Memoria democrática: Voces contra la lectura obligatoria de la Historia

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«Vienen a buscar al cura». El rumor creció hasta adquirir un caudal incontenible en Humanes de Madrid. Don Cesáreo estaba con su sobrino Isaías, un chavalillo, regando el jardín que había junto a la parroquia. Hizo ademán de quitarse la sotana y escapar, pero al final acudió a su casa a ver qué pasaba. Un camión con una veintena de milicianos armados acababa de llegar.

-¿Qué queréis?

-¿Tiene usted escopeta?

-Claro que no.

La tropa registró el domicilio y encontró una garrafita de vino que el cura utilizaba para la celebración de la misa.

-¿Nos invita usted?

-Sí. Tomen lo que quieran.

Mientras echaban un trago se empezaron a mirar unos a otros, nerviosos. Un grupo de parroquianos se había congregado en los alrededores. En esto llegó el alcalde, que era el jefe de los socialistas en Humanes, e instó a los milicianos a marcharse. «No pintáis nada aquí». Se fueron rezongando, pero se quedaron cerca. Cuando se despejó la casa, el alcalde le dijo a don Cesáreo: «Póngase este mono de trabajo y súbase a la furgoneta que va a Madrid a vender fruta. Y no vuelva».

Cesáreo e Isaías se instalaron en la calle Hermosilla de la capital. La guerra había estallado no solo en el frente, sino también en millones de pequeñas historias. Ambos se afiliaron a la CNT para utilizar el carné como posible salvoconducto en caso de apuro y trataron de llamar la atención lo menos posible.

Fueron humanos

Las sacas, los paredones, los ajustes de cuentas y las fosas comunes suelen imponerse en la narración de aquel crimen colectivo que fue la guerra civil. «Nada es más preferible que la paz, el fin más elevado que un hombre debe perseguir», dijo Cicerón. A lo que cabría añadir: nada es menos preferible que la guerra entre hermanos, entre amigos, entre vecinos. «La Historia te trae la mala noticia de que tus abuelos fueron humanos. La memoria, en cambio, te dice que fueron maravillosos», afirma el historiador Manuel Lucena Giraldo para resumir esta dicotomía en el análisis de nuestro pasado reciente. «Poco se habla, en cambio, del abrazo de nuestros abuelos en la posguerra».

En los últimos años, y también en este en que una terrible pandemia debería haber priorizado otras miradas, la controversia sobre la «memoria histórica» ha estado presente en la sociedad española. Una memoria (rebautizada como «democrática» en el anteproyecto de ley aprobado por el Gobierno a mediados de septiembre) percibida por algunos como una causa justa y por otros como un revisionismo unidireccional, como una necesidad de aplicar el VAR (el ya famoso sistema que trata de eliminar los errores arbitrales en el fútbol) a los partidos jugados en el pasado.

«El concepto de memoria es inquietante, ya que refuerza la identidad de un grupo en contra del pluralismo» (Manuel Álvarez Tardío)

«No tenemos una imagen de lo ocurrido a partir de julio de 1936 para darle a la moviola», comenta Manuel Álvarez Tardío, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales en la Universidad Rey Juan Carlos. «No hay una única crónica correcta, no podemos poner la película verdadera. La Historia es compleja, se revisa y se reconstruye dentro de un debate constructivo, como hicimos Roberto Villa García y yo en un libro que demuestra el fraude que permitió la victoria del Frente Popular en las elecciones de 1936. Siempre estamos volviendo a la historia. En cambio, el concepto de memoria es inquietante, es un relato para reforzar la identidad de un grupo y acaba haciendo un flaco favor al pluralismo».

Juan Pablo Fusi, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, abunda en la misma idea. «Memoria tiene dos acepciones: la facultad individual de recordar y lo que se recuerda en una sociedad: mitos, leyendas, fechas, personalidades… Memoria histórica -como memoria democrática- es otra cosa: es el uso público, político, del pasado (conmemoraciones oficiales, fiestas nacionales, símbolos, monumentos). La memoria histórica -democrática o no- tiene así problemas insolubles: carácter no científico, dimensión simplificada y emocional, oficialismo, parcialidad, reduccionismo».

Para su reforzar su argumentación, Fusi rescata la distopía de Orwell: «En 1984, Winston, el protagonista, trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su labor: proporcionar periódicos, libros de texto, informes radiofónicos, etcétera, que divulguen la interpretación oficial del pasado y el presente hecha desde el poder (rectificando para ello el propio pasado, y toda documentación archivística que no se ajuste a la versión oficial). Readaptar el pasado resultaba en la novela necesario para controlar el presente y ganar el futuro. La Historia, un cuerpo sustantivo y sistemático de conocimiento, la escriben, sin embargo, los historiadores. La cuestión no es menor: resulta -con Dilthey y Ortega- que el hombre es un ser histórico, que lo único que tiene es historia. Por definición, ello obliga a menudo al historiador a revisar y rectificar críticamente la memoria oficial del pasado».

