Muere a los 90 años don Pablo Lozano, forja y fragua de figuras del toreo: Palomo, El Cordobés, Espartaco, César Rincón…

Por sus manos pasaron toreros de la talla de Palomo Linares, El Cordobés, Espartaco, Manzanares, Rincón, Caballero, Castella o El Juli

Castilla se queda sin su muleta, sin la Muleta de Castilla: Pablo Lozano ha muerto a los 90 años por la cornada del coronavirus. Lozano, más allá de su carrera como matador de toros en la década de los 50 del siglo pasado, fue don Pablo. Ese don que confiere rango superior con el que el mundo del toro se refería al mayor de los Lozano. El mayor de la triada de los hermanos Lozano -Pablo, Eduardo y José Luis-, saga de la que siempre escapa por delante Manolo Lozano. Por edad y filosofía.

Decir los Lozano es decir la historia del toreo de los últimos 80 años. Don Pablo también se traduce como forja y cuna de figuras. Palomo Linares, José María Manzanares (padre e hijo), Juan Antonio Ruiz «Espartaco», César Rincón, Manolo Caballero… A todos forjó y a todos apoderó en compañía de sus hermanos. Aunque no todos los poderdantes figuren en el elenco citado. El abanico se abre y despliega una estela de nombres que van desde Manuel Benítez «El Cordobés» a Curro Romero. Desde El Juli a Castella (ya en manos de su hijo Luis Manuel, como otros). Desde Eugenio de Mora a Vicente Barrera.

Don Pablo no era gestor de números, ni administrador, sino el oráculo de sus toreros. El espejo del temple, el depositario de los miedos, el guardián del campo bravo. Ahí don Pablo se hacía, también, imbatible. Como dueño del secreto de ver el toro en el campo. El secreto de sus ojos, la fiabilidad absoluta. La apuesta eterna por las hechuras, el dibujo perseguido también en su ganadería: Alcurrucén. El último bastión de Núñez en la élite de las ganaderías, la defensa acérrima de las finas líneas del encaste. Incluso dentro de la gran casa Lozano, no siempre unánime. Pero Don Pablo era el más torero de los hermanos.

Como maestro de maestros recibió el homenaje de los suyos por su 87 cumpleaños. Fue absolutamente feliz entre El Cordobés, Espartaco, Rincón, Caballero, De Mora… Todos toreron para él. Benítez, a sus 83, lo dio todo una vez más. Fui testigo privilegiado de aquello. Del respeto reverencial. De las risas. De los recuerdos. Don Pablo, Eduardo y José Luis formaron el triunvirato y forjaron un imperio desde el trono de Madrid: el gobierno de la plaza más importante del mundo entre 1990 y 2004 supuso el cénit de su carrera fuera de los ruedos. La ascensión hasta la cumbre no se hizo fácil desde la organización de aquella primera cita en Úbeda en 1951 hasta la Oportunidad de Vista Alegre -La Oportunidad a secas- y las casi dos décadas de exilio como empresarios de Bogotá, Medellín, Cartagena de Indias, Quito…

Precisamente el 51 del siglo pasado fue el año de su alternativa. De manos de Luis Miguel Dominguín, don Pablo se convirtió en matador de toros un 25 de septiembre en Barcelona. Los toros pertenecían a la ganadería de Samuel Flores y contó como compañeros de cartel con Manolo González y José María Martorell. Confirmó en Madrid el 18 de mayo de manos de Antonio Bienvenida. Su trayectoria como sobrio representante del toreo toledano fue ardua y no exenta de dureza: el 3 de mayo de 1953 resultó herido de gravedad en Figueras. Como único espada conquistó Madrid y su triunfo más importante ante seis toros de Barcial en 1957, en la corrida del Montepío. Que le dio un impulso vital a su carrera.

Más acá de los éxitos en los ruedos se situó el respeto de los más grandes hacia su figura fuera de ellos. Como maestro de maestros. Como forja y fragua de figuras. Ese secreto del toro, ese misterio del temple, que, hoy, don Pablo Lozano ya enseña en la otra orilla.


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