“Los vampiros salen de su ataúd o de su cripta cuando ya se ha puesto el sol con el fin de escudriñar a los humanos, mezclarse con ellos, hipnotizarlos, morderlos, chuparles la sangre y convertirlos en vampiros a su vez, Unas víctimas humanas que conocen mejor que nada: no se nace vampiro, sino que uno se convierte en uno de ellos, y todos los vampiros fueron, algún día, hombres y mujeres”. Lo apunta Matthieu Orléan, asesor de La Cinémathèque Française, y es bueno recordarlo cuando uno se adentra en Vampiros. La evolución del mito, una exposición habitada por esos seres de pesadilla que, en su búsqueda de la eterna juventud, han ido atravesando décadas y culturas reflejándose en su propio tiempo. De seductores aristócratas a espías comunistas, capitalistas corruptos, gurús fuera de la ley o drogadictos de bajos fondos.

(Ana Jiménez)

Vampiros. La evolución del mito, organizada junto a la Cinémathèque Française, en cuya sede de París se presentó hace un año, llega a CaixaForum Barcelona tras su paso por Madrid, donde quedó confinada durante los primeros meses de la pandemia. Se trata de la mayor exposición realizada nunca en torno al mito: 310 piezas procedentes de una treintena de museos, desde grabados de Goya (“parece que el hombre nace y vive para ser chupado”, escribe en uno de sus Caprichos) a cuadros de Basquiat o el vestido rojo usado por Gary Oldman para el Drácula de Coppola, la careta y los guantes con los que Klaus Kinski se transformó en el Nosferatu de Werner Herzog y un pequeño dibujo de Tim Burton para Sombras tenebrosas, además de fragmentos de más de 60 películas y series.

(Ana Jiménez)

Para Matthieu Orléan, que es también el comisario de la muestra, “la sociedad usa los vampiros para proyectar sus temores”. Desde su entrada en la modernidad con Drácula, novela del irlandés Bram Stoker publicada en 1897, y del terrorífico desembarco del Nosferatu de Murnau en el cine (1922) con sus ataúdes cargados de ratas, el vampiro ha pasado de ser un noble rumano anclado en las viejas tradiciones feudales a personajes positivos y con los que resulta fácil empatizar, como Adán y Eva, los protagonistas de Solo los amantes sobreviven (2013), de Jim Jarmusch, una pareja de amantes sumidos en el tedio de la eternidad en medio de las ruinas de la industria del automóvil de Detroit. “El vampirismo ha cambiado y ahora ya no es el otro, aquél que nos da miedo, sino que todos podemos sentirnos identificados”, observa Orléan.

(Ana Jiménez)

La exposición presta también atención a las magnéticas y erotizadas vampiresas que dieron nombre a las vamp holywoodienses, a la manera cómo ha servido para hablar de la droga y enfermedades como el sida en películas como The Addiction (1995), de Abel Ferrara. De su entrada en la política, con carteles de Nixon y Margaret Thatcher enseñando los colmillos, para acabar en esa otra reencarnación, la del vampiro pop, omnipresente desde el cómic a Barrio Sésamo.

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