Mi vida como telonero de los Clash

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Después de tocar en una sala de Glasgow, una noche de 1978, The Clash se marcharon a su hotel a descansar antes de emprender su camino hacia la siguiente ciudad de su gira. Allí, cual beatlemaníaco, esperaba un muchacho de diecisiete años llamado Martin McLeish, que ansiaba poder estrechar la mano de sus ídolos. No tardaría mucho en conseguir eso y mucho más: poco después formó su propia banda, The Plastic Flies, y volvió a asaltar a los de Joe Strummer en otro hotel para darles una cinta con su primera maqueta. A los Clash les gustó, los aceptaron para ser teloneros de su gira y acabaron compartiendo vida, experiencias e inquietudes sociales y culturales en uno de los momentos más convulsos de la historia del Reino Unido.

Martin McLeish vive ahora en Badalona. Dirige una compañía de importación de bebidas, es un empresario de éxito, un hombre formal, pero su pasado punketa le dejó un sinfín de anécdotas atornilladas en la memoria. Lo que recuerda con más claridad es que «los Clash eran no eran «superstars», eran personas normales, que querían conectar con sus seguidores y entender la vida y los problemas de aquellos tiempos». Strummer era mayor que ellos, y cuando se hicieron amigos los trató sin superioridad ni paternalismos. «Recuerdo que cuando nos conocimos Joe nos pedía nuestra opinión de las cosas, de sus canciones y de la sociedad británica. En Inglaterra había una cierta cultura de padres de postguerra, en la que parecía que no teníamos opinión propia sólo por ser jóvenes. En esos tiempos, en el colegio, en casa, en todas partes se vivía con gritos, instrucciones y órdenes».

Martin recuerda la ferocidad con que la sociedad británica rechazó la música y cultura punk, «porque rompió con lo que estaba establecido en la sociedad y la música de los setenta. El punk era una reacción que buscaba cambiarlo todo, en lo social y lo musical, y tuvo un efecto enorme posteriormente en la política, el arte o la moda. Era como una rebelión, casi pacífica, pero tuvo sus momentos de violencia también. Los disturbios en Brixton y el movimiento antirracista eran productos del punk, con gente bien informada por las letras de las canciones y la multitud de entrevistas que se hacían a los músicos. Al final el mensaje del punk era imposible de evitar o ignorar». Mucho menos si quien te lo enseñaba era Joe Strummer «un hombre inteligente y muy bien educado, que imagino que detectó en nosotros algo parecido. Éramos chicos a los que les gustaba la música con mensaje, y éramos capaces de comunicarlo bien. También le debió gustar que tampoco nos portábamos como fans cuando estábamos juntos. Había un enorme respeto mutuo».

La búsqueda de propósito, de autenticidad, frente a la autosuficiencia macarra de los Sex Pistols, fue algo que obsesionó a Strummer, a los Clash y a todos los que vivieron el punk cerca de ellos. «Debatíamos mucho sobre los límites del punk», recuerda Martin, «y ser auténtico era un debate continuo. Joe venia de una familia de clase media y era un chico educado… Era como un Johnny Rotten pero al revés. Tenía nueve años más que nosotros, y eso era importante porque The Clash se dirigía a un público mucho más joven que ellos. Bernie Rhodes, su manager, tuvo mucho que ver en el contenido y el mensaje de sus letras. Y Bernie era ocho años mayor que Joe Strummer o Mick Jones, así que esa diferencia de edad creo que fue también muy significativa. Hablaban desde una experiencia que mucho aún no teníamos».

Debatir con Joe Strummer durante noches interminables dejó una profunda huella en The Plastic Flies, que acabaron convirtiéndose en una pequeña vanguardia ideológica del movimiento. Una noche en la que no acompañaban a The Clash, actuaban en un festival en la ciudad de Dundee cuando de pronto, la megafonía del evento anunció que Margaret Thatcher había declarado la guerra a Argentina por el conflicto de las Malvinas. Inexplicablemente (especialmente en un festival punk) el público lo celebró con gritos de júbilo, dejando boquiabiertos a Martin y sus compañeros, que subieron al escenario y para reprochar tan absurda actitud a sus fans. «Había más de 1.500 personas en la sala y éramos los cabezas de cartel», recuerda Martin. «Aunque teníamos un look muy militar, estábamos en contra de las guerras y la idea de luchar contra otro país por unas islas irrelevantes nos parecía una estupidez. Nos enfadamos con el público al inicio del concierto. Ante esa situación no tengo ninguna duda que Joe Strummer hubiera cancelado la actuación».