«La memoria histórica tiene carácter no científico y una dimensión simplificada, emocional, oficial, parcial» (Juan Pablo Fusi)

El Anteproyecto de Ley de Memoria Democrática consta de 66 artículos agrupados en 5 títulos, «estructurados en torno al protagonismo y la reparación integral de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura, así como a las políticas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición». Su objeto es el «reconocimiento de los que padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista hasta la promulgación de la Constitución Española de 1978». Entre otras medidas, instaura fechas para el recuerdo y homenaje a las víctimas, destaca el papel activo de las mujeres como protagonistas de la lucha por la democracia, recoge acciones en el plano educativo, plantea la «resignificación» del Valle de los Caídos, crea un Consejo de Memoria Democrática como órgano consultivo y establece un régimen sancionador.

Los fragmentos de ilustraciones que aparecen acompañando este reportaje pertenecen al libro «Estampas 1936» (Norma, 2020), donde el guionista de historietas Felipe Hernández Cava y el dibujante Miguel Navia nos invitan a mirar, desde diferentes ángulos, los primeros compases de la Guerra Civil.
Los fragmentos de ilustraciones que aparecen acompañando este reportaje pertenecen al libro «Estampas 1936» (Norma, 2020), donde el guionista de historietas Felipe Hernández Cava y el dibujante Miguel Navia nos invitan a mirar, desde diferentes ángulos, los primeros compases de la Guerra Civil.

Representación del pasado

«La “memoria democrática” es un término inventado ahora por los políticos para disfrazar la anterior expresión de “memoria histórica” que nunca ha sido aceptada por ningún historiador respetable», señala Octavio Ruiz Manjón, miembro de la Real Academia de la Historia y, a lo largo de su carrera docente, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Granada y en la Universidad Complutense de Madrid. «Santos Juliá dejó dicho que, cuando se habla de memoria histórica, no interesan ya los hechos del pasado sino su “representación” en los momentos actuales. Es un discurso al servicio del poder, de una ideología y, en última instancia, del presupuesto público. Pero hay otro peligro: el de intentar la descalificación de la Transición política española. En lo que nos han dejado saber del nuevo proyecto se habla del reconocimiento de los que padecieron persecución o violencia desde el comienzo de la guerra civil hasta la promulgación de la Constitución española en diciembre de 1978. ¿Hubo persecución y violencia en los tres años posteriores a la muerte de Franco? Creo que no. Lo que predominó fue la voluntad de entendimiento y concordia que culminó en la amnistía de 1977, y en discursos como el que pronunció entonces Marcelino Camacho».

«Este discurso al servicio de una ideología es un intento de descalificación de la Transición política española» (Octavio Ruiz Manjón)

Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto y escritor prolífico (acaba de publicar en Arzalia el ensayo Y cuando digo España, retrato desacomplejado donde destaca la enorme riqueza cultural y la belleza de un país «que parece avergonzarse de sí mismo»), no pierde de vista el contexto en que vivimos: «En unos momentos dramáticos de miedo al recrudecimiento de la pandemia y a la pérdida del sustento por la terrible crisis económica, el Gobierno trata de colarnos un texto aberrante que acentúa la aviesa intención de la Ley de Memoria Histórica, el gol tramposo que la izquierda metió a la derecha y que está en el origen del guerracivilismo actual y del odio que destila la política de hoy. ¡Qué triste que a las nuevas generaciones se les prive de nuestra mejor historia moral y cultural para ocuparlas dolosamente en la búsqueda de inocentes y culpables de unas décadas sombrías! Y mientras tanto ese Gobierno no parece preocupado en resolver los más de trescientos asesinatos de ETA aún sin aclarar ni de mitigar el dolor de sus víctimas que ven cómo se sientan en las Cortes y en las instituciones públicas quienes engordaron con el terror de la banda asesina y no han condenado sus crímenes».

Y también, para Cortázar, Orwell: «Si se aprueba la nueva ley tendremos en acción al vigilante Gran Hermano que impondrá multas cuantiosas y a los policías del pensamiento integrados en el Ministerio de la Verdad con legiones de asesores dedicados a reescribir la Historia para que se acople perfectamente al discurso oficial. Confío en que los historiadores no acepten el nuevo oficio de lacayos que les impone la ley y la impugnen con todas sus fuerzas».

