Luis Mateo Díez, escritor de fantasmas bromistas, premio Nacional de las Letras

El escritor leonés sucede a Bernardo Atxaga en el palmarés del galardón, concedido por el Ministerio de Cultura.

El escritor y académico Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) es el ganador del Premio Nacional de las Letras, el galardón que concede el Ministerio de Cultura y Deportes al conjunto de una trayectoria. El premio, dotado con 20.000 euros, distingue a un escritor atípico en su generación, un cuentista y novelista de ambientes fantasmagóricos y mágicos y con tendencia natural al humor y vínculos con la literatura popular.

«Hay un punto de inspiración con enraizamientos legendarios, pero mis leyendas las invento yo. Y cuando he recuperado leyendas de nuestra cercanía he hecho una reescritura. Lo sagrado, lo profano, las religiones, los clásicos desde Cervantes a Shakespeare… Todo se sostiene con un punto común de imaginación. Poe, Hoffmann, El manantial de las doncellas, las grandes tradiciones populares indoeuropeas y rusas. En todo lo que invento no tengo conciencia de originalidad sino de amparo», explicaba Díez en una entrevista publicada por EL MUNDO en 2019.

A pesar de estar al margen de la tradición realista que se suele considerar central en la narrativa española, Díez ha sido un escritor muy popular desde su debut en la novela en los años 80. Entre sus alicientes para los lectores, el autor leonés ofreció una geografía inventada y reconocible de una novela a otra: un reino llamada Celama que remite a un León solitario, socarrón y mágico que tiene que ver con El bosque animado más que con los libros de Julio Llamazares. El espíritu del páramo (1996) fue la primera novela en la que apareció aquel escenario que, por debajo de la comicidad, peleaba por no desaparecer, abandonado por la lluvia y por los hombres. Celama parecía a veces una Barataria del norte.

Contado así, Díez parece un escritor de tradición cervantina: bienhumorado, mágico-reealista, melancólico tras un aire festivo… La más quijotesca de sus novelas es, probablemente, Camino de perdición (1994), una novela de viajes, al estilo del periplo de Alonso y Sancho, en las que pasaban cosas y gentes: 153 personajes relevantes, 11 lances amorosos, peleas, persecuciones, borracheras…

Sin embargo, el mismo Díez cuenta de sí mismo que en su equipaje también pesan mucho Galdós, Tolstoi y Valle. También había algo que recordaba a Torrente Ballester en La fuente de la Edad, la novela que dio a conocer a Díez ante un público amplio en 1986. En los sombríos años 50, una cofradía de hombres de aficiones pantagruélicas vivían una noche de aventuras disparatadas en busca de una fuente que quizá garantice a su bebedores una memoria infinita. El escapismo, la subversión a través del disparate y la autoparodia de una vida provinciana estaban ya en aquellas líneas.

¿Y los fantasmas? Los fantasmas están, por ejemplo, en las páginas de Gente que conocí en sueños (Nórdica), el último libro de cuentos de Díez, que era casi un catálogo de muertos vivientes, perfectamente juiciosos, encantadores y paradójicos.


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