Muere a los 84 años Barbara Rose, influyente comisaria y crítica de arte norteamericana

Barbara Rose, en 2003 en la que fue la casa de Gerardo Rueda en Madrid – GONZALO CRUZ

Muere a los 84 años Barbara Rose, influyente comisaria y crítica de arte norteamericana

Durante años vivió y trabajó en España; fue una gran especialista en Gerardo Rueda, de quien publicó una monografía y comisarió varias exposiciones

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En septiembre, con motivo de la retrospectiva que el Guggenheim de Bilbao le dedicó a Lee Krasner, hablé por última vez con Barbara Rose. Fue muy amiga suya, pasaban juntas algunos veranos en East Hampton; dirigió un documental sobre ella, «The Long View», y comisarió muchas de sus exposiciones, como las que le dedicaron en los 80 en Houston, San Francisco y el MoMA de Nueva York. «Para mí era como una amazona, una grandísima artista. Me impresionaban su determinación, originalidad y generosidad. No había nadie como ella. Hizo todo lo que pudo para ayudar a Pollock, pero estaba demasiado enfermo», contaba a ABC. El coronavirus tenía recluida a Barbara Rose en su casa de Concord, New Hampshire. Al otro lado del teléfono se la oía un tanto abatida, muy lejos de la mujer vitalista que siempre derrochaba entusiasmo. Le gustaba hablar español, aunque con un marcadísimo acento norteamericano. Esta otra amazona, una guerrera rubia, de expresivos ojos azules, curtida en mil batallas, no pudo ganar, sin embargo, la guerra contra el maldito cáncer. Falleció el Día de Navidad a los 84 años, confirmó Phyllis Tuchman, crítica de arte y amiga de Rose.

Nacida en 1936 en Washington DC, esta mujer cosmopolita e hiperactiva estudió en el Smith College, el Barnard College y se doctoró en Historia del Arte en la Universidad de Columbia, donde estudió con el mítico Meyer Schapiro. También asistió a la Sorbona de París. Fue una de las críticas más influyentes de Estados Unidos en los años sesenta. Sus escritos y exposiciones cambiaron la forma en que los historiadores contaban la historia del arte de posguerra en Estados Unidos. Su fama creció en los 60 cuando comenzó a escribir ensayos para publicaciones como «Art International», «Artforum», «The Partisan Review», «New York Magazine», «Art in America»… En esta última publicó en 1965 «ABC Art», un celebérrimo ensayo que, para muchos, cambiaría para siempre la crítica de arte. Creía que las raíces del minimalismo estaban en la obra de Malevich y Duchamp, las coreografías de Merce Cunningham, la crítica de arte de Clement Greenberg, la filosofía de Wittgenstein y las novelas de Alain Robbe-Grillet. «Todos insistieron en que inventé el arte minimalista», dijo Rose a «Artforum» en 2016. «Yo no invento movimientos artísticos». En 1966 se convirtió en editora de arte de «Vogue». En 1967 publicó el libro «American Art Since 1900: A Critical History».

No solo conoció el mundo del arte desde el lado de la crítica, sino también de los museos. Fue la primera directora del Irvine Museum de la Universidad de California y de 1981 a 1985 fue responsable de exposiciones y colecciones del Museo de Bellas Artes de Houston, donde comisarió exposiciones como «Miró en América» y «Fernand Léger y el espíritu moderno». Fue directora-fundadora del Katzen Arts Center en la American University. Además dio clases en instituciones como la Universidad de Yale y la New School.

Fue una asidua de la efervescente escena artística neoyorquina de aquellos años: asistía a la ópera con Andy Warhol (la involucró en su película «13 Most Beautiful Women»), era amiga de Carl Andre, Frank Stella, Robert Rauschenberg, Jasper Johns… Rose se casó cuatro veces con tres maridos. En 1959, con Richard Du Boff, un historiador económico. Se divorciaron un año después. En 1961 se casó con el célebre artista Frank Stella, con quien tuvo dos hijos: Rachel y Michael. Se divorciaron en 1969. Rose se casó por tercera vez con el letrista Jerry Leiber, que terminó también en divorcio. Cincuenta años después, Barbara se volvió a casar por segunda vez con su primer marido.

En 1961, Rose obtuvo una beca Fulbright en Pamplona. Décadas después, vivió y trabajó durante unos años en España, un país que amaba y cuyo arte le apasionaba. Fue colaboradora de ABC. «Los artistas españoles disfrutan del apoyo de la Monarquía y de los Gobiernos central y autonómicos, con programas de apoyo y promoción en el exterior cada vez más importantes -decía-. Aunque el separatismo catalán ha convertido a Barcelona en una capital de provincia de poco interés internacional. El gran museo del arte catalán está dedicado a la Edad Media, no a la actualidad». Creía que en Estados Unidos «el temor derechista al arte como elemento subversivo se unía al prejuicio heredado del puritanismo contra lo visual y lo sensual para crear un clima hostil al artista serio». Uno de los artistas españoles que más le interesaba, pese a no haberlo conocido personalmente, fue Gerardo Rueda, de quien publicó una monografía («Gerardo Rueda. La vida es arte y el arte es la vida») y comisarió varias exposiciones. «Fue capaz de sublimar todo lo que acontecía y convertirlo en una expresión estética que se corresponde con su necesidad interior», decía de él.

Situaba a Rueda en un club muy selecto, junto a Klee y Morandi. «Cuando veo sus obras siento una emoción especial, algo trascendente». Se refería a ellos como artistas privados para diferenciarlos de los que denomina públicos: «Hay artistas que no hacen arte. Jeff Koons, por ejemplo, no es artista. Es puro marketing». Veía a Rueda más cerca de Velázquez que de Goya, de Miró que de Picasso. «Éste fue un genio, pero quiso fabricar un mito y se obsesionó en producir para ganar dinero. Para mí, los dos artistas que representan lo peor del siglo XX son españoles. Me refiero a Picasso y Dalí. Fueron avaros, cínicos. En vez de subir el nivel, dieron al público lo que éste quería. Despreciaban al público, porque creían que era ignorante». Decía que en el extranjero se tenía una idea equivocada del arte español: «Se cree que todo es Goya, que todo es negro, que todo es expresionista. Afortunadamente, se empieza a conocer el arte moderno español fuera».

Barbara Rose confesaba que era incapaz de escribir sobre el arte que no le interesaba: «No podría escribir una biografía de De Kooning; no podría escribir sobre Saura». Sí lo hizo de artistas como Esteban Vicente, Kelly y el propio Rueda. En el Museo Thyssen comisarió una exposición de Robert Rauschenberg. «Rauschenberg es un innovador, no un imitador», apuntaba Barbara Rose, amiga del artista y gran conocedora de su obra. «Rauschenberg quería lo mismo que Goya: ser testigo de su tiempo. Fue el gran innovador de la pintura americana. No escondía nada. Siempre fue muy de verdad. Un gran amigo y un gran pintor».

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