Escuela de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de León acoge un ciclo formativo de Vidriera Artística. Pero, con la vista puesta ante todo en la preservación del ingente patrimonio de vitrales, los profesionales piden más. La entidad más renombrada del sector, Asociación para la Restauración y Conservación de Vidrieras de España, Arcove, tiene entre sus principales objetivos “promover la creación de estudios superiores homologados en este campo y lograr el reconocimiento profesional de este colectivo”.

Otra pieza de  Alfredo Piris
Otra pieza de Alfredo Piris (Esteban Cobo)

Alfredo Piris, que ha tenido su propia escuela y participado en cursillos con el INEM, “interrumpidos por cambios políticos en las instituciones”, defiende a muerte el aprendizaje tradicional, que “en España se ha perdido mientras en Francia y otros países se sigue cultivando”. Y sostiene que “el buen vidriero es el que empieza barriendo el taller de un buen maestro y moliendo las grisallas”.

Grisallas son los pigmentos de óxidos metálicos y fundentes que se emplean para colorear y vitrificar el cristal. Piris lo explica con paciencia durante un imposible curso acelerado sobre las sucesivas etapas de la fabricación de un vitral: la confección del cartón que guiará la construcción del vitral mediante una especie de puzle con los modelos de cada pieza en papel y a tamaño natural; la fabricación de los elementos de vidrio y su corte con rulinas de diamante; el pintado con grisallas y con el llamado amarillo de plata (a base de nitratos o cloruro de plata); el encaje de las piezas sobre el cartón, con la separación para las juntas de plomo y en paños de no más de un metro, la fijación con masilla y, en su caso, el montaje de la vidriera en el cerramiento correspondiente.

El vidriero cántabro, ante una de sus piezas
El vidriero cántabro, ante una de sus piezas (Esteban Cobo)

Todo ese proceso puede aprenderse en la teoría, así como en las prácticas que da tiempo a realizar en una escuela. Pero, para empezar, los candidatos a estos estudios “no sobran”. Y luego, “para alguien que sale de una escuela, resulta difícil montar un negocio propio sin unirse con otros, por ejemplo en cooperativa”. Porque aquí la experiencia, y no poca, no es sólo un grado sino el principal requisito. “De ahí la importancia de que los vidrieros de mi generación y siguientes tengan la posibilidad de transmitir a los nuevos vidrieros sus trucos, composiciones y formas de trabajo”, añade el santanderino.

Al final, y como suele ocurrir siempre en España con la cultura en general, todo conduce al problema de sensibilidad de los dirigentes en relación con el cuidado del patrimonio y la protección de los oficios en peligro de extinción. “Aquí hay mucho jaleo con las políticas de conservación, y luego pasa lo que pasa”, dice Piris. Y recuerda lo que ocurrió “hace unos cuantos años, aunque podría ser ahora”, cuando el entonces príncipe Felipe fue a visitar el Palacio del Marqués de Comillas o de Sobrellano. “Las vidrieras se caían a pedazos desde hacía ni se sabe cuánto tiempo”. Así que la autoridad anfitriona le encargó a él que reparase los vitrales a toda prisa. “En sólo dos meses había que hacer lo que normalmente lleva al menos un año. Y se hizo lo que se pudo” Lo más irónico es que, después de tanta penalidad y precipitación, el hoy Rey de España ni siquiera acudió a la cita.

Santander, en otra obra del vidriero de esta ciudad
Santander, en otra obra del vidriero de esta ciudad (Esteban Cobo)

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