María que estás en los cielos

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En estos días de fiestas en los que uno se vuelve sentimental, extraño a María y a Hilda, dos hermanas inseparables, dispuestas al trabajo más duro, que me acompañaron durante años, vigilando y organizando todos los detalles de mi vida doméstica.

Las conocí cuando compré esta casa hace exactamente diez años. La vendedora de la casa, una mujer muy lista, de buen corazón, me dijo que María y su hermana Hilda eran empleadas extraordinarias y me recomendó contratarlas. No dudé en hacerle caso. María e Hilda llevaban años viviendo como empleadas en esta casa y conocían todos los secretos para administrarla y mantenerla en buen estado. Además, podían ser nanas querendonas: la vendedora me dijo que ambas habían cuidado a sus dos hijos cuando eran pequeños y ahora ellos las querían como si fueran sus madres suplentes, y por eso las llamaban mamá María y mamá Hilda.

En ese momento, al comprar esta casa, mi novia estaba embarazada. Una de las mejores amigas de mi novia, una escritora argentina, le aconsejó que no contratase empleadas para cuidar al bebé tan pronto como naciera. Yo, que había sido padre dos veces, que había cuidado a mi hija mayor cuando su madre asistía a clases en la universidad, que sabía lo arduo y complejo que era cuidar a un bebé, discrepé resueltamente, contraté a las hermanas María e Hilda, les subí el sueldo y les pedí que se compadecieran de nosotros, padres bobos y perezosos, y nos ayudaran a cuidar al bebé.

Lo hicieron maravillosamente. No podrían haberlo hecho mejor. Nuestra hija no quiso tomar leche del pecho de su madre, demostró precoz independencia y rebeldía y se encariñó de sus dos nanas, que se turnaban cuidándola y dormían en su habitación, al lado de su cama. Todo lo que mi mujer y yo ignorábamos del cuidado de un bebé lo sabían de sobra aquellas nanas infatigables, risueñas, afectuosas, siempre dispuestas a aliviar a la niña y propiciarle una vida cómoda y placentera. Los primeros cuatro años de nuestra hija, pudimos viajar mi esposa y yo con absoluta libertad, dejando a la niña al cuidado de sus nanas, con la certeza de que ellas la cuidarían mejor que nosotros. María e Hilda nos dieron entonces aquella libertad inestimable: la de salir al cine y a cenar los fines de semana, la de viajar con frecuencia por el simple placer de viajar, de cambiar de aires, de paisaje. ¡Qué nos hubiéramos hecho sin ellas esos cuatro años en los que fuimos libres porque María e Hilda cuidaban a nuestra hija con una dedicación, una ternura y una eficiencia absolutamente admirables, impagables!

María e Hilda habían nacido en los Andes peruanos, en una familia muy pobre, y visto de niñas cómo varios de sus hermanos, hundidos en la miseria más abyecta, morían por falta de atención médica. Habían sido empleadas domésticas toda su vida, desde niñas casi, desde adolescentes. Habían trabajado largos años en la embajada británica en Lima, donde refinaron sus dotes para cocinar, limpiar, ordenar aquella gran casona en la que ambas, desde la cocina, dirigían con frecuencia la vasta operación de puesta en escena y servicio en grandes cenas, fiestas y eventos diplomáticos. Eran tan simpáticas y eficaces que el embajador británico, cuando fue despachado a Washington DC, les consiguió visas y las llevó junto con su familia a la capital estadounidense. Fue una suerte de padrino y protector para las hermanas. Cuando el embajador volvió a Londres, María e Hilda decidieron arraigarse en Miami y servir a familias pudientes de la ciudad, cocinando para ellas y limpiando sus casas sin desmayo ni queja. Fue así como las hermanas terminaron trabajando en la casa que compré, fue así como la vendedora de la casa me las recomendó con entusiasmo, diciéndome que si no las contrataba me arrepentiría la vida entera.