Martin (derecha), junto a Joe Strummet

Los Plastic Flies, que fueron descrito por el gran John Peel como «una buena banda con un nombre horrible», eran «muy post-punk, accesibles y con calidad musical», describe su líder. «Mike era un guitarrista con estilo propio, Morris tenía un toque de sensibilidad musical muy fuera de lo normal, más bien clásico, y Paul era un buen batería. Presentábamos las canciones de manera bastante agresiva y en directo nuestro show era impactante, con imagen, estilo y emoción. Yo hacía las letras siempre con mensajes relevantes, aunque cuando las miro hoy, veo que éramos muy jóvenes».

Aquella etapa duró poco, como mandan los cánones del género, pero décadas después Martin continuaría siguiendo los pasos de Strummer, al marcharse a vivir al país que tanto amaba el autor de «Spanish Bombs». «Joe tenía una visión glamourosa de España, con esa imagen de la gente en la Guerra Civil luchando por una sociedad más justa. Él era un hombre de palabras, de poesía e incorporó las visiones de García Lorca en varias de sus canciones. Tuvo una novia de Granada durante un tiempo y fue ahí a menudo. Mas que ser comunista o socialista, Joe quería llamar atención sobre los fallos en la sociedad y la política en general. Era un observador de la realidad de España, de los Estados Unidos, de Reino Unido, de Rusia… ¡Con sus letras nuestra generación aprendió más sobre el mundo real que en los colegios!».

Su banda, The Plastic Flies, no prosperó porque «para tener éxito en lo que sea debes tener ambición individual, de grupo y un compromiso total», lamenta Martin. «Yo quería dedicarme a eso, pero no todo el grupo lo tenía tan claro. No era un hobby, para mi era una misión vital y fue frustrante no conseguirlo cuando lo teníamos todo a nuestro favor: la música, el contenido, la imagen y la personalidad. Todo grupo de éxito necesita un manager, alguien con madurez para arreglar las diferencias, ser el guía y gestionar las individualidades. Nunca tuvimos esta figura. Íbamos demasiado por libre. De hecho, nuestros padres nunca vinieron a vernos tocar ni preguntaron nada cuando nuestro single sonaba en la radio nacional en casa».

Cuarenta años después de todo aquello, a Martin le ha entrado el gusanillo de reunir a la banda. No ha sido fácil, porque ha tenido que superar varios obstáculos que a cierta edad parecen insalvables. Cada miembro del grupo vive en un país diferente, y tiene obligaciones que no son poca cosa. El bajista, Morris Fraser, es actualmente asesor del Parlamento Escocés, y el baterista, Paul Gilroy, es uno de los abogados de Mourinho. Pero tanto ellos como el guitarrista Mike Patterson se han dejado seducir por el ímpetu juvenil de Martin, y han vuelto a juntarse para un nuevo proyecto convenientemente bautizado como The Resurrection Club, que ya tiene varios temas publicados. «Morris está en Edimburgo, Mike en Melbourne y yo en Barcelona, así que grabamos entre las tres ciudades y mezclamos en el estudio barcelonés Sol de Sants con Alberto Pérez y músicos locales», explica Martin. «Con el grupo, aunque estuvimos más de veinte años sin contacto, aún somos amigos. Es interesante ver como la vida te da segundas oportunidades y hacerlo mejor. Somos creativos y con ganas de expresarnos. Con espíritu punk, pero con 59 años y una vida muy interesante detrás. Ahora tengo más voz, cabeza, opinión, madurez y sé lo que es el amor. Tenemos mucho más que decir y sabemos expresarlo en las nuevas canciones».

Martin, grabando con The Resurrection Club

La primera canción del Club de la Resurrección, una balada electropop titulada «Stone me in Paradise», está inspirada en todo lo que nos ha ocurrido este último año. «Soy empresario en España, tengo a mi mujer y mis hijas conmigo, tengo empleados, gente que depende de mí y con el COVID veo, como mucho otros, cómo todo se puede ir a la mierda después de una vida de duro trabajo. Es acojonante, y sé que no soy el único así. Durante el confinamiento me encontré mentalmente bloqueado hasta que una noche en el sofá, con un par de whiskys, empecé a sacar mis emociones. «Stone me in Paradise» es cien por cien Martin. Describe cómo me siento y cómo veo el mundo. Es la canción con la que más reacción hemos tenido».

La BBC ya ha hecho un reportaje sobre este reencuentro, y tienen planes para intentar volver a pegar fuerte. «Ahora hemos terminado un proyecto con el Dj Khat con un remix de «Stone me in paradise». Hay más canciones nuevas en marcha y tenemos ambiciones realistas. Queremos que nuestra música llegue a la máxima cantidad de personas posible y que el mensaje se reciba y se entienda», dice Martin, que cargado de adrenalina tras esta sesión de nostalgia juvenil, advierte: «Está previsto que hagamos shows con The Resurrection Club en directo cuando se pueda. Queremos subir el escenario otra vez, coger el micro y transmitir nuestro mensaje musical como hicimos en los ochenta».

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