Mandalorian 2: el precioso, idiota e irresistible arte de lo idéntico

La segunda temporada del ‘neo-western’ galáctico de Jon Favreau sorprende en su absoluta y proverbial falta de sorpresas. Todo sigue igual, es decir, perfecto

Juzgar a una serie por su primer episodio es como valorar un libro por su prólogo o a un amor por el primer encuentro. Y aunque así dicho puede sonar a la admisión de culpabilidad que lleva consigo toda petición de excusas a destiempo, en realidad quiere ser una reivindicación incluso entusiasta del noble y despreciado arte de comenzar bien, como es debido. Eso básicamente hace ‘The Mandalorian 2’ o, mejor, eso hace el primer episodio de la segunda temporada que acaba de estrenarse en Disney +. Desde el primer al último segundo allí no hay nada que no sea perfectamente previsible que no atienda a las reglas esculpidas en mármol de lo ya visto, pero, y aquí su gran logro, lo celebra. Ni lo esconde en el aparataje que siempre acompaña a los reencuentros esperados, ni lo disimula en el interior de una trama decimonónica y alambicada que no va a ninguna parte, ni intenta siquiera componer una sinfonía filosófica-solipsista tipo ‘Mad Men’ sobre la virtud de lo indistinguible y eternamente repetido. Su virtud es la simplicidad unívoca e intransferible. Como en los mitos antiguos, la figura totémica encarnada por The Child o Baby Yoda regresa para recordarnos que aún hay relatos eternos en su futilidad.

Jon Favreau recupera el personaje solitario (el siempre oculto Pedro Pascal) que ha insuflado toda la mitología del ‘western’ (es decir, del cine mismo), pero esta vez lo libera de su carga más cargante, atosigante, rancia o simplemente machista. Es un tipo duro, pero no hace poesía cipotuda de su desgracia; es implacable, pero atento a cada gruñido de su compañero que también es su hijo adoptivo; es un explorador, pero consciente de que el mayor descubrimiento no está al otro lado de la galaxia sino a su lado; es egoísta, pero sólo en la medida que entiende el significado de la palabra sacrificio… Ni siquiera está del todo claro cuál sea su sexo siempre oculto, que (se admiten apuestas) tiene que ser como poco contra-binario.

Para esta vuelta a empezar, el director se sirve de una extraña y muy reconocible mezcla en la que cabe desde el clasicismo de ‘Yojimbo’ de Kurosawa, al culto de ‘Temblores’ de Ron Underwood pasando por una evidente referencia al misticismo desértico de ‘Dune’ de Frank Herbert. La historia de un pistolero que aterriza en un pueblo asediado por una amenaza esencialmente brutal e injusta es la del libertador que atraviesa cualquier mito, religioso o no, salvífico. Si tenemos en cuenta que el marco de referencia es ‘Star Wars’, el cuento de la tribu que desde los ‘baby boomers’ a la generación Z se mantiene en renovación constante, entonces ya no hay perdida posible. La inteligencia de ‘The Mandalorian’ consiste en nada más que apelar a la capacidad del espectador para el más elemental y feliz reconocimiento. Y eso, en un tiempo de naufragio en red, se antoja cuanto menos estimulante. Un poco idiota, sí, pero terriblemente reconfortante.

Desde la música de Ludwig Göransson a los dibujos finales, ‘The Mandalorian’ está ahí para refutar a los agoreros convencidos de que nuestra percepción ha adoptado ya una forma serial que se apresura de una sensación a la siguiente de forma tan inconsciente como fiel a la sociedad de consumo. La creación de Favreau en cambio retoma el viejo modelo de las series de los 80 y de más atrás incluso que episodio tras episodio (todos ellos autoconclusivos o casi) se limitaban a ofrecer lo mismo sin proponer siquiera la promesa de nada diferente. Ridículo sí, pero, ¿quién se resiste? Uno no acude a ‘The Mandalorian’ a ver cómo evoluciona nada ni nadie porque todos hacen siempre lo mismo. Cambia el decorado, pero la sintonía final hace regresar al espectador a unos ‘concept art’ que devuelven la simple sensación de la vuelta a casa. Una y otra vez.

Stanislaw Lem propuso en ‘Un valor imaginario’ la posibilidad de una literatura con mayúsculas que únicamente atendiera a los prólogos. «El arte de escribir prólogos exige desde hace tiempo su derecho a tener una patria», dejó escrito en el frontispicio de un libro que no es más que eso: una colección de prólogos como prólogo ella misma de una forma de escribir, pensar y ordenar el mundo. «La meditación descubre que el país de los prólogos es incomparablemente más vasto que el país de la literatura, porque lo que ésta quiere realizar, los prólogos lo anuncian tan sólo… de lejos». Pues bien, aquí esta nueva entrega de ‘Mandalorian’ con un Baby Yoda felizmente inerme y hasta ligeramente inapetente como testigo de un futuro pleno y feliz de prólogos idénticos uno al otro. Sin fin. Como los más viejos de los relatos nuevos. ¿Pero ha habido jamás un personaje televisivo mejor que Baby Yoda?


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