Muere el filósofo portugués Eduardo Lourenço

Corresponsal en Lisboa Actualizado: Guardar

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La voz del mayor ensayista portugués del último siglo, Eduardo Lourenço, se apagó el primer día de diciembre del 2020 más atípico en esta Lisboa contradictoria que tanto le debe a sus lúcidos análisis. La Presidencia de la República confirmó su fallecimiento a los 97 años, después de toda una vida consagrada a las más certeras radiografías de este Portugal al que tanto ponía en la picota porque nunca parecía arrancar.

Lourenço profesor, Lourenço filósofo, Lourenço poeta, Lourenço crítico literario, Lourenço escritor total… con todas las aristas del saber contenidas en su pluma excepcional y diáfana, con sus verdades como puños siempre en primer plano. Así lo atestigua la exhaustiva edición de sus obras completas, que llevan la rúbrica de la Fundación Gulbenkian con todo el rigor que él mismo predicaba.

Portugal entona el fado más triste por la muerte de su pensador de referencia indiscutible, que había nacido en la región de la Beira Baixa y llevaba la marca transfronteriza en sus genes.

Ahí, cerca de la Alameda de Gardón, se fraguó su brillante proclama ante la posteridad «El laberinto de la saudade» allá por 1978, un fresco inmenso de ese Portugal que oscila entre lo real y lo irreal, de ese Portugal cotidiano que siempre mira hacia atrás por si alguien le pisa los talones, por si las sombras pueden eclipsar a las luces. Una pieza cumbre que Miguel Gonçalves Mendes se atrevió a trasladar a la gran pantalla en un documental que sorprendió hace dos años en diversos festivales, como el de cine de frontera que se celebra en San Sebastián.

Despedida un tanto apocalíptica para el estandarte de la Lusitania posterior a Fernando Pessoa, justo solo un día después de cumplirse 85 años sin el autor del «Libro del Desasosiego».

La filosofía se daba la mano con la poesía en su discurso fluido, que despertaba la admiración hasta de sus «adversarios» ideológicos, aquellos que preferían correr las cortinas y dejar que los árboles taparan el bosque de la sociedad lusa a lo largo de las décadas.

La Revolución de los Claveles abrió las puertas al Portugal del siglo XXI, y él sabía que se cerraría el acceso por momentos, que no iban a desplegarse de par en par de forma uniforme.

«Creo que es fantástico que haya portugueses que no admiran nada: ni el bien ni el mal ni la aproximación», solía decir don Eduardo, autor de frases tan presentes para los portugueses en su día a día como «experimento la felicidad melancólica de vivir como un prisionero del alma» o «no sé si será posible recuperar un país que nunca perdí».

El premio Camoes y el premio Pessoa, dos de los más importantes galardones de las letras portuguesas, jalonaban su impecable trayectoria, la misma que esculpió a golpe de «Heterodoxia», uno de sus títulos fundamentales, como también lo fue el emblemático (e irónico) «El fascismo nunca existió».

Suya resultó ser una de las iniciativas más celebradas de las últimas décadas en Portugal (y en España): la fundación del Centro de Estudios Ibéricos en la localidad de Guarda, a 165 kilómetros de Salamanca cruzando la «Raya». ‌

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