Muere Manuel Arroyo-Stephens, el editor incandescente

Fallece a los 75 años el fundador de la mítica editorial Turner, ‘descubridor’ en España de Chavela Vargas y uno de los editores independientes más…

A su manera, Manuel Arroyo-Stephens se fue convirtiendo (sin prisa) en el inquilino de un país inexistente. Un país que sólo habitaba él una vez que murieron (o callaron) todos aquellos, todas aquellas, con quien tanto quería. Culto, lúcido y desengañado, puso en marcha una manera de ser editor cuando en 1970 echó a rodar una aromada librería de viejo en Madrid, provocando de paso algunos cortocircuitos en el ambiente tocinero del libro antiguo y de ocasión de entonces. No duró demasiado la aventura porque un año después fundó la librería Turner, luego English Turner Bookshop, y dos años más tarde le añadió el desafío de una editorial que mantuvo independiente. Descubrió que hacer libros era casi mejor que manosearlos.

Manuel Arroyo-Stephens, cuarto de litro de sangre irlandesa por parte de madre, bilbaíno del 45, con formación en Derecho y Economía, ha fallecido a los 75 años en Madrid. Hizo tanto por ensanchar la propia vida y su pasión por los libros que se concretó desde muy joven como uno de los editores más exquisitos. Pulcro, cultísimo, elegante, capaz de vivir generosamente y con la discreción que la abundancia de gracia y sentido requiere. Jamás apostó al best seller, su mesa de juego era otra. Al calor del poeta y difícil José Bergamín adquirió conocimientos insólitos de ironía (que sumó a la propia), de desacato, de desengaño, de independencia vital y editorial, y de la magia que cabe en el toreo de Rafael de Paula, de Curro Romero, de Antonio Ordóñez, a quienes siguieron por tantas plazas. De Bergamín publicó sus últimos libros (entre ellos, La música callada del toreo) y lo acompañó en su año último con lealtad callada. (Bergamín lo llamaba Ludovico, por la melena beethoniana). También fue editor de Alberti. Y a Arroyo-Stephens se debe, además, la primera edición española de La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Tantos, tantos libros extraordinarios como Historia de la melancolía, de Stanley W. Jackson. Trajo a España a Chavela Vargas para que otros se apuntasen el descubrimiento. Vivió en EEUU y en Berlín (una ciudad tan civilizada, afirmó, que los niños no lloran y los perros no ladran), pero escogió la de Madrid como sede de su etapa final. También se dedicó al negocio inmobiliario, entre otros empleos favorecedores.

Pero a lo que nunca faltó es a la inteligencia. Ni al instinto que en las mejores ocasiones la acompaña. Escribió (y publicó en marzo de 1980) un libelo anónimo, y después confeso, titulado Contra los franceses, con subtítulo inflamable: Sobre la nefasta influencia que la cultura francesa ha ejercido en los países que le son vecinos, y especialmente en España. Un zarandeo sarcástico, exagerado, sagaz y desafiante que molestó a parte del respetable francófilo por el afán de descarga gamberra según invitaba a pensar.

Tardó mucho en publicar algo propio en España. Para sus propios textos prefirió México, donde editó Por tierra (1992) e Imagen de la muerte (2002), aunque su mejor libro sí salió de la prensa de Turner: Pisando ceniza (2015), una miscelánea de recuerdos dividida en seis capítulos con algunas páginas extraordinarias sobre sus amigos y maestros, sobre la tarea de editor o sobre su madre irlandesa («ella y yo éramos los únicos con sentido del humor. No consiste en contar cosas graciosas sino en una mezcla de sabiduría y carácter, de entender y vivir la vida con resignación y entereza, de no tomarse en serio a sí mismo, ni mucho menos a los demás, de ver el lado absurdo de la vida sin sobresaltarse, de cultivar el desapego, de ser sencillo y natural además de comprensivo y paciente con los defectos de los demás»).

Acompañado de unos pocos amigos, en una sociedad sin maneras para la singularidad de algunos seres (Manuel Arroyo-Stephens lo era), es un buen momento para agradecerle la labor cívica de su aventura editorial, pero también su sarcasmo, su elegancia, su refinada maldad como antídoto y su alergia al exhibicionismo. Este hombre mundano escogió refugiarse en el papel y desde ahí construir un territorio desbordante de hallazgos y asombros, con algún capricho insólito. «Ojalá fuera yo una persona sencilla como las demás», comentó alguna vez. Era su manera de hacer que los amigos pudieran sonreír. Que es una ventaja que también da el leer.

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