Muere Juliette Gréco, musa existencialista, reina de la 'chanson' y diosa de la cultura francesa

Su vida ha sido el resumen de la música, el cine y la vida intelectual en París durante toda la segunda mitad del siglo XX.…

En 1949, cuando Miles Davis vio a Juliette Gréco entre el público selecto que había ido a su primer concierto en París, en el que también tocaba Charlie Parker, no pudo reprimir la fascinación que le provocó su presencia -«largo cabello negro, un rostro hermoso, menuda, estilizada»; así la describió en su autobiografía-. Davis preguntó quién era, una pregunta que, por entonces, sólo haría un forastero. «Es una de esas existencialistas, ya sabes», le respondió un amigo. Por entonces, era la descripción más socorrida para identificar a esa joven que se codeaba con filósofos, artistas y demás intelectuales. Al concierto, ella había ido acompañada de Pablo Picasso y Jean-Paul Sartre.

Pero Gréco era mucho más que la musa de los existencialistas. Se había elevado como uno de los iconos reconocibles del París de la posguerra y de su vida cultural renacida tras la derrota de Hitler, donde el cabaret sobrevivía en paralelo con el jazz, y ella empezaba a despuntar como cantante de voz dulce y capacidad extraordinaria para transmitir emociones. Tenía 22 años y explica Davis que inmediatamente se gustaron, fueron amantes y vivieron unos meses apasionados en aquel París irrepetible, una relación que se rompió cuando él tuvo que regresar a Nueva York.

Por entonces, Gréco ya había sido una de las amantes de Sartre, como más tarde lo sería de Albert Camus. Ella y Sartre vivían en habitaciones distintas del mismo hotel, La Louisiane, en la margen izquierda del Sena, centro de la nueva bohemia, a donde se había trasladado desde el sur de Francia. Allí también se empezó a relacionar amistosa y laboralmente con los escritores Boris Vian y Anne-Marie Cazalis. Hablaban de poesía, de música, de filosofía, y agitaban la noche en cabarets donde ya empezaba a interpretar canciones.

Así es como comenzó su viaje hasta consagrarse no sólo como una figura principal del rico curso de la chanson francesa -tanto en la línea intelectualizada de Brassens y Brel, como en la pasional y atormentada de Édith Piaf y Aznavour-, sino de toda la gran extensión de la cultura popular francesa de las décadas siguientes.

El fallecimiento de Juliette Gréco a los 93 años, este miércoles en la Provenza, es prácticamente el cierre de una historia cultural única y caudalosa de una Europa que ya no existe. Gréco brilló en la música siendo el nexo de unión entre una gran generación de escritores que entendieron que las letras de canciones también eran una forma de literatura -le compusieron letras Raymond Queneau, Boris Vian y Jacques Prévert, entre otros-, y compositores notables de la transición de la chanson al pop, como Serge Gainsbourg, que reservó para ella una de sus creaciones más logradas, ‘La javanaise’.

Fiel al espíritu de la época, también se adentró en el arte de la interpretación y destacó como actriz de cine y, en menor medida, de teatro. Ya fuera en papeles secundarios o destacados, estuvo en los círculos de Jean Cocteau (Orphée), Jean Renoir o Jean-Pierre Melville, y cuando en París irrumpió la nouvelle vague -que implicaba una ruptura firme con la generación anterior de directores-, se fue a hacer películas a Estados Unidos, a las órdenes de John Huston, Henry King u Otto Preminger, para quien protagonizó ‘Bonjour tristesse’, inspirada en el libro de otra amiga íntima de su círculo intelectual, Françoise Sagan.

Gréco se mantuvo en activo, dando conciertos y grabando recitales -aunque sobre todo recogiendo premios y distinciones- hasta el año 2015. Su vida fue desbordante, y su compromiso con la música y la comunicación con el público nunca quedó en suspenso, pues era de esas artistas que concebía la obra y la vida como la misma cosa.


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