Muere a los 82 años Antonio Giménez-Rico, constructor de historias

El cineasta y feroz cinéfilo adaptó a Delibes en tres ocasiones y dejó ‘Vestida de azul’ como pieza de culto desde la que leer la…

En el último homenaje que la Academia de Cine rindió a Rafael Azcona, Antonio Giménez-Rico tomó el micrófono y desde la altura de su voz a la vez doctoral, profunda y vallisoletana de adopción (aunque burgalesa de nacimiento) definió al guionista de guionistas y guionista de Plácido como «un gran constructor de historias». Quién sabe si en la definición del que fuera su colaborador (y guionista) en Soldadito español (1988) no iba también un cuidadoso e irónico autorretrato. Uno siempre aspira a parecerse a sus amigos. Este viernes murió a los 82 años el director de cine que, en efecto, si algo le definió fue su capacidad para adaptarse a la historia narrada y hacer suya con oficio y sabiduría la construcción misma de lo narrado. Adaptador fiel de Miguel Delibes hasta en tres ocasiones con Las ratas (1997); El disputado voto del señor Cayo (1986), y Retrato de familia, (1976, según la novela Mi idolatrado hijo Sisí); director de culto merced a la agria lectura de la trastienda de la Transición en Vestida de azul (1983), tertuliano infatigable en el programa de Garci y hasta presidente de la Academia del principio desde 1988 hasta 1992. Todo eso fue además de un cinéfilo feroz. Y perfecto constructor de historias.

Contaba siempre que tenía ocasión que nunca pensó ni por mientes en llegar a ser director de cine. El haber nacido lejos del Madrid donde todo pasaba cuando él quería que algo pasara en su vida, estaba convencido de que le condenaba. Y eso que lo suyo por el cine era más que afición, simple delirio. Y así hasta que un buen día se cruzó con el Azcona de antes. Fue a ver precisamente Plácido y cayó en la cuenta de que se podía hacer un cine cercano, divertido y hasta crítico pese a todo, pese a la censura y pese a la España de los 60 donde, pese a las tibias aperturas, todo seguía pesando.

Así que se armó de valor y acabó de meritorio de Antonio Mercero en 1963 como paso previo a convertirse en ayudante de dirección y, un paso más adelante, director. Y ahí se quedó. Sus primeros trabajos como El hueso (1967) y El cronicón (1969) quisieron ser comedias ácidas de tono paródico dispuestas a embarrar a El Cid Campeador y a los mismos Reyes Católicos. Demasiado pronto y demasiado osado. Los señores de negro cortaron por lo sano y Giménez-Rico entendió la no tan indirecta: a partir de entonces, dramas.

Pronto se haría con fama y prestigio de buen adaptador, de llevar a cabo con personalidad y gusto los pedidos, de contar las historias como hay que contarlas y, sobre todo, construirlas. Jarrapellejos (1987), según lo escrito por Felipe Trigo, o Primer y último amor (2002), de acuerdo con Torcuato Luca de Tena, son, junto a las ya citadas adaptaciones de Delibes, buena muestra de su mano para la concisión y el oficio. Presumía de ello, de esforzarse en hacer suyo lo de otros, de darle su propio estilo a un estilo ya dado, de lucirse en los encargos para el lucimiento de los otros. También hizo tele y ahí queda la serie Plinio o su lectura de Viaje a la Alcarria entre muchas otras producciones. Y siempre pendiente de hacer con su voz que sonora clara la de otros.

Sólo se rebeló una vez contra su destino autoimpuesto y el resultado fue Vestida de azul,. Él se la describió así a Diego Galán: «En los años de la Transición proliferaron los travestis y había un local en Madrid, Centauro, donde iba todo el mundo a tomar una copa y ver las imitaciones de Lola Flores o la Pantoja que hacían. Pensé que con lo escaso que estaba entonces el trabajo, la decisión de convertirse en mujeres complicaría aún más su vida, y decidí hacer una película. Contacté con ellas y me sorprendió que se abrieran sinceramente y me contaran sus vidas; entonces resolví que era mejor hacer un documental y que lo contaran ellas mismas. Rodamos de forma barata durante mucho tiempo y el resultado tuvo tanto éxito que se ha convertido en una película de culto… Unos 10 años después los productores me propusieron hacer una secuela, pero al volver a vernos me encontré con historias muy patéticas, trágicas incluso, y decidí no hacerla». Lo que da es una película memorable de sombras y cuerpos iluminados que aún nos retrata con la misma claridad dura y cruel que una vez el propio Giménez-Rico creyó ver en Plácido. DEP


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