Marañón: «Quienes hicimos la Transición no queríamos revancha y eso se está olvidando»

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Si el índice onomástico de «Memorias de luz y niebla» (Galaxia Gutenberg), la autibiografía de Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, hablase, nos diría que anda media España consultándolo para ver qué se dice en esas páginas de los grandes protagonistas de la vida económica, política y cultural española. El autor no cuenta todo lo que sabe, eso es evidente, pero sí mucho más de lo que suelen contar los miembros de las élites en nuestro país. Es un retrato personal de una vida en las salas del poder, no en la Administración, sino –como le gusta llamarlo– en la sociedad civil.

Miembro de una estirpe liberal española, abogado, banquero, mecenas de la cultura… Ha sido muchas cosas. En casa de su abuelo se decidió la salida de Alfonso XIII de España. En su casa se firmaron los pactos fundacionales de UCD. Desde los puestos directivos del Banco Urquijo –donde Juan Lladó hizo convivir al autor, Jaime Carvajal o César Alierta con intelectuales como Xavier Zubiri, Sánchez Albornoz, Raymond Carr, García Gómez o Muñoz Rojas– asistió al «milagro» de una Transición a la democracia hecha de pactos y ahora, como toda su generación, asiste con cierto desaliento a la demolición de aquella concordia. Por eso recuerda que además de la democracia y la reconciliación, aquella generación quería «que no hubiera revancha y eso se está olvidando».

Las portadas de ABC con el premio Cavia, en su despacho
Las portadas de ABC con el premio Cavia, en su despacho – E.Agudo

Democristiano de izquierdas en la universidad, le ha dicho cinco veces que no a quienes le llamaron a ser un cargo electo. Niega que haya corrupción generalizada en España, aunque achaca al fariseísmo español y a lo mal que se paga a los políticos o se financia a los partidos una realidad indeseable: ya no se elige a los mejores. Ha fundado teatros como La Abadía, preside grandes compañías como Logista, y fundaciones como la Ortega-Marañón; es académico de Bellas Artes, miembro de patronatos de las grandes instituciones culturales, y premio Mariano de Cavia, por un artículo que alertaba contra las exclusiones en el tema de la memoria histórica. También es un hombre que conoce como pocos los medios de comunicación, tras media vida en «El País» (también desciende del fundador de la Asociación de la Prensa, Miguel Moya).

Dice que estas memorias son de «alguien que se siente en plenitud, aunque sea un espejismo». Lo son de alguien que ejerce su poder desde ángulos de influencia, alcanzados por el rasgo que le parece más eminente de su vida: el cultivo de la amistad. Desde el colegio, y a través de su vida hasta la presidencia del Teatro Real, la amistad abrió puertas, aficiones y negocios, impulsó logros y le permitió llegar casi siempre a sus objetivos. Cuando no fue así, dice en el libro, la solución es el diálogo, nunca fue amigo de resistencias numantinas, por convencimiento de lo que es ser liberal.

Villarejo

Como cierre de su etapa bancaria, asistió a los tintes shakesperianos de la fusión de Argentaria y BBVA, en un capítulo para no perderse en el libro con protagonismo de Francisco González, cuyas ondas llegan hasta nosotros hoy por el caso Villarejo. El excomisario es, para él, «un sicario, que comete ilegalidades por cuenta de otros», a los que juzga más gravemente. «Estos casos son escandalosos, pero creo que en España no ha habido un sistema de corrupción generalizada. Cuando más escándalo más se muestra que son casos y no prácticas».

—¿A pesar del 3 % o los Eres?

—Eso está relacionado con la financiación de los partidos, que es un drama distinto, no resuelto. Esa práctica la vemos en el 3% de Cataluña, la Púnica, los temas de Andalucía. Produce escándalo. Yo soy absolutamente intransigente cuando había enriquecimiento personal de quienes estaban a cargo.

—En los escándalos empresariales que refleja el caso Villarejo ¿también hay pugna de poder político, de cambio de liderazgos en compañías más cercanos al poder?

—El caso de Francisco González es un caso único en la banca española. No hay en la vida española un sistema generalmente corrupto pero sí focos de corrupción que justifican desafectos sociales.

—¿Por qué no se ha generado una sociedad civil más fuerte en España?

—Hay una clase empresarial culta que ha mejorado muchísimo. Pero es menos independiente. Las posiciones del Gobierno son muy determinantes.