María tenía tres hijos mayores de edad que vivían en Lima. Hilda no tenía hijos. Los hijos de María vivían en una casa que ella había construido con todo lo que pudo ahorrar en sus tiempos de empleada en la embajada británica. Soñaba con retirarse cuando cumpliese sesenta años. Tenía cincuenta y cuatro cuando la conocí. Hilda tenía dos años menos, cincuenta y dos. Yo tenía cuarenta y cinco años. María me prometió que trabajaría conmigo los próximos seis años de su vida y luego se jubilaría y regresaría a Lima para estar con sus hijos. Hilda me prometió que trabajaría con nosotros todo el tiempo que quisiéramos: ella también ahorraba, pero no tenía una casa y mensualmente enviaba sus ahorros a un hermano en Lima, que usaba ese dinero para sufragar sus gastos como pastor religioso de la iglesia mormona y eventualmente comprar un apartamento para Hilda. Yo le decía a Hilda que no le mandase plata a su hermano el mormón, que la ahorrase ella, pero no me hacía caso, así de buena e ingenua era.

Entre los múltiples talentos que María poseía y desplegaba en esta casa, el de cocinar era sin duda el más conspicuo: lo hacía todo bien, era una profesional a carta cabal, pero cocinando era sencillamente insuperable. Cocinaba tan bien que yo le decía que debíamos abrir un restaurante y llamarlo Mamá María y ella se entusiasmaba con la idea. Nada de jubilarte, le decía, cuando cumplas sesenta abrimos Mamá María y te harás rica, ya verás. Cocinaba tan rico que por supuesto engordé. Eso sí, cuando no comía el plato completo, se enojaba conmigo, me reñía, me exigía que lo comiera todo. En ese momento, ella era la jefa, la tutora, la institutriz, y yo apenas un muchacho díscolo que me resignaba a obedecerla, comiendo todo, aunque ya no tuviese hambre. Mi mujer se reía de mí, me decía que yo le tenía miedo a María. No le tenía miedo, pero la adoraba y no quería romperle el corazón y por eso comía con hambre o sin hambre.

Hilda era más taciturna que su hermana. María daba órdenes, Hilda obedecía sin chistar. María era la jefa de esta casa, la dueña, y todos estábamos subordinados a ella y su carácter volcánico. Hilda era muy religiosa: cuando no estaba trabajando, estaba rezando. Era muy cariñosa con los animales: les dejaba comida a los gatos de los vecinos, a los perros de los vecinos, a las palomas del barrio, a las ardillas del vecindario: tenía una rara ternura para hablar con los animales y hacerse querer por ellos. No era tan buena cocinando, pero sabía ser amorosa y delicada cuidando a nuestra hija, llevándola a pasear al parque, al supermercado, a la farmacia, Hilda empujando el coche, canturreando, rezando, contando cuentos de su infancia contrariada, nuestra hija sosegada por la palabra dulce de su nana, quien, de jovencita, había querido ser monja, así de buena y servicial era, pero cuyo destino había sido el de seguir a su hermana mayor y servir a los patrones a los que María servía con diligencia.

A María le atormentaba que su divorcio llevase años en trámite y no acabase de aprobarse porque su esposo quería quedarse con la casa que ella había construido con sus ahorros. Con gran cinismo, el esposo, que había dejado a María con sus tres hijos pequeños para irse con una querida, ahora le exigía a María la casa, la mitad de la casa, el valor en dinero de la mitad de la casa. Eso angustiaba muchísimo a María, le perturbaba el sueño, envenenaba sus días. Hasta que me pidió ayuda. No dudé en socorrerla con la prontitud que ella socorría a mi hija. Hicimos tasar la casa, determinamos el valor de la propiedad y le di el dinero para que le pagase a su marido y doblegase su resistencia a firmar el divorcio. María viajó a Lima, le pagó al cachafaz de su esposo, él firmó el divorcio y ella pudo inscribir por fin la casa, su casa, como única propietaria, en los registros públicos. Fue un gran triunfo para María. Me mandó fotos desde Lima, pagándole en efectivo al pícaro de su marido, haciéndolo firmar el divorcio. Porfiada e indesmayable como era, le había ganado la batalla del honor y también la del dinero. María quiso pagarme poco a poco lo que le di para apagar ese incendio, pero le dije que de ninguna manera le cobraría un céntimo y ella se emocionó. Fue uno de los momentos más felices de nuestra amistad. Me abrazó y lloró y sentí que me quería como si fuera mi madre.

