Michel Franco: "A la desigualdad y a la injusticia no se las combate con más policía"

No queda claro dónde acaba <em>’Nuevo orden'</em> y dónde empieza todo lo demás. El último trabajo del mexicano Michel Franco, un cineasta acostumbrado a la…

No queda claro dónde acaba ‘Nuevo orden’ y dónde empieza todo lo demás. El último trabajo del mexicano Michel Franco, un cineasta acostumbrado a la crónica amarga de la destrucción cotidiana, es de hecho la última muestra de ese género cinematográfico cada vez más habitual en el que el caos lo puede todo. Si el ‘western’ originalmente celebraba en el nacimiento del cine el límite de la aventura, el vértigo de la frontera que separa lo salvaje de lo civilizado, la ley del imperio de la

fuerza; la
‘movie-joker’
(lamémosla así) supone, ahora que nos acercamos al fin de casi todo incluido el mismo cine,
la celebración de la confusión.
La película, ahora en los cines, arranca con un único plano sin un solo corte que navega del lujo, se diría que armónico en su clasismo de unos pocos, a un disparo en el pie. Y de ahí, a la sangre, la destrucción, la violencia y el pánico. «Hay días», dice el director, «que pienso que tendría que haberme esperado a estrenar. Con la pandemia y los cines semicerrados… Pero, claro, luego ves lo que pasa en el Capitolio, en el país más desarrollado y rico del mundo, y… Esta película definitivamente es de este año». Y le creemos. La película se convirtió en la auténtica revelación, con permiso de ‘
Nomadland
‘, del pasado Festival de Venecia. Por ello recibió el Gran Premio del Jurado. El certamen, que quería ser el primero dentro de una nueva normalidad que finalmente no fue, atendió a la provocación de Franco como una revelación tan cerca de la lucidez como de la simple incomodidad. Gusta porque molesta con la misma evidencia que simplemente disgusta. Sin más. En México se convirtió en la película más vista y más comentada. «Provocó tantas alabanzas como puro enojo. Entiendo que mucha gente se ofendió porque habla de las cosas que están pasando ahora mismo de manera frontal e imagino que, como siempre,
eso inquieta a los que se sienten aludidos»
, dice el director, se toma un segundo y concluye: «Me halaga. Me halaga tanto una buena crítica como el simple enfado». Para situarnos, la película cuenta como una exhalación en apenas poco más de 80 minutos el camino que separa la tranquilidad del trueno. Se diría que los dos extremos de un orden inamovible y, sin embargo, tan próximos el uno del otro. Se celebra una boda en una casa bien de México D.F. Los privilegiados hacen gala de sus privilegios con la tranquilidad que otorga un mundo esencialmente tranquilo. De ello se encargan
las cámaras de seguridad, las puertas de seguridad, los agentes de seguridad
y el Estado de seguridad. Todo seguro. Y así hasta que, de repente, algo se quiebra. No queda claro qué. Entonces el mundo tiembla y lo hace sobre los mismos cimientos que apenas un segundo antes parecían eternos, inamovibles, perfectos. Las calles se llenan de ruido, armas y violencia. Todo arde. Todo se consume. «Originalmente, empecé a pensar en la historia en 2014. Me llamaba la atención el auge de la extrema derecha y de la xenofobia ante problemas como las crisis migratorias, la evidencia de los 60 millones de pobres en mi país y la militarización de la vida cotidiana. Es como si hubiéramos dejado de creer en la posibilidad de una sociedad más o menos justa y diéramos por hecho que el actual estado de las cosas fuera el que tiene que ser. En vez de invertir en solucionar los problemas, ponemos todo el esfuerzo en que no se vean.
A la desigualdad y la justicia no se las combate con más policías»
, dice a modo de manual de instrucciones para la película. Y sigue: «Luego ves lo que ocurre en Francia con el movimiento de los chalecos amarillos, que aún hoy sigue sin recibir una explicación coherente, o lo sucedido en el asalto al Capitolio en Washington, donde la masa clama por un líder aun sabiendo que fue un fracaso, y te das cuenta de que si hay algo común a todo es la confusión, la desesperación…». Michel Franco está convencido de que la pandemia no ha hecho más que acelerar los procesos que ya estaban en marcha. A todos los niveles. «Lo curioso es que ni siquiera ante algo tan contundente y global como un virus que nos afecta a todos, hemos sido capaces de hacer un diagnóstico más o menos sensato. Lo que está pasando con el reparto de vacunas casi exclusivamente entre los países ricos es un buen ejemplo», dice antes de hacer una lista apresurada de catastróficas desdichas. Empezando, por qué no, por el propio cine en particular y la cultura, toda ella, en general. «El hecho de que la cultura se haya colocado en el último puesto de las prioridades es sintomático. Sí, hay otras urgencias, pero la única opción para que no vuelva a ocurrir algo así o para que aprendamos a corregir todo lo que se estaba haciendo mal es mediante la reflexión, por medio de, precisamente, lo que se ha dejado para el final», comenta y lo hace sin dejarse contradecir (o sólo corregir) por el hecho que nunca antes, y merced al ‘
streaming
‘, se ha visto tanto cine como ahora mismo.
«Lo que se hace es consumir entretenimiento. Y eso ni es cine ni es cultura.
Es otra cosa. Responde básicamente a un proceso alienante nada más», replica. Digamos que con
‘Nuevo orden
‘ Michel Franco no ha hecho más que compilar y exacerbar buena parte de las preocupaciones, siempre claras en su amargura, que ordenan una filmografía con títulos tan estremecedores como ‘
Después de Lucía
‘ o ‘
Chronic
‘. «Entiendo que el arte tiene que incomodar. A mí personalmente para que algo me entretenga me tiene que confrontar, tiene despertar en mí lo oscuro», explica y se explica. «Por ello», continúa, «me desagrada cuando la violencia se convierte en un espectáculo o se ‘
glamouriza
‘ como en determinado cine de Tarantino. La violencia tiene que mostrarse de una manera realista porque es real. Además creo que
es importante hablar de la violencia
… Vivo en un país con 100 asesinatos al día». ¿Quiere ser ‘Nuevo orden’ antes que una película una llamada de atención? «No creo que una película pueda cambiar el mundo, pero tienen que ser hechas como su pudieran hacerlo.
La ingenuidad es voluntaria
«. La mejor y última ‘
movie-joker
‘.

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