Luis Landero: "El mejor modo de gustar quizá sea no intentar gustar"

Luis Landero reúne fantasía, niñez y asombro en ‘El huerto de Emerson’, una colección de textos poéticos. "Me ha gustado más soñar la vida que…

Luis Buñuel se obligaba todos los días a inventarse una historia, al menos durante media hora, para ejercitar su imaginación. Esto decía Luis Landero a sus alumnos cuando ejercía de profesor. «Sed apasionados, audaces, y hasta un punto arrogantes para no aceptar (…) los saberes ya envasados y listos para el consumo». Estos comentarios y otros los ha recogido ahora Landero en formato de libro, en El huerto de Emerson (Tusquets). En esta quincena de textos, Landero ha tirado del hilo de la memor

ia sin prisa pero sin desmayo, a ver qué salía. Y no ha parado, porque ni quería ni podía. O eso parece. «La vida es un viaje solo de ida» o
«Contra la modorra de la costumbre, la vigilia del asombro»
, les decía. Quién no hubiera querido tener un profesor así. Estas consideraciones surgen de un hombre bonachón y apacible, pero también de alguien que se desliza en aguas movedizas: «A menudo
me asaltan episodios, personajes, aromas, sabores (…) y a veces no sé si los he leído, o soñado, o imaginado, o si los escribí yo mismo».
Así ha discurrido la vida de este escritor que nació en Alburquerque, Badajoz, hace 72 años: entre la osadía tranquila de tocar la guitarra al lado del Folies Bergère de París en 1975 y la añoranza de la infancia. «La infancia es la edad de los hallazgos perdurables, por eso es para siempre», escribe en
El huerto de Emerson
. Y de ahí no se ha movido. Para vivir no hace falta correr mundo, viene a decir Landero.
«Me ha gustado más soñar la vida que vivirla»
. Y cuando no la sueña, la recuerda. Él tiene la ventaja de haberse criado en el campo, donde «las lechuzas salían de noche y se bebían el aceite de los candiles y las capuchinas», cuando «la culebra, la salamandra y la lechuza eran sabias, de una sabiduría arcaica e insondable que el hombre no conoce», quizá solo Alfanhuí. Luis Landero da envidia porque ha conocido los tiempos «cuando en las casas la gente se reunía toda junto al fuego», y en esas noches de invierno «siempre alguien te contaba que la muerte se conoce todos los caminos del mundo». Entonces, con las nieves, se habla más bajo y, escribe Landero, «los perros sin amo caminan un poco de lado, como al bies». Luis Landero dice, por correo electrónico a EL MUNDO, que ha prolongado la infancia en secreto. «Sin el niño que fui, y sin el niño que sigo siendo, yo no sería escritor.
Del niño viene la fantasía, el asombro, la intuición, y hasta la música y el ritmo de la lengua
, porque mi mejor escuela ha sido el lenguaje oral que escuché en mi infancia. Por encima de cualquier otro maestro, aquel es el primero, el mejor, el inagotable y el verdaderamente creativo». Tanto es así que el pasado lo escribe en mayúsculas, «el Lejano Entonces. Es como si dijera el Lejano Oeste. Por otra parte, diríase que
el reloj de la historia se ha descompuesto. Da la impresión de que los años 60 y 70 del pasado siglo van quedando más cerca del XIX que del XXI
. ¿Qué diremos entonces de los años 50, en que transcurrió mi infancia?». Aunque ahora esté terminando una novela («me quedan unas 40 páginas»), lo que pueda llegar después quizá tenga que ver con un hallazgo. «Hace un par de meses hicimos limpia en el trastero, que era una auténtica leonera,y
aparecieron unos 40 cuadernos de los años 70 y 80, escritos por las dos caras con una letra menuda y apretada
. Son ejercicios literarios, trozos de novelas fallidas, cuentos sin terminar, o un escribir por escribir… Yo creí que los había tirado, o al menos la mayoría de ellos. Al verlos, se me representó con una claridad deslumbrante lo que ha sido esencialmente mi vida; palabras, palabras y palabras». Por Entonces vivía «en un tiempo y en un país en que muchos de nosotros estábamos enamorados de la vida (…)
Estimábamos a nuestros políticos y confiábamos en ellos (…) Era una época incierta, pero nosotros vivíamos confiados y alegres
(…) Todo aquel alarde de dicha y de vigor comenzó a convertirse en rutina, en decepción y en impostura». Para qué añadir nada. A Landero le sienta bien este traje de otros tiempos, se siente cómodo. «Digamos que salía a pasear sin rumbo por mi pasado, a ver qué encontraba, solo por el gusto de recordar y de escribir». Y cuando se quiso dar cuenta ya tenía el libro. Entre medias se le cruzó
Lluvia fina
, y el gran eco de esa novela que relata los dimes y diretes de una familia. Y volvió a lo suyo, a Kafka, su autor «más perdurable», a Schopenhauer («es el que mejor ha explicado esta cosa misteriosa que es vivir. No me canso de leerlo. ¡Y lo bien que escribe!»). Su vida está en los libros. ¿Se escribe para gustar? «Inevitablemente, se escribe para gustar, porque lo contrario sería ridículo. Ahora bien, nunca al precio de acomodarse a los gustos mayoritarios de los lectores y traicionarse a uno mismo. El mejor modo de gustar quizá sea no intentar gustar. Hay escritores que miman demasiado a los lectores, que luego, como los hijos, se vuelven antojadizos e inapetentes». En el texto
Mar desde el huerto
confiesa que
«de todos mis viajes, los que he vivido con más emoción, los inolvidables, los he hecho con Julio Verne, con Defoe
, con Homero, con Kapuscinski (…) Me he extraviado en selvas y desiertos, he sufrido el escorbuto y la maleria». El huerto de Emerson es un libro de prosa poética. Dice Landero que no escribe poesía, pero la lee. Y a menudo. Ahora está con
La rama verde
, de Eloy Sánchez Rosillo, y con
Los desnudos
, de Antonio Lucas, «un libro deslumbrante».

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