«Mientras tanto, el Gobierno no parece preocupado en resolver los más de 300 asesinatos de ETA sin aclarar» (Fernando García de Cortázar)

«Hace unos días, a iniciativa de Charlie Hebdo, representantes de los periódicos franceses se reunieron para discutir las amenazas que se ciernen sobre la libertad de expresión, una de las conquistas esenciales de la democracia. Apareció la noticia en Le Monde y su lectura produce escalofríos. Nada de lo que habíamos conseguido en el terreno de las libertades cívicas y democráticas está ya seguro», revela la ensayista y profesora Elvira Roca Barea, autora de Imperiofobia. «El linchamiento mediático al disidente se ha convertido en el pan nuestro de cada día y, yendo un paso más allá, con asombrosa tranquilidad, se pretende legislar sobre la memoria, como si tal cosa fuera posible. En realidad lo que se pretende es convertir en delito cualquier planteamiento histórico que no esté de acuerdo con la versión oficial que se quiere imponer. Ningún parlamento puede legislar sobre la Historia a menos que caminemos (quizás estamos ya) en una sociedad totalitaria y orwelliana. Al paso que vamos nos levantaremos por las mañanas para repetir como mansos corderitos lo que el Estado Pantocrátor nos diga que debemos creer y pensar. Es menester ir despertando de la ingenuidad, típica de mi generación, según la cual libertad y democracia, una vez alcanzadas, ya están conseguidas para siempre. En los próximos años vamos a tener ocasión de comprobar que hay que luchar por ellas cada día».

«Ningún parlamento puede legislar sobre la Historia a menos que caminemos en una sociedad orwelliana» (Elvira Roca Barea)
Tropas nacionales con soldados muy jóvenes junto a los llamados «moros de Franco» – MIGUEL NAVIA

Rumbo a Rusia

Isaías había nacido nueve años antes en Gallegos de Sobrinos, un pueblecito de Ávila. Es el mayor de trece hermanos, de los que nueve llegaron a la edad adulta. Su padre era secretario del ayuntamiento. Decidió enviarlo a Madrid con su tío Cesáreo para que estudiara en el seminario. Un día estaba paseando cerca de su casa cuando unos soldados le echaron el alto.

-¿Dónde están tus padres, chico?

-En el pueblo.

«Ese fue mi error», reconoce hoy. «Me subieron a un camión con otros muchachos. Algunos comentaban entre sollozos que nos iban a llevar a Valencia y, desde allí, en barco, a Rusia». En Cibeles el camión hizo una parada e Isaías aprovechó para saltar. Corrió como un poseso calle Alcalá para arriba y se metió en el parque del Retiro, donde permaneció oculto durante varias horas entre los setos. A la caída de la tarde regresó a su casa, donde lo esperaba su tío, alarmado. En sus correrías futuras no dejaría de vigilar todos sus flancos.

Mirar al exterior

Enrique Moradiellos, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura, propone dejar de mirar solo a España y analizar las recientes resoluciones del Parlamento Europeo, enormemente discutidas, pero aprobadas por una gran mayoría, sobre el deber de los estados miembros de promover el recuerdo de los regímenes totalitarios aupados por el fascismo y comunismo, los «dos demonios» que incendiaron el siglo XX. «Hace falta una vacuna contra el nacionalismo. Los derechos humanos son sagrados, y las personas están antes que los estados», señala.

«El argumento de que si yo tengo razón, tú eres despreciable, lleva a dinámicas suicidas» (Enrique Moradiellos)

«Stalin decía: “Si soy antifascista, entonces soy demócrata”. Y Churchill contestaba de forma tajante: “¡No!”. El argumento de que si yo tengo razón, tú eres despreciable, lleva a dinámicas suicidas», continúa Moradiellos. «En la guerra civil los verdugos y las víctimas estuvieron en los dos bandos. La Iglesia católica fue víctima de uno de ellos pero hubo capellanes que fueron testigos de los pelotones de fusilamiento en el otro. El que gana y adquiere territorio acaba matando más, pero fosas como las de Paracuellos no las encuentras en otras zonas. ¿Un país puede vivir contra la otra mitad? Hay comunistas cuyos abuelos se beneficiaron del franquismo, es cierto. Pero, ¿vamos a juzgar a sus nietos por ello? ¿O vamos a negarles la existencia a los nietos de Franco? Gorbachov y Yeltsin se hicieron demócratas, y Suárez, que fue secretario general del Movimiento, fue clave en la Transición española. Juzgar la historia con trazos gruesos no es la solución. Y poner en tela de juicio las reglas de juego que nos dimos los españoles tras la dictadura porque “yo no las voté” es un argumento de tontos. Ninguno de nosotros votamos la desaparición de los neandertales».