Un momento triste de nuestra amistad nos asaltó cuando fuimos todos a Disney en Orlando. Yo estaba mal medicado, muy dopado, y al parecer caminaba muy despacio por los parques de diversiones, y María e Hilda se enojaban conmigo y me amonestaban por caminar tan despacio y zigzagueando como borracho y en un par de ocasiones María me gritó, me llamó la atención, me dijo que la gente me miraba y se reía de mí, que yo estaba haciendo el ridículo. Pero yo no podía caminar más rápido ni más derecho y María pensaba que caminaba así de lento y torcido por engreído o perezoso o porque quería sabotear el paseo. ¡Látigo le voy a dar, látigo!, me decía María, crispada, y yo me reía y la quería a mares y seguía arrastrándome como una babosa en Disney, mientras ella y su hermana empujaban el cochecito de nuestra hija como si tuvieran un motor fuera de borda, qué energía tenían, eran de veras incansables.

María se molestaba cuando le hablaban en inglés. Ella respondía a los gritos que solo hablaba en español y le exigía a su interlocutor que le hablase en esa lengua. Pero a veces, en el autobús, o en los viajes que hacíamos con ella y su hermana, le hablaban en inglés y ella se ponía furiosa y gritaba improperios en español hasta que conseguía a alguien que pudiera comunicarse con ella. Era genial verla gritar por teléfono porque la operadora del hotel no podía o no quería hablarle en español; era delicioso verla impacientarse y estallar en gritos y diatribas porque la azafata no le respondía en español; era graciosísimo escuchar sus historias cuando nos contaba que se peleaba con los choferes negros del autobús que no hablaban en español y a quienes, injuriada, agraviada, se negaba a pagarles. María era la jefa, la dueña, la patrona, y siempre estaba dispuesta a insultar a alguien y mandarlo al carajo, incluyéndome a mí, por supuesto. A veces escuchaba que los vecinos hablaban en inglés y me decía señor, esa gente de al lado es medio rara, hablan en un idioma que nadie entiende, deben ser terroristas. María quería que todos en los Estados Unidos hablasen en español y se sometieran dócilmente a su carácter.

Faltando dos años para que María cumpliera sesenta y se jubilara, la sicóloga de mi esposa le recomendó que despidiera a María y a Hilda. Su argumento fue que las nanas eran demasiado sobreprotectoras con nuestra hija y eso no era bueno para el desarrollo intelectual de la niña. Yo discrepé enérgicamente. Pero mi mujer, deseando lo mejor para nuestra hija, tomó la decisión de separar a María y a Hilda de nuestras vidas. Fue un día tristísimo, horrible, traumático, que nunca debió ocurrir. Fue muy doloroso ver partir a las hermanas que tanto amor nos habían dado. Aun ahora pienso que no debimos despedirlas por seguir el consejo de la sicóloga. Fue un error, un abuso, una ingratitud. No sé si fue mejor para nuestra hija, pero fue peor para mí. No me acostumbré a vivir sin María ni Hilda.

Un año después, María enfermó de cáncer. Por fortuna tenía seguro médico. La sometieron a tratamientos brutales, invasivos, y no consiguieron curarla. Tuvimos tiempo de despedirnos de ella. No encontré suficientes palabras para decirle cuánto la quería, cuánto le agradecía por todo. María debería seguir viviendo aquí, en esta casa. No debió irse, no debimos pedirle que se fuera, fue una ruindad que pesará siempre en mi conciencia. Ahora estaría llamándome a los gritos, diciéndome que la comida está servida, que baje rápido, que se va a enfriar. Yo le diría un ratito, María, no me apures, estoy escribiendo, y ella me respondería a los gritos ¡puras huevadas escribe usted, señor, puras huevadas!

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