Nieta, madre y abuela con demencia, en una casa endemoniada

Una madre y una hija vuelven a la casa familiar tras la desaparición de Edna, la abuela octogenaria. La relación entre ellas, la vejez, la demencia y una casa inquietante con protagonismo creciente son los ingredientes de la primera película de la australiana Natalie Erika James. Sundance ya aplaudió hace unos meses este filme de terror que compite en la sección oficial de Sitges.

“Me encanta este Festival y me hubiera gustado estar ahí…”, dijo la directora en un mensaje grabado que se proyectó en la sala antes de comenzar la película. La ópera prima de James figura entre las favoritas de este año.

Los miedos

Vejez y soledad con filtro de terror

La abuela ha desaparecido y Kay (la hija) y Sam (la nieta) acuden a la casa. No hay rastro de Edna pero sí de los múltiples mensajes que ha ido colgando por las paredes para no olvidarse de cosas tan evidentes como cerrar el grifo. Mientras afloran las tensiones entre la veinteañera y su madre a veces en forma de reproche, otras en silencio, aparece Edna preparándose un te como si nada hubiera ocurrido. ¿Es cosa de la demencia o de una casa endemoniada?

Una atmósfera cada vez más asfixiante, borra la frontera entre enfermedad y terror. Edna es cada vez más violenta y cuando Kay decide mirar una residencia para su madre, todo se desata. La directora no abusa de los sustos (que los hay) sino que convierte la casa en infierno para alimentar los miedos cotidianos: hacerse mayor, la soledad, las ausencias, los reproches callados, la enfermedad y la muerte.

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