Muere a causa del Covid el pintor Luis Feito, penúltimo testigo del Grupo El Paso

El artista madrileño, miembro fundacional de la corriente que internacionalizó el informalismo abstracto español, falleció ayer en su casa/taller a los 91 años

Luis Feito era el penúltimo testigo y protagonista vivo del Grupo El Paso. Ahora ha dejado vacante el sitio y sólo queda Rafael Canogar como notario único de un tiempo en que el informalismo español impulsó el arte hacia nuevos espacios de expresión. En aquella escudería fundacional que tomó cuerpo en 1957 e hizo de Cuenca (y de las Casas Colgadas) su santuario, Luis Feito tuvo sitio propio. El estímulo primero de aquel grupo de artistas fue romper la niebla que cubría el arte de este país en los años 50. La pintura era para él una pasión con ansias de absoluto. Más de 70 años de oficio, hasta que ayer, a los 91 años, este madrileño de modales exquisitos falleció a causa del Covid, lejos de su casa, donde pintó tantas décadas, donde armó una insólita colección de iconos religiosos de los indios americanos y otra de chispeantes bolas minerales, de colores casi imposibles. Los restos mortales serán trasladados esta tarde al tanatorio de Tres Cantos y mañana será incinerado.

Feito fue un hombre de entrega absoluta a su trabajo. Consciente de que el arte sólo es aquello que uno entrega a cambio de nada cuando se encierra a pintar en el taller. Delicado de formas, exquisito en modales, contundente de gesto, llegó al último codo del camino con la certeza de haber cumplido con el deseo inicial que lo impulsó de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando a la vida: «Creo que puedo decir, después de tanto, que soy pintor. Mejor o peor, pero lo soy».

Desde aquellas primeras obras de los años 50, centradas en una pintura lineal de temperatura poscubista, hasta la abstracción que ha conformado el nudo de su trabajo, Feito ha resuelto su conflicto creativo de una manera eminentemente directa, donde la acumulación de materia sorda pesa sobre la tela. «Trabajo de una manera muy espontánea, casi sin ver claro hacia dónde me dirijo», decía hace unos años. «Dejo que el brazo se vaya hacia lo que verdaderamente quiero hacer. Una vez llegado el gesto, analizo y medito. En esta contemplación, si me interesa lo que ha surgido, interpreto lo que me pide ese gesto y lucho por reconducirlo. Esto último tendrá que ver con esa puñetera mentalidad occidental, que pide siempre orden en el espacio».

Si la vida de un hombre se puede cifrar en dos o tres momentos, los de Feito tienen que ver todos con el arte. Con su estancia en el arte: el manifiesto del Paso, la apertura en julio de 1966 del Museo de Arte Abstracto de Cuenca impulsado y financiado por Fernando Zóbel y la gran exposición antológica que le dedicó el Museo Reina Sofía en 2002. Esta muestra desplegó medio siglo de obra, con todas las épocas, con todos los procesos. Los años de Madrid, los de París, los días de Montreal (Canadá) y la estancia en Nueva York. En total, casi cuatro décadas fuera de España. Los juicios de Feito venían impulsados por una voz dulce, pero con puntas de flecha expansivas: «A mí lo único que me interesa es la pintura. Y cuando digo esto, no me refiero a pegar guarrerías en un lienzo, sino a coger colores. Y con eso crear. Mire, con una paleta, unos colores y un pincel se hicieron Las Meninas. El resto, casi todo lo que se hace hoy, tiene muy poco interés».

Desde los años de El Paso hasta el final, aquellos artistas (Feito, Saura, Millares, Chirino, Pablo Serrano, Juana Francés, Manuel Rivera… El último vivo es ahora Canogar) tomaron caminos estéticos diferentes. Pero jamás traspapelaron la raíz común: el afán por azotar el ambiente de una España culturalmente muy terciada y dar relevancia al arte. Lo consiguieron. Y Luis Feito fue uno de las bujías de aquel cambio estético que llevaba incrustada una clara oposición política a la dictadura. Fueron, a su manera, enérgicos.

Feito tuvo el orden por norma, pero escogió no apartarse del buen desorden de la duda, que tanto le ha impulsado al pintar. En el rastro elegante que es su casa, en la chamalirería viajera de su taller frente a la Plaza de París, el artista se encerró hace ya muchos años en busca, quizá, de un gesto definitivo, de una pincelada rota que le pusiese en suerte esa otra lucha agónica o infinita que pide una tela puesta en pie.


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