John Elliott, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Oxford, es uno de los más prestigiosos hispanistas y sigue con especial interés las noticias que acontecen en «un país que tanto quiero y que ha ocupado gran parte de mi trayectoria profesional y de mi vida personal». En su opinión, «es totalmente comprensible que muchas personas necesiten averiguar lo que pasó a sus abuelos, sus padres, sus parientes y amigos durante la guerra y la dictadura. Tienen mi más profunda simpatía, aunque las revelaciones pueden suscitar nuevos traumas. Sin embargo, el anteproyecto habla sólo de las víctimas de los nacionales y del régimen franquista, y no de las víctimas de los republicanos, incluyendo muchos auténticos republicanos que no quisieron aceptar la imposición de un régimen estalinista. Sin tomar en cuenta todas las víctimas, sin distinción de su afiliación política o religiosa, ninguna ley será capaz de curar unas heridas tan arraigadas».

«Sin tomar en cuenta todas las víctimas, ninguna ley será capaz de curar unas heridas tan arraigadas» (John Elliott)

Para el también hispanista británico Felipe Fernández-Armesto, catedrático de Historia Mundial y Ambiental en el Queen Mary College de la Universidad de Londres, «calificar de “democráticos” una serie de datos y lugares de memoria equivale a decir que son selectivos. Desgraciadamente, la historia incluye pocos episodios democráticos y largas y lamentables locuras. Las democracias maduras son capaces de reconocer cuatro hechos por lo visto inaccesibles al Gobierno de España: hay que abarcar la historia en su totalidad, reconociendo los hechos poco apetecibles y las atrocidades más desgraciadas; el pluralismo exige respeto a los monumentos, lugares de memoria y creencias de todos nuestros conciudadanos, incluso de aquellos con los que somos incapaces de simpatizar; ninguna tendencia histórica tiene un monopolio de virtudes, incluso los que luchan por causas que nos parezcan injustificables podían hacerlo por motivos honrados, realizando sacrificios respetables y dignos de conmemorarse; y, por último, redactar la historia fingiendo un acuerdo o consensualidad societal que en realidad no existe, es propio de las dictaduras».

«Cuando estoy en Londres -continúa-, en mi camino diario hacia la oficina me cruzo con estatuas de Guillermo III y Cromwell, dictadores detestables que masacraron a no no sé cuántos miles de mis correligionarios. Pero los acepto porque son parte auténtica de la historia del país, y pruebas de la existencia en el pasado de conflictos que crearon el mundo que habitamos. Todo héroe es un villano, porque el heroísmo -a diferencia de la santidad- siempre es partidario, y los héroes de unos son ineludiblemente los villanos de otros».

«Ninguna tendencia histórica tiene un monopolio de virtudes. Los héroes de unos son los villanos de otros» (Felipe Fernández-Armesto)

«No me gusta nada el revisionismo histórico en que estamos metidos, precisamente porque es tan a-histórico», añade Elliott. «A gran parte del mundo occidental le falta el sentido histórico. Prevalece el presentismo, que forzosamente lleva consigo una simplificación del pasado, que por su naturaleza es sumamente desordenado y complejo. Entiendo el derribo de estatuas que muchas veces conmemoran actos de violencia o individuos que han cometido crímenes atroces. Pero es importante reconocer que las ideas dominantes de hoy no fueron necesariamente las de ayer, ni serán necesariamente las de mañana. Hace falta contextualizar, y no se puede si la gente rechaza o ignora los puntos de vista con los cuales no se conforman. Si uno piensa en la reputación de Colón o de los conquistadores, se dará cuenta de cuánto ha cambiado en el curso de los siglos. Para la mayoría en el siglo XIX fueron héroes. Para la mayoría ahora fueron criminales. Siempre cabe matizar y ponerse en los zapatos del otro, y esto no es posible sin la discusión y el debate, los dos imprescindibles para acercarse a la verdad histórica».

Vaivenes de locura

«Vienen a buscar al alcalde». Cuando acabó la guerra el bando vencedor se presentó en el ayuntamiento de Humanes. En un decorado de escombros y de heridas abiertas se inauguraban en España los años de la represión política, el estraperlo, la cartilla de racionamiento, la autarquía… Atraparon al regidor y lo llevaron a un campo de prisioneros en Zamora, donde tendría mal pronóstico. Don Cesáreo cogió un autobús y viajó hasta allí para avalarlo. «Este es un hombre decente que no ha hecho mal a nadie. Y me salvó la vida». Después de una complicada negociación liberaron al prisionero, que pudo volver a su pueblo del sur de Madrid. Isaías, 93 años en este 2020, cuenta cómo mucho tiempo después se encontró con el hijo del alcalde y recordaron emocionados lo que su tío el cura y aquel político socialista habían hecho el uno por el otro para sobrevivir a los vaivenes de la locura. El abrazo de nuestros abuelos. La capacidad de encarnadura del pueblo español en millones de pequeñas historias.

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https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-memoria-democratica-voces-contra-lectura-obligatoria-historia-202010040053_noticia.html

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