Mick Herron: veneno ruso, humor inglés y espías cochambrosos

Alexei Navalny , Alexei Litvinenko, Anna Politkovskaya, Sergei Skripal… <strong>Todos sufrieron ataques con veneno, </strong>ya sea con pistolas de cianuro, polonio disuelto en e

El reciente envenenamiento de Alexei Navalny es el último caso de una lista cada vez más larga en la que figuran periodistas, espías y opositores rusos, enfrentados de una u otra manera a Vladimir Putin y a los tejemanejes de los herederos del KGB. Alexei Litvinenko, Anna Politkovskaya, Sergei Skripal… todos sufrieron ataques con veneno, ya sea con pistolas de cianuro, polonio disuelto en el té o con dosis invisibles del agente nervioso novichok.

Precisamente, un ataque de este tipo es el que pone en marcha los engranajes de la trama de Leones muertos (Salamandra Black), la segunda novela de la serie protagonizada por el más estrafalario y cochambroso de los espías, Jackson Lamb. Es el tipo encargado de dirigir la ficticia Casa de la Ciénaga, una suerte de purgatorio administrativo al que van a parar los espías del MI5 caídos en desgracia, el que tendrá que descifrar quién y por qué ha envenenado a un ex agente del servicio secreto británico.

Mick Herron (Newcastle, 1963) es el autor detrás de este fenómeno de ventas en Reino Unido que ya va por su séptima entrega y que pronto tendrá su serie televisiva producida por Apple TV, con Gary Oldman como protagonista. «Cuando escribí Leones muertos en 2012 pensé que estaba siendo un poco retro con lo del veneno», explica Herron por teléfono desde su casa en Oxford.

De hecho, confiesa que se inspiró en lo que le ocurrió a Georgi Markov, un disidente búlgaro que, mientras esperaba un autobús en el puente de Waterloo, en 1978, recibió un pinchazo en el muslo con la punta de un paraguas envenenado y murió. «Desde entonces ha ocurrido bastantes veces en suelo británico. Parece que el veneno está otra vez de moda y encaja perfectamente con mi mundo de ficción: es antiguo, no parece que funcione bien y tiene algo de absurdo. Forma parte de este mundo involuntariamente cómico, disparatado y desagradable en el que vivimos», explica Herron con el toque socarrón de su escritura.

El escritor Mick Herron.
El escritor Mick Herron.

En un género acostumbrado tradicionalmente a tomarse en serio a sí mismo, el negrísimo humor de Herron supone todo un soplo de aire. Más que fresco, pestilente, como el propio Lamb: flatulento, desharrapado y con un ingenio más agudo de lo que parece. «Es cierto que acostumbramos a pensar en espías con trajes elegantes y pistolas con silenciador, pero eso tiene que ver más con el cine que con el literario. Autores como John Le Carre o Len Deighton han escrito sobre espías de andar por casa. Lamb lleva eso al siguiente nivel: es inteligente, pero también repulsivo… o puede serlo. Creo que mucho de lo que hace forma parte de una actuación».

¿Es la suya una máscara debajo de otra máscara? «Sí, y lo mejor de todo es que yo todavía no sé lo que hay bajo la última máscara. Intento no pensar demasiado en lo que esconde, porque si supiera más creo que dejaría de interesarme». Y eso es algo que se extiende hasta el lector, al que Herron hace partícipe de este zoo de los espías que ya no es el Berlín de los 60, sino un escenario global sin bloques definidos.

Uno de los personajes de Leones muertos es un oligarca ruso al que se advierte: «Si empieza a agrandar su figura a expensas de Putin el Grande, su cabeza acabará clavada en una estaca». ¿Cómo interpretar algo así? «Tiendo a pensar que lo único que quiere Putin es generar caos. Y ha creado escuela, ya que es la ideología que recorre el mundo. Probablemente tengáis políticos en España que se dedican a eso, en Reino Unido también tenemos varios ejemplos y de Estados Unidos mejor no hablar. Parece que lo único que quieren es agitar el tablero de juego en busca de su beneficio, incluso si eso causa perjuicios o genera ansiedad entre la población».

Un gato y un ratón imaginarios recorren las estancias de la Casa de la Ciénaga al principio y al final de Leones muertos. Acaba el libro y no queda claro quién es el gato y quién el ratón, ni por qué se persiguen 400 durante páginas. ¿Acaso importa? Más que la trama, como sucede en las mejores novelas de Le Carré o Graham Greene, lo que deja poso es la literatura de Herron, un maestro de las descripciones y los diálogos: «Se cree James Bond, ¿no? No, pero vamos al mismo gimnasio», escribe. Su mirada, que abarca todos los grados posibles entre el cinismo y el sarcasmo, trae bríos a un género necesditado de antihéroes repugnantes, complejos y perspicaces como Lamb.


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