Ernesto Agudo

—Un escalón más abajo, ¿no faltan asociaciones, organizaciones independientes? Incluso las asociación de víctimas, de jueces, de fiscales, siempre hay una progre y otra conservadora. Todo parece politizado.

—Se ha buscado el clientelismo más que la participación en política. Es así.

—Usted ha tratado a todos ellos durante décadas. Podría definir los rasgos que definen a algunos de ellos.

—Creo que no debo hacerlo.

—En el libro, en cierto modo, lo hace.

—Cuento lo que yo he vivido con el máximo respeto hacia quienes también participaron en esos hechos. Obviamente, pese a ello, hay algunas situaciones incómodas que no pueden eludirse.

—Probemos: Felipe González

—El hombre de Estado más importante que ha tenido la democracia española desde el 1978. Fue clave en la Transición y en la modernización del socialismo. Con Aznar se termina el espíritu de la Transición y entramos en otra normalidad política. Pactó la cesión de las competencias en Educación a las comunidades autónomas, y, a mi juicio, eso fue un grave error, que luego nadie ha corregido. Lo que nos identifica como ciudadanos de un mismo Estado es, ante todo, el hecho de compartir, a través de la educación, una misma historia.

«Con Aznar se termina el espíritu de la Transición y entramos en otra normalidad política. Pactó la cesión de las competencias en Educación a las comunidades autónomas»

—Zapatero sajó los grandes consensos.

—No tuvo sentido de la necesidad del gran consenso.

—Polanco es también un gran protagonista del libro. 

—Aprendí mucho de su forma de ser. Era una persona hecha a sí misma. No tenía la pretensión «social» de integrarse en las élites, siendo muy amigo de sus amigos, y defendió siempre la independencia de Prisa. Era capaz de reducir el problema más complejo a una ecuación sencillísima. Defendía el valor de la «cuenta de la vieja». Con verdadera sabiduría, decía que no había negocios caros o baratos, sino buenos o malos, y, pese a la fortaleza de su carácter, respetaba las críticas y las posiciones contrarias. Era muy generoso con sus colaboradores no apropiándose nunca de sus logros.

—Prisa inauguró, cuenta en el libro, una cierta cultura cancelación de quienes salían del grupo.

—Personalmente, nunca lo he comprendido, pero así ha sido. En vez de mantener la relación con las personas muy valiosas que salían del Grupo, se les negaba, como sucedió con Eugenio Galdón y muchos más. Además de ser injusto, no me parece encomiable.

—Defiende la independencia de los medios, critica que la sociedad no haya encontrado la forma de hacer sostenible el periodismo de calidad.

—Estoy convencido de que una democracia necesita contar con medios de comunicación independientes, y, a su vez, esa independencia requiere, en muchas ocasiones, una solidez económica de carácter empresarial. Durante toda la democracia, no ha habido ningún gobierno que haya procurado fomentar la fortaleza e independencia de los medios de comunicación, cuando se ha ayudado a tantos otros sectores menos estratégicos. Tampoco, en general, los empresarios.

—Y si lo entendieran ¿qué veríamos, ¿qué nos estamos perdiendo por la asfixia de las empresas periodísticas?

—Para mí la prensa independiente es un fundamento del sistema democrático y si no es independiente pierde credibilidad.

—En España, al revés, acaban de formar en Moncloa una comisión para monitorizar a los medios.

—No conozco con precisión el reciente acuerdo para evitar la difusión de mentiras en las redes. Es necesario hacerlo, tiene verdadera trascendencia para nuestra democracia. Por ello, en principio, la medida me parece bien, aunque sería conveniente pactarla con la oposición, dada su trascendencia, y explicarla para que nadie crea que tiene un alcance distinto. No debe ser unilateral.

—Controlar los medios no es la única forma de mejorar la seguridad. ¿no?

—Hay una cuestión que, me temo, queda al margen, y, que yo sepa, nadie se está planteando en ningún país. Más bien pronto que tarde, hay que abordar el fenómeno del anonimato en las redes. No es admisible que, escudándose en ese anonimato, se puedan hacer verdaderas campañas de difamación, y difundir informaciones falsas, en la más absoluta impunidad.

