Miquel Barceló: "Vivimos como en un ensayo general de la muerte"

El artista mallorquín relee a Kafka para realizar la edición ilustrada de ‘La metamorfosis’. "Con la pandemia estamos ante nuestra propia monstruosidad", asegura.

Visto en este momento, la pieza de Kafka adquiere más fuerza.
No estaba previsto, pero es tremendo lo oportuno que es. Sobre todo,
La metamorfosis
, que en esta traducción de Galaxia Gutemberg se llama
La transformación
.
¿Ha cambiado su interpretación del libro desde que empezó a trabajar en las acuarelas hasta ahora?
Es inevitable. Empecé a desarrollar las primeras piezas del libro hace dos años, cuando no había pandemia. Y además lo hice en un estudio nuevo que tengo al sur de Tailandia, en un lugar muy alejado de las rutas habituales del turismo. Pintaba en un territorio idílico, bajo los cocoteros…
El paisaje opuesto al ánimo que mueve ‘La metamorfosis’.
Eso es. En un espacio radicalmente distinto. Lejos del espíritu cerrado, gris, urbano e invernal donde Kafka la escribió. Me pareció bien llevarme ese mundo suyo a la playa, a la naturaleza, al azul. Es interesante acercarse a pleno sol hasta el oscuro poder de la pesadilla que hay en esta literatura. Lo tomé, de algún modo, como un experimento. Y ahora, a la vista de lo que está sucediendo, tiene otro pulso, otra fuerza, otra contaminación.
¿Contaminación?
Sí. Yo quería que el libro se contaminase de pintura, de mi pintura. Eso se aprecia bien cuando ves que en las páginas de texto se han mantenido las manchas propias del cuaderno de artista. Es algo que quise mantener. Se precia en las dos ediciones, pero en la francesa, que ha publicado Gallimard, aún es más visible cómo la pintura va incrustándose en las palabras o viceversa. Lo paradójico es que he tenido que escribir una nota para la edición de Francia porque se ha dado el caso de algunos lectores que han devuelto el ejemplar convencidos de que estaba defectuoso o manchado por problemas de imprenta.
Es un rechazo a la anomalía.
¿Qué cosa, verdad? Sobre todo teniendo en cuenta que Kafka lo que propone es sumergirte mentalmente en lo anómalo, en lo extraño, en lo incómodo. Pues me alegré de que sucediese eso con este libro.
¿Lo ha trabajado de una manera distinta a otros libros suyos?
Sí. En esta ocasión pedí a la editorial que me diese un ejemplar virgen, en blanco, con el mismo papel al que se iba a utilizar y con semejantes dimensiones. Quería que este trabajo fuese un todo desde el origen. No he creado láminas que luego se insertaron, sino que pinté desde el libro mismo.
¿Cuál es su relación de lector con Kafka?
De mis recuerdos de primeras lecturas recuerdo el sobrecogimiento de los cuentos de Edgar Alla Poe y después
La metamorfosis
de Kafka. Tendría 14 o 15 años. Creo que fue algo pronto. Lo consideré como una gran broma, como un gran texto cruel. Y sigo pensando que es un gran chiste macabro.
Algo que se extiende a casi toda su obra.
Sí.Kafka es como un electroshock.
Y cuando le propusieron hacer ‘La metamorfosis’…
Pues pensé que era la de Ovidio… Pero llegado el momento, me di cuenta de que en Gallimard me proponían era la de Kafka. Casi mejor.
Volver a ‘La metamorfosis’, cómo ha sido.
Tiene mucho de las emociones de mis lecturas de adolescente, pero algo ha cambiado. La sensación de monstruosidad es ahora más extrema. Entiendo hoy mejor que no es Gregor Samsa el que se transforma, sino todo su entorno. El padre se transmuta en autoridad, su hermana en una mujer sexualizada, la criada en un ser violento… Cuando Kafka esribía este relato se gestaba la Primera Guerra Mundial, el antisemitismo y la pandemia de 1918. Es significativo. Además de que el libro es literatura purísima, no hay concesiones a la metáfora.
Lo que consigue es llevarnos a un territorio donde lo que más inquieta es no saber qué somos, ni qué sucede.
Kafka ilumina mucho. Si te fijas, Samsa no se muere sino que se seca, se va agotando, se convierte en casi nada. En cambio, todo lo de alrededor se vuelve otra cosa. Es exactamente lo que nos está sucediendo. Nuestra monstruosidad la tenemos asumida, lo que nos desquicia es la transformación ajena. Lo que no somos capaces de controlar o entender.
¿Y cómo vive todo esto?
Como en una alta edad media personal: leo, pinto, escucho música, voy a cazar, buceo, salgo al monte a buscar setas… Pero eso no evita que mire alrededor con inquietud, a veces incluso con la ingenuidad de pensar que de esto sacaremos alguna conclusión favorable, aunque cada vez lo dudo más. Si al menos hubiese una mínima reorganización geoestratégica del mundo que favoreciese a los invisibles…
¿Usted cree?
La gripe española cambió la vida. Aún no sospechamos lo que nos tocarán a nosotros, más allá de la terrible digitalización y de la tiranía de las pantallas. Por eso hay que reivindicar la relación con la obra de arte y no con su réplica digital. Eso es como resignarnos a la nada. Ojalá se cumpla aquel verso de Lezama Lima: «No espero a nadie, pero insisto en que alguien tiene que llegar». En este caso, algo. De otro modo, todo esto sólo será un largo ensayo general de la muerte.

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