Ni un gramo de amor

Ana Torrent, Jorge Calvo y Alicia Borrachero, en una escena de la obra – Jesús Ugalde

Ni un gramo de amor

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«Las criadas»Naves del Español, Matadero Madrid

El desconcierto es una de las virtudes del teatro. Lograr que el espectador atraviese en dos horas, o en menos, un laberinto de emociones, de sensaciones, que sea al tiempo testigo, voyeur y protagonista de la historia que se le está contando. Que, al igual que le pueda pasar delante de una pintura, el magnetismo supla el entendimiento, y quede fascinado. Eso es lo que logra «Las criadas», un texto desconcertante, imprevisible, a veces disparatado, que muestra a tres personajes aparentemente de cartón piedra pero que guardan una humanidad y poseen tanta carne y tanta sangre como el público del patio de butacas.

Jean Genet, el autor de «Las criadas» (estrenada en 1947 en París, una ciudad que empezaba a renacer tras los años de destrucción provocados por la Segunda Guerra Mundial. Escribió el texto en la cárcel, donde pasaba más tiempo que en la calle, y en la que estuvo a punto de quedarse para siempre si no hubieran intervenido amigos suyos de tanto peso intelectual como Jean-Paul Sartre o Jean Cocteau.

Y algo de locura carcelaria tiene esta historia de dos hermanas sometidas a la tiranía de su señora y que, en su ausencia, sueñan con su muerte y con poder ocupar su lugar, vestir sus vestidos y adornarse con sus joyas. Son dos hermanas, Solange y Claire, esclavas al tiempo de sí mismas y la una de la otra. «Las criadas» es una obra tan magnética como oscura, tan descorazonadora como cruel, tan demoledora como sugerente. En las dos hermanas está concentrado lo peor del ser humano. El espectador sabe que son hermanas porque el texto lo dice, pero no hay entre ellas ni un solo gramo de amor; todo lo contrario, durante la función competirán para demostrar quién tiene el alma más negra; solo hay un objetivo común, la destrucción.

Paco Bezerra es el autor de la versión que se presenta en las Naves del Español. Es el suyo un texto sufrido, corrosivo, que recoge el espíritu y la letra de Genet con amarga sinceridad. Sobre él ha construido Luis Luque un espectáculo fascinante, dominado por una escenografía tan sencilla como hipnótica de Mónica Boromello, bañada por las sutiles y dramáticas luces de Felipe Ramo; un vestuario, de Almudena Rodríguez Huertas, que sitúa a las protagonistas a medio camino entre el manicomio y el jardín de infancia, y una música (o un universo sonoro habría que decir), de Luis Miguel Cobo, que parece cosida e inseparable de la puesta en escena. En este entorno ha creado Luque un cuento inquietante y cautivador, mecido a un ritmo preciso. En él navegan los intérpretes: Ana Torrent, quizás en su mejor trabajo sobre un escenario, que dibuja a su Claire con una variadísima paleta de colores; Alicia Borrachero, más contenida, quizás un paso por detrás en su dominio del personaje; y Jorge Calvo (no es extraño que interpreten esta obra hombres), con la tesitura perfecta y el equilibrio justo entre lo ridículo y lo excelso de su personaje.

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