—Entrando en terreno cultural, cuenta que su proyecto para el Real entrañó asumir algunos riesgos…

—Todo proyecto ambicioso comporta riesgos. En el ámbito artístico, sin Mortier no nos habríamos situado internacionalmente, ni hubiéramos salido de la irrelevancia. Y, tras sus tres años, vinieron los siete extraordinarios de Joan Matabosch, que ha terminado de situar al Teatro Real como la primera institución de las artes escénicas y musicales de nuestro país.

«Sin Mortier no nos habríamos situado internacionalmente, ni hubiéramos salido de la irrelevancia. Joan Matabosch ha terminado de situar al Teatro Real como la primera institución de las artes escénicas y musicales de nuestro país»

—Cuenta cosas más allá de lo políticamente correcto de López Cobos y Antonio Moral, sueldos excesivos, injerencias de la política. Muchos no se lo van a tomar bien, supongo.

—Bueno…. ¿Pero no es verdad? Es la primera vez que lo cuento. En el capítulo del Real he querido dejar constancia.

—¿Cree que los liderazgos largos suelen dejar problemas?

—Estoy convencido de que los gestores tienen que tener la estabilidad necesaria para realizar sus proyectos, y, a su vez, la renovación también comporta, en ocasiones, ventajas. No creo en los mandatos indefinidos.

—A veces cortarlos no tiene todos los buenos resultados que se espera.

—Desde 2007, la política ha respetado al Teatro Real. Sin dejar de ser una institución pública, su gestión, bajo la dirección de Ignacio García-Belenguer, tiene vocación de excelencia y se ejerce con autonomía y profesionalmente. Para mantener esto, es conveniente que quienes estén al frente de la institución tengan el respeto y la capacidad de diálogo con todas las Administraciones.

—¿Y qué impresión tiene sobre el futuro del gobierno actual?

—Mi impresión es que habrá un segundo mandato de Pedro Sánchez si logra, como supongo, la aprobación de unos nuevos presupuestos y la derecha sigue dividida.

«Mi impresión es que habrá un segundo mandato de Pedro Sánchez si logra, como supongo, la aprobación de unos nuevos presupuestos y la derecha sigue dividida»

—¿Qué le pareció el discurso de Casado?

—Espléndido. Su mejor intervención en el Congreso. Y, además, no leída. Pero hay muchos votantes de Vox a los que ese cambio de rumbo del PP hacia el centro les ha reafirmado en sus posiciones.

—¿Y si la calle con el aumento del paro y la crisis se revuelve?

—La situación social es ya acuciante, y va a agravarse. Pero un gobierno de izquierdas suele gestionar mejor los conflictos que generan estas situaciones de verdadera necesidad.

—Para seguir con políticos, cuenta una visita con Mortier a Esperanza Aguirre de diez minutos porque venía la selección de fútbol.

—Lo cuento con un cierto humor. Fue bastante surrealista. Llamamos poco antes de salir para confirmar la reunión. Estuvimos esperando un rato largo, Esperanza nos saludó muy amablemente, y casi sin sentarnos le hizo una pregunta a Mortier sobre las voces negras. Inmediatamente después, se excusó, dando por terminada la reunión para ir a recibir a nuestra selección de fútbol, campeona mundial. Mortier tardó en salir de su asombro.

—Sobre la frustrada fusión del Real y la Zarzuela, ¿cuál fue el papel de Guirao?

—Lo primero que hizo al tomar posesión del ministerio fue anular la operación. Aún no había conformado su equipo. Le conocía desde hace tiempo, y le tengo afecto, pero durante su breve mandato no logré que se comprometiera con el proyecto del Teatro Real, y la única vez que mantuvimos una larga reunión se hizo acompañar por su jefe de gabinete.

«Lo primero que hizo Guirao al tomar posesión del ministerio fue anular la fusión con la Zarzuela. Durante su breve mandato no logré que se comprometiera con el proyecto del Teatro Real»

—Dice en el libro, que lo volverá a intentar, la fusión, y que a la tercera irá la vencida. Para alguien que se desmarca de las resistencias numantinas, es una frase llamativa.

-(Risas) Me ha divertido ponerla. Estoy convencido de que tendría el mayor sentido. La Fundación Teatro Lírico se llamó así porque cuando se constituyó, en 1995, incorporó a los dos teatros juntos. Aznar, sorprendentemente, sacó la Zarzuela. Recientemente un alto cargo de aquel gobierno, me dijo que el horizonte era su cierre. Veinte años después, Íñigo Méndez de Vigo acordó que el Teatro de la Zarzuela se incorporase de nuevo a la Fundación titular del Teatro Real, y, esta vez, y fue un ministro socialista el que lo impidió. Para los dos teatros es mucho mejor estar juntos en una misma institución.

