Muere Joan Margarit, poeta contra la desmemoria

Arquitecto y escritor, el premio Cervantes 2019 muere a los 82 años en su casa de Sant Just Desvern (Barcelona). Deja un libro de poemas…

El poeta Joan Margarit fue un hombre sin rabia, de una energía contagiosa. Un devoto de la emoción. Nació cuando la Guerra Civil. En Sanaüja (Lleida), en 1938. Murió hace unas horas en su casa de Sant Just Desvern (Barcelona), como escogió, como había previsto. A los 82 años. El invierno pasado los médicos le hablaron de desahucio vital cuando los surcos de la enfermedad se presentaron irrevocables, y pensó despacio en la muerte, en su muerte, ordenando papeles y ordenando el recuerdo. Con la música cerca («la prefiero a la vida»). En los meses de eclosión de la pandemia comenzó a escribir, además, los poemas de un libro que ha dejado terminado e inédito, listo para entrar en imprenta pero que él no verá impreso: Animal de bosque, un conjunto de bilingüe (catalán/español), ya póstumo, que en dos semanas publicará la editorial Visor en su colección Palabra de Honor.

Conmovedora Indiferencia: La despedida de Joan Margarit en un poema inéditoEL MUNDO

Margarit soportó golpes tremendos, por momentos la vida no le fue buena ni sagrada, pero evitó hacer de la tristeza una norma. Lo educó su abuela analfabeta dándole pista en el mundo de las palabras con un delicadísimo catalán como idioma base para el asombro y para los sueños, musical e intuitivo. A los cinco o seis años, el motivado del pueblo le dio un sopapo al salir del colegio porque no estaba hablando español en la calle. Intentaron precintarle su idioma cuando era un niño. Desde entonces, quiso preservar su lengua originaria de los avatares e inclemencias de quienes intentaron segarla. Comenzó en la poesía escribiendo en español, hasta que notó que su expresión era forzada. Entonces cambió al catalán y con ese trasvase modificó (ensanchó) el ámbito de su obra. Adoptó literariamente la lengua materna, pero sin faltar a la traducción rigurosa en español que él mismo hacía de su obra, propiciando una convivencia idiomática que ha durado casi tres décadas..

Espigó como adolescente en medio de una disparatada trashumancia de casas. Pasó por más de 10 en un lustro. Estudió arquitectura, fue catedrático de cálculo de estructuras. Tiene más de 30 libros de poemas, algunos de gran éxito como Joana (2002) -un intenso libro de duelo-, Cálculo de estructuras (2005) -su estudio fue el encargado de realizar el cálculo de estructura de la Sagrada Familia para continuar la obra de Gaudí-, Casa de misericordia (2007) o Amar es dónde (2015). También publicó unas memorias que no son exactamente unas memorias, pero donde entra a saco en su niñez para entender mejor su ahora. Las tituló así: Para tener casa hay que ganar la guerra (Austral). Conoció bien la soledad: enterró a dos de sus hijas (Joana y Anna) y de ese daño feroz ha dejado huella en muchos poemas que son bálsamo y purga.

JOSÉ AYMÁ

Los premios han ido punteando también su obra: el Nacional de Poesía en 2008 y en 2019 el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Cervantes. Este último, cuya entrega se convoca invariablemente el 23 de abril en un acto presidido por los Reyes en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, no pudo celebrarse este año por culpa de los estragos del covid. Fallece el poeta catalán sin dejar el discurso de entrega del galardón, algo que no había sucedido desde que se instituyó en 1976. El pasado 21 de diciembre, los Reyes viajaron a Barcelona, al Palauet Albéniz, para hacer entrega del premio al autor de Un asombroso invierno.

Joan Margarit fue un poeta atento, claro de expresión, con una gran capacidad para alcanzar a rachas el centro exacto de una emoción difícil y, a la vez, disparar al cielo una carcajada sonora como si estuviese en feria. Vivía retirado en un pueblo de las afueras de Barcelona, Sant Just Desvern, donde pusieron su nombre a la biblioteca pública pero nunca le invitaron a leer dentro sus poemas. Mantuvo ramalazos de complicidad teórica con el independentismo, aunque el tiempo y lo visto en estos años de desidia política le hicieron entender que remando juntos se llega mejor a puerto. «La independencia no se la creen ni quienes lo apuestan todo a ella. No se dan las condiciones necesarias para nada de todo eso». En una larga entrevista en noviembre de 2019 publicada en este periódico, a la pregunta de si le había desengañado el independentismo contestó: «No es fácil dar respuesta. Aún recuerdo cuando a los cinco años me golpearon por hablar en catalán. Existe un miedo dentro de mí que puedo paliar con cultura, pero no evitarlo. A mí España me da miedo. Y digo España con Cataluña dentro. Me da miedo España desde los Reyes Católicos».

No temía la sinceridad ni a las provocaciones porque no habla para dar golpes de efecto. Es algo –un temperamento, una actitud- que en su caso tiene el centro gravitacional en la poesía: clara, reflexiva, confesional, serena, alejada de abstracciones. Prefiere decir viejo que vejez. Niño que niñez. Y tiene, además, otras condiciones propias: acepta que vivir se hace también junto a los fantasmas sucesivos y el frío que dejan sus ausencias, la noche de la noche de los que ya no le acompañan. La escritura de Margarit busca y dispensa complicidad, no esquiva la propia intemperie, da igual si la vida vuelca o no de su parte. Igual que abraza la alegría si se da, el poeta acepta que el dolor y el silencio es parte del mundo. La música y los libros fueron sus mejores herramientas de consuelo («La libertad es una librería», escribió). Era un hombre honesto, convencido de que todo está (empieza y acaba) en un verso sincero, auténtico, compartido. Su vida podría decirse así: principio y fin de la noche. Emoción y ciencias exactas.


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