Muere el pintor y escultor Alberto Corazón

Hasta el final <strong>Alberto Corazón</strong> fue leal a su lema: "Una obra debe tener estética y misterio". Lo comentó a finales de noviembre, mientras preparaba

Hasta el final Alberto Corazón fue leal a su lema: «Una obra debe tener estética y misterio». Lo comentó a finales de noviembre, mientras preparaba el cuadro que se iba a entregar al ganador del Premio de Periodismo David Gistau.

Alberto Corazón (Madrid, 1942) también decía, sin orgullo alguno, pero con la confianza que movía su imaginación: «Cada pintor tiene su metodología. Yo no hago bocetos, necesito algo que me ayude a ponerme en marcha, aunque no sepa hacia dónde irá. La pintura es autónoma de la intención. Lo mismo pasa con los colores. Una obra puede pedirme más colores y otra puede surgir más monocroma. Son ‘necesidades».

Fue académico de Bellas Artes, además de diseñador y fotógrafo. Quizá no se sepa que él fue el creador de los logotipos de la ONCE, Anaya, Paradores Nacionales, Ferrovial, la Universidad Autónoma de Madrid, la SGAE, la Biblioteca Nacional, Casa de América, el Círculo de Bellas Artes, la Fundación Francisco Umbral, la Junta de Andalucía, el PSOE… Quizá haya que alargar la memoria para recordar que fue miembro de la editorial Ciencia Nueva, una marmita en constante ebullición que removió la España triste de los años 60.

«Una obra nunca tiene explicación, solo hay referencia. Siempre es algo misterioso. Empiezo con garabatos hasta que la mano conecta con el cerebro y me digo: ‘Esto’. Siempre empiezo con una tormenta de neuronas, con una agitación que va creciendo y ella misma, la tormenta, te dice: ‘Ya está, esto está terminado», agrega este miembro de la Galería Marlborough.

En una muestra que albergó la Fundación Carlos de Amberes en el pasado invierno en la que recogía parte de su obra gráfica desde 1968 a 2018 se podían ver reflexiones como estas: «Es la gráfica el mapa o el territorio?», «Oscuro es como la noche el canto», «Hubo silencio y hubo agitadas voces (Celebrando 20 años de teatro en La Abadía). Y, allí, en una pared, un texto suyo enmarcado, algo así como una declaración de intenciones, un ideario. «La mano como extensión neuronal. A través del grafito y el pigmento, en lienzo o en papel, voy avanzando con un ritmo pendular, empujado siempre por o a través de la memoria. Aunque con frecuencia aparece la representación de imágenes reconocibles, nunca, en la vigilia o el sueño, estoy trabajando sobre lo que veo sino sobre lo que imagino que he visto» (Febrero 2017).

Alberto Corazón dijo en el comienzo del invierno a este periódico que esta pandemia le había afectado muchísimo. «Me ha provocado algo que no había tenido en la vida, falta de futuro, de perspectiva. He pintado muy poco. Tengo cansancio, un cansancio vital».

A Alberto Corazón le gusta escribir en sus obras. En mayúsculas, aparecen frases o comentarios de un hombre culto que desliza la incógnita más que la certeza. Algunas producen un sobresalto, como esta misma: «Hubo profetas vacuos necios parlanchines que se enredaban en su propia danza sin entender que las celebraciones ya habían terminado».

¿Qué fue de Alberto Corazón en los 60, cuando empezaba? Integrarse en, se decía más arriba, uno de los movimientos más inquietos y pujantes de los años 60, tanto en lo político como en lo cultural. Aquella aventura se llamó Editorial Ciencia Nueva y lo llegaron a integrar más de 40 jóvenes airados, entre los que figuraban Alberto Méndez (el autor de la novela Los girasoles ciegos’), su hermano Juan Antonio, traductor, Carlos Piera, Jesús Munárriz, Lourdes Ortiz, José Esteban, Rafael Sarró… Munárriz, editor de la la editorial Hiperión y propietario de la librería del mismo nombre, lo recuerda así a este diario: «Alberto diseñó los libros. Había hecho Económicas porque su familia, de clase media, le dijo que lo de ser artista estaba muy bien pero que debía tener primero una carrera. La familia regentaba una tienda de lanas muy conocida, El gato negro, que estaba en la Plaza Mayor de Madrid. Alberto empezó en el diseño pero luego se salió con la suya y se dedicó más a las exposiciones. Tenía muy claro lo que quería hacer y por eso no le gustaba que se metieran en lo suyo. Diseñaba unas portadas para los libros muy llamativas, se pretendía llamar la atención. Había que pagar 10.000 pesetas para meterse en Ciencia Nueva, que era una sociedad limitada. Alberto se metía donde había que meterse, pero no iba con la bandera en la primera fila, eso era más Alberto Méndez».

«Monté un taller de serigrafía a mediados del 68. Lo que hice por entonces era para recaudar fondos para presos, para el PCE, Comisiones Obreras, UGT… Me gustó esa necesidad de un soporte tecnológico, y la competencia de un grabador o estampador. Este trabajo me estimuló mucho», dijo en la Fundación Carlos de Amberes delante Comité Central, un libro acordeón con 12 serigrafias en blanco y negro en el que aparecen retratos con sus nombres y luego palabras como desparecido, muerto o fusilado. Por la muestra también había casas en calma y en llamas que caen en un vacío blanco.»El fuego es vida y destrucción, lo tiene todo. La casa es el refugio, el cuerpo que somos», puntualizó. Sobre las leyendas, las frases en sus cuadros («Oscuro es como la noche el canto», «Se está haciendo demasiado tarde», «La casa del alma») dijo: «Son complementos que necesito. La iconografía de la letra es importante». También le gustaban los números, su dibujo. «Nunca pinto lo que veo, sino lo que creo que he visto»

Miguel García Sánchez, distribuidor, librero y fundador de Visor, es quizá su amigo más cercano. «Le conocí hace 55 o 56 años, en Ciencia Nueva. Era inteligente, listo, simpático, divertido. Veía las cosas desde un punto de vista especial. Era estupendo hasta jugando al fútbol. Antes de ayer se quitó el oxígeno para llamarme, para despedirse en el fondo».

Su trayectoria fue reconocida con el Premio Nacional de Diseño y fue galardonado por el Arts Directors Club de New York, el British Design y el Design Council International, además de ser el único diseñador europeo que ha recibido la medalla de oro del American Institute of Graphic Arts. En 2006 ingresó como miembro de número en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y ha sido presidente y fundador de la Asociación Española de Profesionales del Diseño.

Desde su exposición relevante en Turín, en 1967, a la que siguieron otras muestras -al margen de las realizadas en España- en Munich, Reikjavik (Islandia), París, Venecia, Milán, Nueva York, Melbourne, Londres y Sttutgard y sus participaciones en las bienales de Venecia y París, según informa Europa Press.

Alberto Corazón dijo el pasado noviembre, mientras hacía el trabajo para el Premio Gistau, que esta pandemia le había afectado muchísimo. Mantenía su sonrisa, pero ya fría, algo hueca. «Me ha provocado algo que no había tenido en la vida, falta de futuro, de perspectiva. He pintado muy poco. Tengo cansancio, un cansancio vital».. Tenía 79 años.


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