—El Real se planteó hacer una colección de arte y dice que ese dinero sirvió como remanente para pasar la crisis de 2008 sin endeudarse. Ahora viene otra crisis, con el aforo o el cierre durante un tiempo incierto. ¿Queda remanente?

—Aquél remanente permitió pasar la crujía de la crisis económica de 2008 sin endeudamiento. Pero no queda nada. No olvidemos que las subvenciones públicas que el Teatro Real ha tenido en los últimos diez años han representado 120 millones de euros menos de lo que hubiera recibido de haberse mantenido las subvenciones de 2009. En esta ocasión, las subvenciones se están manteniendo e, incluso, aumentando algo, pero el Teatro Real se ha visto afectado de manera muy relevante en sus ingresos de taquilla, por los cuatro meses de cierre, y por la limitación del aforo. La taquilla representa casi 30 millones de euros, que es la mitad de nuestro presupuesto. Por todo ello, este año tendremos, por primera vez en mucho tiempo, unas pérdidas del orden de los 8 millones de euros. Pero el mecenazgo y las Administraciones públicas se han mantenido.

—¿Qué horizonte tienen?

—A poco que se normalice la situación, el Teatro recuperará inmediatamente su equilibrio económico. Mientras, contamos con los créditos del ICO y con un balance completamente saneado. Lo reiterio , no teníamos ningún crédito anterior, y nuestros activos superan los 100 millones de euros. No olvidemos que hoy el Teatro Real es el titular de su edificio por 70 años. También quiero destacar el hecho de que seguimos contando con casi 20.000 abonados que cubren en situaciones de normalidad más del 60% del aforo. El Real está económicamente saneado, pero necesitamos que vuelvan los espectadores.

—¿Y cuándo cree que volverán?

—Supongo que esta temporada será difícil, conociendo, intermitentemente, situaciones sanitarias de gravedad, pero estoy convencido de que, entre junio y septiembre, la situación sanitaria de nuestro país habrá recuperado su normalidad, y ello significa que la próxima temporada volveremos a equilibrar nuestro balance y nuestros resultados.

—El futuro de muchas instituciones culturales está en entredicho.

—Hay que lograr que los políticos y la sociedad civil asuman que ayudar a la cultura es igual de social que otras iniciativas. La cultura es estratégica, por su carácter identitario, por generar un ocio inteligente, a la vez crítico y utópico, y por los puestos de trabajo que genera.

—Critica más la miopía de la derecha en el terreno de la cultura, pero hay ministros con los que tuvo gran entendimiento. ¿Cuáles han sido los peores ministros?

—Le diré cuáles han sido los mejores, los que más han apoyado la andadura del Teatro Real: Carmen Alborch, Carmen Calvo, César Antonio Molina e Íñigo Méndez de Vigo. Carmen Alborch me incorporó, como cuento en el libro, al primer Patronato, del que dimití cuando la política entró en el Teatro Real, cesando a Elena Salgado, y de facto a Stephane Lissner; Carmen Calvo me reincorporó; César Antonio Molina hizo suya la modificación estatutaria que permitió la despolitización de la institución; e Íñigo Méndez de Vigo, apoyó decididamente durante todo su mandato nuestro proyecto.

«Los mejores ministros, los que más han apoyado la andadura del Teatro Real: Carmen Alborch, Carmen Calvo, César Antonio Molina e Íñigo Méndez de Vigo»

—¿Y el actual?

—Promete mucho. Es una excelente persona y muy culto, con vivos deseos de hacer bien las cosas. Le ha tocado una etapa durísima, Nos sentimos apoyados por él.

—Leyendo su libro hay escenas que se intuye que no ha podido o querido contar más detalladamente. Si se pudiera contar el lado humano del mundo económico, las luchas de poder, las traiciones, ambiciones, y los azares del destino, habría material para una obra de Shakespeare.

—Sí, la condición humana es siempre la misma. He presenciado muchas situaciones que inspirarían tragedias y, a veces, también comedias. Shakespeare puro. El lector avisado podrá reconocer algunos en mi libro, aunque ciertamente, he procurado, sin desvirtuar los hechos, que mi relato discurra por otros derroteros.

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