Lucas Vidal: «Nunca me interesaron las fiestas de Hollywood, las veía muy oscuras»

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«Desde que crucé el charco, mi actividad ha sido frenética», comentaba Lucas Vidal (Madrid, 1984) en su última entrevista con ABC hace tres años. No parece que haya cambiado, ni tan siquiera en tiempos de pandemia. La llamada le sorprende en la carretera, mientras conduce tranquilamente hacia Asturias: «Me voy de vacaciones a una casa rural perdida en una pequeña aldea cerca de Llanes, Parra, pero en el fondo voy a currar. ¡Tengo un huevo de trabajo!», exclama.

Sin darse cuenta comienza a repasar en alto su agenda, como si eso le ayudara a aliviar la carga: «Acabo de terminar una serie protagonizada por Carmen Maura. Estoy terminando otra con Luis Tosar y mezclando una más basada en la novela de Julia Navarro, «Dime quién soy». He empezado a componer la música del nuevo proyecto de Manolo Caro y de otra película de acción para Netflix de Daniel Benmayor. Tengo que escribir la música para un peliculón de Marcel Barrena y, también, para una comedia con Quim Gutiérrez y Carmen Machi de protagonistas. Y las temporadas cuatro y cinco de «Élite». Vamos, que estoy hasta arriba, macho. ¡Ah, y un ballet!».

«Karma», el primer disco de Lucas Vidal
«Karma», el primer disco de Lucas Vidal – ABC

La lista abruma, pero así ha sido su vida desde que se instaló en Los Ángeles hace una década y fue bautizado como el «niño prodigio» de Hollywood. En 2013 se convirtió en el compositor más joven de la historia en firmar la banda sonora de una de sus superproducciones: «Fast and Furious 6». Y al poco tiempo ya sumaba 20 filmes, colaboraba con Bruce Willis o Sigourney Weaver, tenía una empresa que ponía música a los tráileres de títulos como «Interstellar», «La guerra de las galaxias» o «Los Juegos del Hambre» y había ganado dos Goyas y un Emmy.

«Después de los premios en 2016, decidí rechazar todos los proyectos de cine que me llegaban para centrarme en buscar un sonido propio que uniera la música electrónica y la orquesta clásica. El año había sido muy bueno para mí, pero soy un culo inquieto y me preocupaba que, siendo tan joven, acabara haciendo una película tras otra sin tener tiempo para experimentar. Al final paré dos años», recuerda Vidal, cuya viaje solitario dio como resultado su primer disco: «Karma» (Universal).

¿En serio lo rechazó todo?

Sí, todo. Muchas noches me levantaba sobresaltado con pesadillas, pensando si hacía lo correcto o no. Fue una decisión difícil. Había soñado con poner música a películas interesantes desde que empecé a estudiar en el Berklee College of Music de Boston con 18 años y, al llegar a meta, voy y hago lo contrario.

¿Se lamentó a la postre por alguno de los proyectos?

Pues tuve la oportunidad de trabajar con directores muy buenos, tanto americanos como españoles, pero no. Y eso que una de las películas estaba protagonizada por una de las grandes estrellas de Hollywood.

¿Quién?

No lo puedo decir… Pero aunque haya perdido el contacto con esos directores, la búsqueda de ese sonido me ha dado un bagaje que no tiene precio.

¿En qué sentido?

Me siento más cómodo y creativo. Desde que volví al cine hace un año, he hecho ya cuatro películas y otras tantas series. El parón me ayudó mucho, he vuelto con otra visión.

¿Trabajó obsesivamente en esa búsqueda aunque no compusiera bandas sonoras?

Sí, sí, muchas horas al día. Era como un alquimista, leyendo tutoriales, buscando sonidos y probando cosas. Ese tiempo ha significado un salto cualitativo en mi carrera. No he estado tranquilo, no es mi estilo. Mi trabajo me obsesiona y me levantaba temprano. ¡Me encanta! Estar un mes desconectado de la música es inviable para mí, sinceramente.

¿Había ganado tanto dinero como para poder permitirse estar dos años sin trabajar?

[Risas] Sí… sí que podía.

No hay muchos compositores que puedan permitírselo.

Bueno… sí, ya. Podemos decirlo de otra manera: yo empecé muy joven. Hice mi primera película a los 20 años y llevo más de 25. Tuve suerte en ese sentido, aunque también cometí muchos errores al empezar tan joven. Por un tiempo, me habría encantado trabajar con compositores más experimentados y no yo solo.

¿A quién habría escogido?

¡Uf! Un poco de muchos. Por ejemplo, Alan Silvestri, John Powell y Alexandre Desplat.

Es curioso que no elija a Ennio Morricone o John Williams.

Es cierto. Tiro hacia compositores que han hecho cosas más contemporáneas.

Pero usted viene de la música clásica…

Sí, fue mi base. Mis héroes procedían de ahí. Yo jugaba a Lego oyendo a Vivaldi o Wagner, pero con 15 años empecé a escuchar música electrónica y a grabarme cintas con un estilo por cada cara. Al ducharme, saltaba de Mozart al techno.

¿Cuáles son sus referentes en la electrónica?

Olafur Arnals es mi mayor influencia. También Max Richter o Jóhann Jóhannsson, que no son deejays, pero hicieron también cosas en el cine. Nils Frahm tiene una sensibilidad especial y me encanta. Y podría añadir a Hans Zimmer, con el que estuve apunto de colaborar.

¿Por qué dejó Hollywood y regresó a España hace un año?

Porque empecé a tener muchos proyectos aquí y España vive un momento de oro en el cine. Hay gente con mucho nivel ahora. No creo que las series o el cine de Hollywood lo superen, así que profesionalmente tenía sentido regresar. Además, con mi portátil puedo trabajar donde sea…

¿Cree de verdad que estamos al nivel de Estados Unidos?

Sí. En España nos hemos quitado ese complejo de que nuestras películas estaban por debajo de las americanas y eran medio cutres, con historias muy nacionales. Ahora contamos historias que triunfan en el extranjero y tenemos unos técnicos y creativos alucinantes, cada vez más originales y abiertos al mundo. Hemos apostado por una globalización evidente.

¿En Hollywood interactuaba con las estrellas de las películas en las que trabajaba?

Sí, pero poco. Nunca tuve una relación cercana con Bruce Willis o John Cusack. Con el que mejor me llevé fue con Henry Cavill, un tío majo, pero no puedo decir que seamos amigos. Además, yo tampoco iba a las fiestas de Hollywood. Esa parte la veía muy oscura y no me interesaba. Yo estaba a lo mío.

Y nunca llegó al punto de que le reconocieran por la calle…

Alguna vez me ha pasado, pero poco. Tampoco lo he buscado y, en realidad, creo que es un privilegio: trabajar en lo que me gusta, colaborar con los mayores talentos del mundo y pasar inadvertido. El disco tampoco nace de mi ego, para ser un artista famoso, sino para hacer algo diferente. El objetivo no es llenar estadios, sino hacer música interesante, aunque el público sea de 50 o 200 personas.

Pero este sí que cambiará.

Es lo bueno de Karma, que se puede tocar en el Auditorio Nacional, en una performance o en un festival de electrónica a las 4 de la mañana con la gente del revés. Eso abre un camino interesante para mí.

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